CAPÍTULO CINCUENTA
DARCY
En un día de agosto inusualmente fresco, Darcy ocupaba un banco junto a Austin en la abarrotada iglesia comunitaria, con el cuerpo en tensión, a punto de pronunciar uno de los discursos más importantes de su vida. La luz atravesaba las vidrieras y esparcía fragmentos de color por todo el interior.
Inclinó la cabeza y rezó por estar a la altura de Nick. Él le había dado una nueva vida, igual que Austin le había dado un nuevo amor.
El servicio se convirtió en una mezcla borrosa de palabras y cantos. Cuando llegó el momento de ponerse de pie, le temblaban las rodillas.
Austin le dio un suave apretón en la mano. Animada por aquel gesto silencioso, Darcy respiró hondo y subió los pocos escalones hasta el púlpito del frente de la iglesia.
Desde el púlpito, recorrió el público con la mirada, se detuvo en Sandy y su familia, y luego observó a la gente de West Coast News. Jeremy McCarthy y Bruce Gilman estaban con sus esposas. Lainey Edwards, tan extravagante como siempre, se sentaba junto a Ed Richardson, el editor.
Con la boca seca, Darcy miró a su familia, que había venido a apoyarla. Sabían cuánto había apreciado a Nick, lo nerviosa que estaba por pronunciar un discurso que honrara tanto a él como a su amistad. Randy y Michael estaban sentados con los demás y la observaban con respeto.
Darcy respiró hondo, se aclaró la garganta y comenzó a hablar.
Nick y ella habían trabajado juntos en el elogio fúnebre, pero no había podido evitar añadir sus propias palabras.
Como a veces le ocurría cuando escribía su columna, las palabras parecían fluir desde algún lugar ajeno a ella.
Habló de la bondad de Nick, de cómo su personalidad encajaba con su apariencia, de cómo quería ser recordado y de lo que esperaba para el futuro de su familia y amigos.
—Nick lamentaba no tener hijos propios y le preocupaba no dejar un legado —Darcy negó con la cabeza—.
No tenía ni idea de cómo había tocado mi corazón y el de quienes lo rodeaban.
Que estén aquí, rindiéndole homenaje, no basta ni de lejos para hacerle justicia.
Yo, por mi parte, estaré eternamente agradecida por las alas que me dio en forma de palabras.
Despedirse de Nick Howard estaría mal. Él seguirá siendo parte de nosotros y del futuro para siempre —dejó de hablar, alzó la vista al techo y susurró—: Gracias.
El silencio que siguió resultó desconcertante, hasta que Darcy se dio cuenta de que la gente lloraba.
Cuando regresó al banco, Austin se levantó para ayudarla a sentarse. Ella se aferró a su mano; necesitaba su presencia para sostenerse.
Una suave música de órgano llenó la iglesia.
Darcy miró una vez más los colores de las vidrieras e imaginó que eran los colores cambiantes de su vida.
Había llegado a Florida siendo una mujer insegura de sí misma y de su lugar en el mundo.
Gracias a su amistad con Nick y al amor de Austin, había aprendido a amar a los demás de otra manera y había descubierto que ella misma era digna de amor.
Llena de ternura, Darcy se apoyó en el hombro fuerte y firme de Austin y tomó la mano que él le ofrecía, ilusionada con el futuro que les esperaba juntos.
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