CAPÍTULO SIETE
DARCY
Darcy esperaba impaciente en la acera del aeropuerto Logan a que Sheena terminara de despedirse de Tony y los niños por lo que parecía la décima vez.
Los observaba abrazarse y besarse, y luego volver a abrazarse y besarse.
Meaghan, como siempre, lloraba a lágrima viva.
Michael fingía que le daba igual, pero volvió junto a su madre para otro abrazo de despedida.
¿Y Tony? Daba pena ver su incertidumbre.
¡Dios! Estaba loco por Sheena. Darcy suspiró.
Ningún chico la había mirado jamás como Tony miraba a su hermana.
Darcy sintió una punzada mientras observaba a Tony tomar el rostro de Sheena entre las manos para darle un beso largo y profundo, de esos que encienden a cualquier mujer.
Una química así no se daba a menudo. Sabiendo lo difícil que había sido para Sheena organizar este viaje, Darcy sentía mucho más respeto por su hermana mayor.
Aunque, pensó Darcy, Sheena era la hermana perfecta, la hija perfecta de la familia.
Por fin, Tony y los niños se alejaron de la acera en el todoterreno de Sheena.
Darcy le hizo señas a Sheena para que avanzara.
—¡Vamos, date prisa! ¡Hace un frío que pela!
El aire gélido del invierno le entumecía las manos mientras arrastraba la maleta hacia la terminal. Solo pensar en el sol y el calor de Florida le dibujó una sonrisa en el rostro. Se volvió hacia Sheena.
—Es el momento perfecto para este cambio.
Sheena parpadeó para contener las últimas lágrimas y asintió.
—Esperemos que salga bien. ¿Dónde me dijiste que nos recogería la limusina?
—El correo decía que una limusina nos recogería en la zona de equipajes de Tampa. El conductor llevará un cartel con el nombre Sullivan. Regan ya debería haber llegado cuando aterricemos.
Sheena consiguió esbozar una sonrisa.
—Y entonces veremos cómo es nuestro misterioso hotel, ¿no?
Darcy sonrió.
—Ya me lo imagino. Un edificio alto de estuco beige con tejado de tejas rojas, como los que se ven en el Caribe. Las playas de la costa son preciosas, incluida St. Pete Beach. Y según los mapas, no queda tan lejos.
—Suena genial —dijo Sheena—. Me vendrían de maravilla unos días de relax al sol. Estas dos últimas semanas han sido una locura, por decirlo suavemente.
—Sí, ya me veo en la playa con un cóctel de ron, chasqueando los dedos para que me sirvan.
Sheena se rio.
—Yo no cantaría victoria. Seguro que encontramos algo que hacer.
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A bordo del avión, Darcy disfrutaba de la comodidad de su asiento en primera clase. Archibald Wilson no había puesto ninguna pega cuando le preguntó si podían volar en primera.
—Por supuesto, vayan cómodas —le había dicho.
Al recordar esa conversación, Darcy se preguntaba qué otros privilegios la aguardaban.
Hasta que conoció a Alex y fueron compañeras de cuarto, nunca se había avergonzado de su origen humilde.
Pero Alex se lo había echado en cara tantas veces que Darcy acabó sucumbiendo a la presión.
Ahora, a veces pensaba en su familia como gente de clase baja que no tenía ni idea de cómo vivía la gente «mejor».
No es que fuera a contárselo a Sheena, que con esa calma suya le arrancaría la cabeza por ser tan superficial.
Darcy observó a su hermana. A sus treinta y seis años, Sheena no los aparentaba. En realidad, era casi tan guapa como Regan. Pero se vestía como si tuviera cincuenta, y como buena exalumna de colegio de monjas, era muy recatada. Darcy resopló al imaginarse a Sheena en bikini.
—¿De qué te ríes? —le preguntó Sheena.
—Nada —dijo Darcy, pero no pudo resistirse—. Dijiste que te habías comprado un bañador nuevo. ¿Cuál te pillaste? ¿Uno de tus clásicos de una pieza?
Sheena la fulminó con la mirada.
—¿Y qué pasa si es así? Soy madre de dos hijos. No pienso ir por ahí con uno de esos bikinis de hilo que llevas tú.
Justo lo que pensaba. Sin poder contener la picardía que le bullía por dentro, Darcy sonrió.
—Pienso hacer muchas cosas que seguramente no aprobarás.
Sheena negó con la cabeza, hizo una mueca y se recostó en el asiento con los ojos cerrados.
Darcy miró por la ventanilla del avión. De vez en cuando, jirones de nubes le tapaban la vista, pero a medida que el paisaje invernal bajo ellas se iba transformando en escenas más verdes, la emoción le iba creciendo por dentro.
Aun así, echaría de menos a sus viejos amigos.
Pensó en la fiesta de despedida improvisada que le habían organizado sus compañeros de trabajo.
Había sido una sorpresa total y muy agradable.
Curiosamente, aquella despedida le había facilitado decir adiós a lo que una vez fue su mundo.
Tragó saliva. Esperaba que ella y sus hermanas no hubieran cometido un error terrible.
Ya era demasiado tarde para echarse atrás.