Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO DIECISIETE
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CAPÍTULO DIECISIETE

DARCY

Darcy estaba sentada en su oficina repasando una vez más el breve artículo que había escrito sobre The Terrace.

Tras su reunión con Nick, había comprado una aplicación de edición que le resultaba muy útil para descubrir, entre otras cosas, dónde debían ir las comas y dónde no.

La idea de que Nick, debido a su lucha contra el cáncer, fuera a guiarla en un curso intensivo de escritura y edición la había entristecido y emocionado a la vez.

Lo único que él le había pedido a cambio era que se comprometiera a seguir todas sus sugerencias e indicaciones.

Para mantenerse en contacto, habían acordado reunirse cada semana.

Mientras tanto, en el hotel las cosas se estaban animando.

La entrega de las colchas se había retrasado una vez más, pero cuando llegaran, según lo previsto, darían el toque final a las habitaciones.

Pronto comenzaría la formación de Regan y Sheena en el sistema de gestión hotelera.

Aunque abrían con solo veinte habitaciones, era importante que todas supieran manejarlo.

Darcy envió la reseña a Nick por email y se recostó en la silla.

Esperaba que esta vez le gustara. Se la había devuelto tres veces.

La última vez que la recibió llena de correcciones, se había quedado sola en su oficina llorando de frustración.

Pero esto, le había advertido él, era solo el principio para convertirse en escritora profesional.

Si de verdad lo quería, estudiaría sus correcciones y sugerencias y aprendería de cada error.

El sonido estridente del teléfono devolvió a Darcy al presente. Miró el identificador de llamadas. Austin. Sonrió y contestó.

—¡Hola!

—Hola, Darcy. Solo quería avisarte de que estoy en casa de mis abuelos y he traído el archivo final con el logo más pequeño para tu papelería, tarjetas de visita y demás material promocional.

—Genial —dijo ella.

—¿Qué tal tú?

—Estoy intentando escribir un artículo para el periódico, pero no es fácil. Tengo mucho que aprender y a veces me asusta meterme en algo así.

—Darcy, no me das la impresión de ser alguien que se rinde fácilmente. Confía en ti misma. Eres mejor de lo que crees.

Al oír sus palabras y el tono amable con que las había dicho, Darcy sintió una calidez que le recorría el cuerpo. Austin era un tipo estupendo.

—Gracias —dijo ella—. Tienes razón. No puedo rendirme solo porque sea difícil.

—La vida a veces es difícil —dijo Austin—. Sigue adelante, Darcy.

—Austin, ¿te importaría que fuera a recoger el trabajo que tienes para nosotras? Necesito hablar contigo de algo personal.

—Claro, ven —dijo él—. Me alegrará verte.

Le dio la dirección y añadió:

—Hasta ahora. Gracias.

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Al detenerse frente a la modesta casa, Darcy se preguntó si había cometido un error al presentarse así.

Pero había sentido una necesidad imperiosa de hablar con Austin sobre cómo afrontaba tener una abuela moribunda.

Estaba destrozada solo de pensar que Nick podría no sobrevivir al cáncer que le habían diagnosticado un par de años antes y que ahora se extendía rápidamente por todo su cuerpo.

Darcy aparcó la furgoneta y bajó.

Austin salió a recibirla.

—¿Qué ocurre? Por teléfono parecías alterada.

Al verlo, al percibir su preocupación, toda la angustia por lo de Nick afloró de golpe. Se quedó quieta un momento, cubriéndose la cara con las manos y respirando hondo para no derrumbarse.

Austin corrió hacia ella y le pasó un brazo por los hombros.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Darcy levantó la cabeza.

—Estaré bien. Solo necesitaba hablar contigo. Siempre consigues que me sienta mejor. Un amigo mío, uno que acabo de conocer, está luchando contra el cáncer y es evidente que no va a salir de esta.

Austin le acarició la espalda con suavidad para reconfortarla.

—Lo siento mucho. Nunca son buenas noticias. ¿Quieres hablar de ello? Podemos sentarnos en el porche. Allí nadie nos molestará.

La llevó hasta una de las dos sillas plegables del porche y se sentó a su lado.

—Venga, cuéntame cosas de él —dijo Austin, tomándole la mano.

Darcy suspiró.

—Vale. Mi amigo es un hombre mayor encantador que me está ayudando con la escritura. Estoy haciendo un trabajo secreto para él.

Ante las cejas enarcadas de Austin, Darcy lo amenazó con el dedo.

—Confío en ti, pero no puedes contárselo a nadie.

Mi nombre profesional es Dee Summers y estoy empezando a escribir reseñas de restaurantes para él en el West Coast News.

Lo conocí cuando vino a hacer un reportaje sobre el hotel.

Ahora quiere que me encargue de una columna semanal.

Se trata de escribir sobre distintas personas de la zona, algo así como perfiles para que la gente las conozca.

—Suena interesante.

—Sí, pero solo está pasando porque él está enfermo. Me siento fatal por eso, aunque a la vez me alegra la oportunidad. ¿Entiendes?

Él le apretó la mano.

—Creo que lo que sientes es lo que llaman «culpa del superviviente». No te preocupes. Es algo muy normal.

—Pero quiero que sobreviva. De verdad. Aunque eso signifique que tenga que buscar otra forma de aprender a escribir para poder escribir una novela algún día.

—Estoy seguro de que quieres que sobreviva, pero eso no está en nuestras manos. Lo mejor que puedes hacer por él es hacer un buen trabajo. ¿De acuerdo?

Darcy asintió despacio, notando cómo el nudo del estómago empezaba a aflojarse.

—Odiamos que les pasen cosas malas a las personas que queremos, o incluso a las que simplemente nos caen bien —dijo Austin con ese tono de profesional médico que tenía.

—¿Cómo te las arreglas con tu abuela? Se nota que la quieres.

—Sí, así es. Intento que su vida sea lo más normal posible contándole lo que hago, como siempre.

Y cuando se ha sentido con fuerzas, hacemos cosas de siempre.

Aunque te esté cediendo su columna, no me imagino que tu amigo quiera de repente que lo trates como si ya no pudiera escribir. Va a seguir ayudándote, ¿verdad?

Darcy asintió de nuevo.

—Entonces deja que te ayude todo lo que pueda. No le quites eso. ¿Entiendes?

—No lo conozco tan bien, pero lo respeto muchísimo.

—Bien, entonces ya tienes un plan. ¿Quieres entrar a conocer a mis abuelos? —sonrió—. Sienten mucha curiosidad por ti. No es habitual que una chica pida venir a casa.

—Ah, pero...

Él levantó una mano para detenerla.

—Tranquila. No tenemos que fingir que es más que amistad.

La confundió la decepción que la invadió.

Al entrar en la cocina, una mujer menuda de pelo gris levantó la vista desde su sitio en la mesa y le dedicó una dulce sonrisa.

—¿Eres una nueva amiga de Austin?

—Sí —Darcy se acercó a ella y le tomó la mano—. Soy Darcy Sullivan. Austin ha estado haciendo muchos trabajos artísticos para nuestro hotel, para mis hermanas y para mí.

—Ah, sí —dijo el abuelo de Austin, de pie junto a los fogones, removiendo algo en una olla—. ¿No eres una de las jóvenes que compraron los kayaks y se llevaron la talla de madera en nuestra venta de garaje?

—Esa fue mi hermana, Regan. Pero a todas nos encantan las tallas de madera de Austin.

—¿Qué te parece almorzar con nosotros? —dijo su abuelo—. No es nada del otro mundo, solo la sopa favorita de Margery.

—Sopa de pollo con fideos casera. Siempre está buena —dijo Margery—. Y Bill la hace perfecta —lo miró con cariño.

Él se rio entre dientes.

—Lo que sea por mi chica.

Darcy y Austin intercambiaron miradas divertidas.

—Esto es un verdadero nido de amor —dijo él, y todos se rieron.

Austin fue al aparador y sacó cuatro cuencos y un plato para las galletas saladas.

Mientras su abuelo servía la sopa, Austin llenó cuatro vasos de agua helada.

Darcy se sentó frente a Margery y se quedó pensando qué decir.

—Háblame del hotel —dijo Margery con voz débil.

Darcy se dio cuenta del esfuerzo que Margery estaba haciendo por ser sociable, y se le encogió el corazón. Les contó brevemente que Gavin les había dejado el hotel a ella y a sus hermanas y que tenían que prepararlo para la apertura.

—Hay mucho que aprender —dijo Bill, sentándose a la mesa—. Cuando volví de Vietnam, trabajé en varios hoteles hasta que ahorré lo suficiente para montar mi propio negocio.

—El abuelo tenía una tienda de suministros para restaurantes —explicó Austin.

—¿En serio? Quizás puedas ayudarme a aprender toda la jerga del sector —dijo Darcy.

Una sonrisa de satisfacción iluminó el rostro de Bill.

—Pues claro que puedo.

—Tiene un trabajo secreto —dijo Austin, guiñándole un ojo con picardía—. Algo que quizás no se atreva a contaros.

Darcy se rio.

—Vale, os lo cuento, pero tenéis que guardar el secreto mejor de lo que parece que lo hará Austin.

Entre las risas que estallaron, Darcy dijo:

—Voy de incógnito a escribir reseñas de restaurantes. Es muy divertido.

—Cualquier consejo que necesites, cuenta conmigo —reiteró Bill. Miró a Margery, se le borró la sonrisa y se puso de pie—. Es hora de que Margery descanse.

Bill tomó del brazo a su esposa y salieron de la cocina.

Darcy notó la tristeza que cruzó el rostro de Austin. Le puso la mano en el brazo, queriendo aliviar su dolor.

—Gracias —dijo Austin con un largo suspiro—. Déjame recoger la cocina y luego podríamos dar un paseo.

—Vale, me parece bien. Te ayudo a recoger la mesa.

Mientras Austin enjuagaba los platos, Darcy se preguntó si así era como se sentía un hogar feliz y tranquilo. De pequeña, la casa de los Sullivan nunca había tenido ese ambiente relajado y distendido.

—¡Venga, vámonos! —dijo Austin, metiendo los últimos platos en el lavavajillas y secándose las manos en los pantalones cortos.

Fuera, caminaron calle abajo hasta un estanque en medio del vecindario. Cuando Darcy y Austin se sentaron en un banco a la sombra, un par de patos criollos pasaron contoneándose y graznando ruidosamente antes de zambullirse en el agua y alejarse nadando.

—Son unos pesados, pero es divertido verlos —comentó Austin—. Mis abuelos solían traerme aquí a darles de comer.

—Tus abuelos son encantadores —comentó Darcy—. Tienes suerte de tenerlos. Yo nunca tuve relación con los míos. Todos menos uno murieron cuando yo era muy pequeña, y el que sobrevivió se mudó lejos.

—Qué pena —dijo Austin—. Los míos han sido geniales conmigo —se recostó contra los listones del banco y apoyó un brazo en el respaldo—. He decidido quedarme en la universidad este verano. Puedo hacer dos asignaturas y así podré empezar las prácticas en otoño.

—Qué bien —dijo Darcy—. ¿Y vas a montar tu consulta aquí? —lo miró a los ojos, a esos sorprendentes ojos azules, intrigada por la inteligencia y la bondad que vio en ellos.

—Sí, tengo dos ofertas que valorar. Supongo que con el crecimiento de la población, cada vez hay más demanda de dentistas.

El móvil de Darcy sonó y la sobresaltó.

Miró quién llamaba, comprobó la hora y ahogó un grito.

Contestó.

—Sheena, lo siento. No me había dado cuenta de lo tarde que es. Voy para casa ahora mismo.

Darcy se levantó de un salto.

—Lo siento, pero tengo que volver al hotel. Sheena necesita la furgoneta para recoger a su familia en el aeropuerto.

Austin le siguió el paso sin esfuerzo mientras ella se apresuraba hacia la casa de los abuelos de él y se detenía junto a la furgoneta.

—Aquí tienes la memoria USB con el logo —dijo Austin, y se la entregó.

—Oh, casi se me olvida —dijo Darcy, mirándole a los ojos mientras la cogía—. Muchas gracias por tu ayuda. Y dale las gracias otra vez a tus abuelos por la comida.

Austin la observó un momento y luego, sin apartar la mirada de la suya, la estrechó entre sus brazos.

Darcy se apoyó contra su amplio pecho y se dio cuenta de que lo había deseado desde el principio.

Los brazos de él eran fuertes, reconfortantes.

Suspiró de placer. Qué bien se sentía estar así, abrazada. Se sentía querida, especial.

Austin le levantó la barbilla y bajó los labios hasta los de ella.

Sus labios eran suaves, pero exigentes. Un temblor de sorpresa la recorrió mientras su cuerpo se tensaba de deseo y luego se abandonaba en oleadas de calor a medida que el beso se prolongaba.

Rindiéndose al pulso que latía en su interior, Darcy gimió suavemente y abrió los labios a su lengua.

Los brazos de Austin se estrecharon a su alrededor, y cuando finalmente él se apartó, ella se sintió... vacía.

La expresión de asombro de Austin reflejaba lo que ella sentía. Se miraron durante unos instantes y luego, casi con tristeza, Austin dijo:

—Supongo que será mejor que te vayas.

Aunque su cuerpo seguía palpitando de deseo, subió a la furgoneta, todavía aturdida por la química que había surgido entre ellos.

Mientras se alejaba, Darcy levantó la mano para despedirse de Austin y luego se rozó los labios con los dedos, sin entender qué acababa de pasarles: a ella, a él, a los dos.