CAPÍTULO VEINTISIETE
SHEENA
Sheena estaba tumbada en la cama contemplando los rayos rosados del amanecer que se colaban entre las lamas de la persiana.
Aquel color la atraía irresistiblemente.
Exhausta por la falta de sueño, se levantó y se vistió con lo primero que encontró.
Tras cepillarse el pelo y los dientes, se calzó las sandalias y bajó sigilosamente.
Tony estaba tumbado en el sofá, acurrucado como una versión más joven de sí mismo.
Se acercó de puntillas al sofá y se quedó mirándolo. La invadió una oleada de ternura.
Él abrió los ojos y la miró fijamente.
—¿Qué haces? —preguntó con voz ronca.
—Vístete —susurró ella—. Quiero que vengas conmigo. Hay algo que quiero enseñarte.
Refunfuñando, Tony se levantó y se puso la camisa y el jersey que había dejado tirados sobre una silla. Cogió las zapatillas y la siguió en silencio.
Una vez fuera, Tony se volvió hacia ella.
—¿Adónde vamos?
—A uno de mis lugares favoritos. La playa. Allí podremos hablar.
Mientras caminaban por los terrenos del hotel, Sheena le fue señalando los edificios de huéspedes y describiéndole las habitaciones.
—Tenemos cuarenta habitaciones estándar y ocho suites familiares. No son muchas, pero la propiedad tiene mucho potencial para convertirse en algo especial. La ubicación es estupenda, y me han dicho que solo el terreno vale una fortuna.
Sheena lo tomó del brazo.
—El paseo a la playa está justo al cruzar la calle.
Tony no dijo nada, pero Sheena notó que observaba todo con atención.
Al pasar por el restaurante de Gracie, Sheena oyó ruido en la cocina y sonrió. El desayuno de Gracie le sentaría de maravilla a Tony.
Cruzaron la carretera y echaron a andar por el paseo marítimo. El sol a sus espaldas proyectaba rayos dorados sobre el agua, dorando las crestas de las olas que avanzaban hacia la orilla.
Sheena aspiró una bocanada de aire salado con satisfacción. Llevaba solo un jersey ligero; levantó los brazos y suspiró.
—Me encanta este lugar.
Se volvió hacia Tony y lo tomó de la mano.
—Venga, vamos a pasear. A esta hora es muy tranquilo.
Tony dejó que le cogiera la mano mientras caminaban por la playa. Las gaviotas revoloteaban a su alrededor, subiendo y bajando como palomitas de maíz. Pequeños correlimos correteaban por la arena compacta junto al agua, siempre un paso por delante de ellos, lo que divertía a ambos.
—¿Hasta dónde vamos a ir? —preguntó Tony, obligándola a detenerse.
—Podemos dar la vuelta si quieres —dijo Sheena con amabilidad—. Pero antes necesito aclarar las cosas contigo. Anoche me avergonzaste cuando te lanzaste contra Blackie y contra mí. Te soy fiel y te lo seré siempre, Tony. Ese fue el voto que nos hicimos, y pienso cumplirlo.
—Salir a cenar con otros hombres no es ser fiel, Sheena, y lo sabes —replicó Tony.
—Era una cena de negocios —dijo Sheena con toda la calma que pudo, aunque le entraban ganas de gritar de frustración—.
Fue una velada agradable, lo admito. Pero el propósito era enseñarme un restaurante que a Gavin le habría gustado reproducir en la propiedad del hotel algún día.
Blackie y Gavin estaban muy unidos, y Gavin confiaba en que él nos ayudaría todo el tiempo que se lo pidiéramos.
—Pues no vuelvas a salir con él —dijo Tony.
Sheena se limitó a asentir. Mejor ganar la guerra que esta batalla. Más adelante, cuando Tony entendiera mejor lo que ella y sus hermanas estaban haciendo, quizá estaría más dispuesto a que se reunieran con Blackie y con otras personas que pudieran ayudarlas.
—Vamos a desayunar. El restaurante de Gracie es el mejor de verdad, como dice el cartel.
Sheena le sonrió a Tony.
—Espera a conocerla y a las demás personas a las que Gavin rescató. Han prometido ayudarnos a preparar este lugar para nuestros primeros huéspedes.
—Es imposible que transforméis esta propiedad en menos de un año —dijo Tony.
—Solo tenemos que conseguir atraer suficientes huéspedes para empezar a ganar dinero. Si superamos el desafío, tendremos fondos suficientes para renovar la propiedad como Gavin quería. Y si no, se la queda otro.
—¿Y si queréis venderla?
—Eso es algo que mis hermanas y yo tendremos que decidir en su momento. Pero en muy poco tiempo me he enamorado de este lugar. Y cada día que pasamos aquí, me gusta más.
—¿Dónde van a dormir los niños cuando vengan? Tu casa es pequeña. No tendrán habitación propia.
Sheena se encogió de hombros.
—Ya lo resolveremos. No van a pasarse el día tirados en la playa: van a trabajar a cambio de alojamiento y comida. Nuestros hijos se han vuelto egoístas y consentidos. Una temporada aquí les vendrá bien.
Tony la observó pensativo y luego asintió.
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Ya había algunos clientes en el restaurante de Gracie cuando Sheena y Tony entraron. El aroma de beicon, café y canela flotaba en el aire y los envolvió en una bienvenida irresistible.
Sheena llevó a Tony hasta la cocina.
—¡Hola, Gracie! Este es mi marido, Tony. Y, Tony, ella es Gracie, y ellos son Sam, Sally y Bebe —dijo, señalándolos uno a uno.
Después de que todos se saludaran con sonrisas y gestos de cabeza, Sheena llevó a Tony a una mesa del rincón.
Lynn Michaels y Maggie O'Neil se acercaron a ellos.
—¿Y quién es este hombre tan guapo? —dijo Maggie, dedicándole a Tony una amplia sonrisa.
—Es mi marido, Tony —dijo Sheena.
—¡Ah, sí! —dijo Lynn—. Gavin hablaba de ti. Pensaba que aprobarías sus ideas para transformar este lugar. Decía que eras muy trabajador.
La expresión de sorpresa de Tony dio paso al orgullo.
—Gracias.
Lynn se colocó un mechón de pelo canoso detrás de la oreja.
—Gavin era un alma bondadosa. Un poco especial, pero un buen hombre a fin de cuentas. Y si le caías bien, cuidaba mucho de ti.
Entraron nuevos clientes en el restaurante y Lynn se alejó rápidamente de su mesa.
Maggie les entregó los menús y dijo:
—Enseguida vuelvo a tomarles nota. ¿Les pongo café?
Tony pidió café solo y zumo de naranja, y luego se volvió hacia Sheena.
—Lo mismo —dijo ella.
—¿A qué viene esa tontería de que le caía bien a Gavin? —dijo Tony en voz baja cuando Maggie se alejó—. Nunca lo conocí.
Sheena levantó un dedo.
—Gavin sabía más de todos nosotros de lo que jamás sospeché. Mi madre se mantenía en contacto con él. Se escribían cartas. Y cuando se compró el iPhone, le dio por enviar fotos de todos nosotros a todo el mundo. ¿Te acuerdas?
Tony asintió.
—Háblame de la gente de aquí. Me dijiste que Gavin los rescató. ¿Cómo acabaron todos aquí?
—Necesitaban un sitio donde vivir, trabajo, seguridad —dijo Sheena—. Eran personas que había conocido y le caían bien.
Maggie volvió con el café y el zumo.
—¿Listos para pedir?
Tony le dijo a Sheena:
—Pide tú. Todavía no me he decidido.
Sheena pidió una tortilla de queso y tomate y escuchó a Tony pedir el contundente desayuno del surfista: huevos, salchichas, patatas, tostadas y tortitas.
Mientras bebía el café, Sheena observó a Tony. Acababa de cumplir cuarenta y le daba cosa la edad. Le había salido algo de barriga, pero seguía siendo un hombre esbelto y atractivo, con el pelo oscuro, los ojos marrones y los rasgos marcados.
—Menú estupendo —dijo Tony mientras se daba palmaditas en el estómago—. Y cómo huele aquí, me ha abierto el apetito.
Sheena sonrió. Tony era de los que comían siempre a sus horas.
Poco después, Maggie les trajo la comida.
—¿Algo más? ¿Les relleno el café?
Tras rellenarles las tazas, se fue a atender a otros clientes que iban ocupando las mesas.
Tony dio unos bocados a los huevos y soltó un suspiro de satisfacción.
—M-m-m. Qué rico.
Parte de la tensión que atenazaba los hombros de Sheena se aflojó. Con el estómago lleno, Tony sería más fácil de convencer. Tenía que hacerle ver el valor de lo que estaba haciendo sin herir su orgullo.
Acababan de terminar de comer cuando Brian entró en el restaurante. Los saludó con la mano y se acercó a su mesa.
—Hola, ¿qué tal mi compañera de brocha?
Sheena notó la tensión de Tony.
—¡Hola, Brian! ¿Qué hay?
—¿Puedo sentarme con vosotros?
Sheena miró a Tony y se volvió hacia Brian.
—Claro. Te presento a mi marido, Tony.
Brian sonrió y le tendió la mano.
—Brian Harwood. Tu mujer es muy lista, pero en realidad con quien quería hablar es contigo.
Los hombres se estrecharon la mano y Brian se sentó.
Lynn se acercó a la mesa con una cafetera y una taza.
—Solo, ¿verdad, Brian?
Él asintió.
—Gracias.
Brian dio un sorbo al café humeante y se volvió hacia Sheena.
—Anoche me encontré con Darcy y Regan. Me dijeron que Tony estaba aquí.
—Se volvió hacia Tony—. Tengo entendido que eres fontanero. A ver si puedes hacerme un favor. Me dedico a la construcción y necesito ayuda con un proyecto hoy. No debería llevar mucho tiempo.
Tony arqueó las cejas. Una sonrisa le cruzó el rostro y se esfumó.
—Eso puede ser un problema. No tengo licencia en Florida.
Brian se encogió de hombros.
—No hay problema. El que suelo contratar, que sí tiene licencia aquí, tuvo que salir de la ciudad. Revisará tu trabajo y lo aprobará cuando vuelva. No quiero más retrasos en este proyecto. Es importante para mí.
Tony miró a Sheena.
—¿Te importa?
—No, supongo que no —dijo Sheena, secretamente encantada con la idea—. Pero, Tony, antes de que te vayas del hotel, quiero que demos una vuelta por la propiedad para que veas a qué nos enfrentamos.
Tony asintió.
—Trato hecho.
Se levantó, le hizo un pequeño gesto de despedida y salió del restaurante con Brian.
Al verlos marchar, Sheena tuvo la extraña sensación de que ayudar a Brian o convencería a Tony de que el proyecto del hotel merecía la pena, o mataría cualquier entusiasmo que ella pudiera despertar en él.