Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO UNO
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CAPÍTULO UNO

REGAN

Regan Sullivan cruzó los jardines del Salty Key Inn en dirección a la piscina y se detuvo a contemplar las buganvillas recién plantadas alrededor del perímetro.

Levantó una rama cargada de flores, estudió el vibrante color rosa de los pétalos y respiró hondo, concediéndose un momento para deleitarse con su belleza.

Por mucho que la gente intentara capturar un color así en tela o pintura, Regan pensaba que nunca lo conseguirían del todo. La Madre Naturaleza siempre ganaría.

Regan alzó la vista al cielo. Rayos rosados atravesaban el gris del amanecer, anunciando otro día caluroso de principios de septiembre en la costa del Golfo de Florida.

Contempló un hibisco cercano cuyas flores rosas se abrían al sol y pensó en todos los cambios de su vida.

De niña, en Dorchester, Massachusetts, jamás habría soñado que llegaría a ser copropietaria de un hotel.

Ya había empezado a dividir su vida en dos etapas: antes del testamento del tío Gavin y después.

El descabellado desafío que el tío Gavin les había planteado a ella y a sus hermanas parecía sacado de un cómic, pensó Regan mientras lo repasaba mentalmente.

Debían vivir y trabajar juntas durante un año entero para restaurar el hotel y ponerlo en marcha.

Si cumplían ese requisito, cada una heredaría un tercio de su considerable patrimonio.

Pero no era tarea fácil. Convivir, trabajar codo con codo y proponer ideas creativas para conseguirlo eran los verdaderos retos.

Su tío había querido que aquella experiencia fuera una lección de vida para cada una de ellas.

Al final de la carta que le había dejado, había escrito un mensaje ambiguo: «La belleza está en el ojo del que mira».

Cuando lo leyó, se molestó, pensando que se refería a su apariencia, que sentía que era lo único que la gente notaba al conocerla.

Ahora empezaba a sospechar que, al escribirle ese mensaje, su tío tenía en mente algo muy distinto.

Estos pensamientos le vinieron a la mente mientras contemplaba el entorno, con la sensación de estar dentro de una pintura tropical. Nada tan exótico como un Gauguin, pero un paisaje que le gustaba mucho más que lo que solía ver en Nueva York o en su Boston natal.

Por la diferencia de edad, no había llegado a conocer bien a sus hermanas.

Sheena, la mayor, de treinta y seis años, siempre había sido considerada la «perfecta».

Darcy, la mediana, de veintiséis, a veces era franca e impulsiva, pero en los últimos meses se había vuelto más dulce.

A sus veintidós años, Regan también estaba cambiando a medida que se descubría a sí misma.

Vio a Brian Harwood y le devolvió el saludo antes de que él entrara en Gracie's, el restaurante del hotel.

Respiró hondo para calmar los latidos de su corazón y se prometió no involucrarse con él.

Daba igual lo fácil que le resultara jugar con sus emociones: estaba segura de que era alguien que acabaría haciéndole daño.

Las mujeres prácticamente babeaban por su rostro atractivo, su cuerpo musculoso y esos ojos oscuros que atrapaban a cualquiera.

Él casi siempre les correspondía con interés, lo que le demostraba a Regan que era un Problema con mayúsculas.

Regan se apresuró hacia la oficina de recepción del hotel, junto a la piscina. La inauguración era inminente y quería tenerlo todo controlado. Sheena estaba lidiando con problemas familiares, y Darcy escribía su columna semanal para el West Coast News, un periódico local.

Entró en la oficina y fue directa al ordenador para revisar el sistema de reservas.

Solo abrirían las veinte habitaciones de la planta baja del Edificio Egret.

Las veinte del piso superior seguirían sin terminar hasta que tuvieran ingresos suficientes para acabarlas.

Las ocho suites del edificio anexo donde ella y sus hermanas vivían temporalmente serían las últimas en renovarse.

Recorrió con la mirada la lista de personas que llegarían para el fin de semana del Día del Trabajo.

Doce parejas estaban aprovechando las tarifas especiales de renovación: por una estancia de dos días o más, obtendrían un descuento de dos días en cualquier momento de los próximos cuatro meses, cuando concluiría el desafío del tío Gavin.

El móvil de Regan sonó. Miró quién llamaba y sonrió.

Moses Greene. En muy poco tiempo, Mo se había convertido en uno de sus mejores amigos.

Se conocieron cuando él la ayudó a elegir los muebles del hotel.

Extrovertido y encantador, era un decorador de interiores con mucho talento.

Regan esperaba asociarse con él algún día.

—Hola, cariño —dijo él—. Llamo para desearos a ti y a tus hermanas un fin de semana de éxito en el hotel. Seguro que será un buen comienzo. Por cierto, Bernice está encantada de tener su negocio en marcha para vosotras.

—Lo está haciendo muy bien —dijo Regan. Ella y Mo habían convencido a la prima de él para que abriera un negocio de limpieza y se encargara del servicio de habitaciones del hotel.

—¿Al final te vas a los Cayos este fin de semana, como tenías pensado? —le preguntó Regan.

—Sí, creo que ya es hora de salir y conocer gente nueva. Después del puente, tengo la agenda a tope. La suegra de Sheena me ha hecho una publicidad estupenda. Tengo varias casas pendientes.

—Avísame cuando pueda echarte una mano. Con suerte, después del puente las cosas se tranquilizarán y entraremos en una rutina más relajada, con menos huéspedes.

Se rio entre dientes. —Sé cuánto quieres unirte a mi negocio, pero se supone que deberías desear cada vez más clientes en el hotel, no menos.

Los ojos de Regan se abrieron como platos y estalló en carcajadas. —¡Dios! Sheena y Darcy me matarían si hubieran oído lo que acabo de decir.

—¿Matarte por qué? —dijo una voz, y Regan se dio la vuelta y se encontró con Darcy.

—Tengo que dejarte, Mo —dijo Regan—. Pásalo bien y llámame cuando vuelvas. Quiero enterarme de todo.

—Trato hecho —dijo Mo, y colgó.

—¿Qué pasa? —Los ojos azules de Darcy se clavaron en los azul violeta de Regan, exigiéndole una respuesta.

—Le dije a Mo que esperaba que las cosas se calmaran aquí en el hotel, y me recordó que, siendo propietaria, no debería desear eso.

Darcy sacudió la cabeza, agitando los rizos rojos. —Sé cómo te sientes. Entre el trabajo del periódico e intentar organizar una boda pequeña, a veces desearía…

Sheena entró en la oficina. —¿A veces desearías qué?

Regan y Darcy intercambiaron miradas divertidas. ¡Hermanas!

—¿Y bien? —insistió Sheena.

—A veces desearía que todo este desafío terminara de una vez. Estoy ocupada con otras cosas, y Regan también —dijo Darcy.

Sheena las miró a ambas y suspiró. —Bien, es hora de una charla motivacional.

Tenemos que concentrarnos. Nos quedan cuatro meses para cumplir el desafío de poner el hotel en marcha y generar ingresos.

Todas sabemos que esto podría significar mucho dinero si lo conseguimos.

Y más que eso, podemos convertir este hotel en el lugar que el tío Gavin imaginó.

Yo, por mi parte, quiero quedarme y ayudar a dirigirlo si, y ahora mismo es un gran SI, lo logramos.

No dejéis que nada os lo impida. ¿De acuerdo?

Amonestada por el tono decidido de Sheena, Regan asintió.

Su hermana mayor a veces era mandona, pero tenía buen corazón, y todas tenían buenas razones para querer superar el desafío.

Para Sheena, significaría ayudar a su marido, Tony, a montar su propio negocio de fontanería en Florida y costear la educación de sus dos hijos adolescentes, Michael y Meaghan.

Para Darcy, sería la oportunidad de escribir una novela y construir una vida con Austin Blakely, su prometido.

¿Y para ella? Regan se asociaría con Mo en el negocio de decoración de interiores, cumpliendo así sus sueños de infancia: que reconocieran su talento y la aceptaran tal como era.

—Bien, entonces —dijo Sheena—. Veamos quiénes son los huéspedes. —Miró la lista—. Lo siento, Darcy, pero tus antiguas compañeras de piso de Boston siguen en la lista. Pensé que les habías dicho que no vinieran.

Darcy hizo una mueca. —Intenté decirles que esperaran hasta que tuviéramos tiempo de hacer más reformas, pero a Alex Townsend no hay quien le diga nada. Seguro que quiere venir solo para soltar comentarios desagradables. Ya sabes lo esnob que es.

—Tenemos que conseguir que los huéspedes entiendan que estamos en transición, trabajando para mejorar el hotel —dijo Sheena—. Eso lo has dejado claro en la campaña publicitaria, Darcy.

—No conoces a Alex como yo —se quejó Darcy.

—Aunque Nicole Coleman es maja —dijo Regan, dedicándole a Darcy una sonrisa de ánimo.

—Es la única razón por la que compartí piso con ellas en Boston —suspiró Darcy—. Supongo que tendremos que apañárnoslas con Alex.

—Ahora que Sheena está aquí, vamos a por un café —le dijo Regan a Darcy—. Va a ser un día ajetreado.

—Traedme uno a mí —dijo Sheena—. Creo que voy a necesitar una dosis extra de energía. Ahora que la estancia de verano de Randy está terminando, Michael y Meaghan se pelean por cualquier tontería. Es porque están nerviosos por empezar en colegios nuevos, aunque no quieran admitirlo.

El teléfono sonó y, mientras Sheena contestaba, Regan y Darcy se marcharon.

Cuando entraron en Gracie's, Brian se estaba marchando. Le sonrió a Darcy. —Enhorabuena por el compromiso. Austin es un tío genial. Me alegro por los dos.

Darcy se ruborizó. Hubo un tiempo en que se había insinuado a Brian, llegando incluso a proponérsele. Ahora le parecía una tontería. —Gracias. Soy una mujer muy afortunada.

Brian le sonrió. —Y con mucho talento. Leo tus columnas, ¿sabes?

La sorpresa en el rostro de Darcy lo decía todo. Regan le apretó la mano a su hermana, orgullosa de todo lo que había logrado.

La mirada de Brian recorrió a Regan, provocándole un escalofrío que le bailó por los hombros. —Me enteré de que Chip y tú estuvisteis anoche en The Pink Dolphin. Lástima que me lo perdiera. Quería presentarte a Jill.

Regan se obligó a bajar las cejas. —¿Jill?

—Es una ex que ha vuelto a vivir aquí. Hemos vuelto a estar juntos.

A Regan se le revolvió el estómago. Se dijo que eran los nervios por el fin de semana de inauguración, pero cuando Brian salió del restaurante, notó el escozor de las lágrimas.

Darcy le dio un codazo. —¿Qué te pasa?

—Creo que son alergias —dijo Regan—. Me encantan todos estos arbustos en flor, pero es demasiado. —Al decirlo, se sorprendió de lo fácil que le había resultado mentir.

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