Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

SHEENA

Sheena se acercó a la casa rosa donde ella y sus hermanas deberían haber vivido.

Bajo el cálido sol, contemplando los restos carbonizados, un temblor la recorrió.

Varias semanas atrás, sus hijos habían estado en la casa cuando la tubería de gas de la cocina estalló y provocó una explosión.

Ver las llamas, sabiendo que estaban dentro, había sido una experiencia aterradora que aún la perseguía en sus pesadillas.

Incluso ahora, al inhalar el olor a madera quemada, se le revolvió el estómago y sintió un mareo al pensar en lo que podría haber perdido.

Había querido que sus hijos vinieran a Florida para que experimentaran lo que ella estaba viviendo en el hotel y se dieran cuenta de que su partida de Boston durante un año valdría la pena.

Con casi quince años, Meaghan había necesitado una dosis de realidad y amabilidad.

Ahora con diecisiete, Michael también era un adolescente que se creía con derecho a las cosas buenas que le habían dado.

Entre el trabajo que Sheena les había hecho hacer en el hotel y el susto del incendio, sus actitudes habían cambiado drásticamente.

Pero fue el cambio de actitud de su marido, Tony, lo que más la conmovió.

Con su apoyo, él le había dado una razón para quedarse en el hotel e intentar que fuera un éxito.

Antes de seguir su camino, Sheena saludó con la mano a los trabajadores que despejaban los restos de la casa.

En unas semanas, los niños regresarían a Florida para quedarse.

Tony podría estar con ellos. Estaba pensando en montar un negocio de fontanería independiente en Florida.

Mientras tanto, tenía trabajo asegurado con Brian Harwood, el joven en quien Gavin había confiado para ayudarlas a renovar el hotel.

Sheena entró en la suite que sus hermanas y ella habían arreglado como residencia temporal para su familia.

Al principio, las tres habían pensado en renovar las suites primero.

Pero ante la necesidad de vivir allí, se estaban concentrando en renovar las veinte habitaciones de huéspedes de la planta baja del Edificio Egret.

Después, si tenían suficiente dinero, abordarían las veinte habitaciones del segundo piso.

Sheena se sentó a la pequeña mesa de madera de la cocina que habían rescatado de la colección de muebles de las habitaciones originales.

Planeaban reemplazar todos los muebles de las suites, pero hasta que terminaran las habitaciones del Edificio Egret y tuvieran más ingresos, eso tendría que esperar.

Mirando fijamente los números en la pantalla del ordenador, Sheena dejó escapar un suspiro.

A menos que ocurriera un milagro, no podrían tener las suites listas para los huéspedes en bastante tiempo.

Necesitaban muchas cosas: mobiliario, ropa de cama, muebles para la piscina y el patio, televisores, teléfonos, y un largo etcétera.

Hizo una búsqueda en línea de proveedores de hoteles para ver qué ofertas encontraban.

Ya habían conseguido algunas obras de arte y lámparas en una venta de renovación de hotel. Seguro que habría otras.

Su móvil sonó. Sheena miró la pantalla y sonrió. Meaghan. Hubo un tiempo en que su hija se había negado a hablarle porque estaba enfadada de que Sheena hubiera dejado Boston. Ahora quería hablar todo el tiempo, como la chica de catorce años que era.

—¡Hola, cariño! ¿Qué pasa?

—Es Lauren. Ahora que sabe que tienes un hotel, quiere volver a ser mi amiga.

—¿Y? —la animó Sheena.

—Y no sé qué hacer —admitió Meaghan—. Es una de las chicas populares. O lo era. A Shelby ya no le cae bien.

—Meaghan, es importante ser amable con todo el mundo, pero igual de importante elegir bien a los amigos íntimos. ¿Recuerdas lo cruel que fue Lauren contigo? Yo en tu lugar mantendría solo una distancia cordial.

—¡Adivina! Tommy me preguntó si quería ir al Baile de Fin de Curso. Le dije que me lo pensaría.

—¿Pensártelo? —Sheena negó con la cabeza. Hubo un tiempo en que su hija habría hecho cualquier cosa por ir a cualquier parte con Tommy Whitehouse.

—Sí, porque espero que Danny Sawyer me invite —dijo Meaghan.

—Solo recuerda ser amable —le advirtió Sheena.

—Ya lo sé, mamá. No hace falta que me lo digas —resopló Meaghan con exasperación.

Sheena se mordió la lengua para no responder. Tratar con una adolescente era difícil a veces, especialmente cuando era tu hija, que estaba descubriendo que los chicos la encontraban atractiva. Eso era una buena y una mala noticia a la vez.

Charlaron sobre el vestido que Meaghan quería para el baile, y luego Sheena colgó prometiendo mirar la foto que su hija iba a enviarle por email.

Darcy llamó a la puerta y entró.

—Aquí está la factura final de Chip por instalar el sistema inalámbrico en todos los edificios.

Sheena aceptó el papel que Darcy le entregó y estudió las cifras.

—Más de lo que pensaba, pero sigue siendo razonable. Tendremos que ajustar el presupuesto de los televisores para las habitaciones.

—Pero conseguiste una ganga con la moqueta para las cuarenta habitaciones, ¿no? —dijo Darcy.

Sheena asintió.

—Eso nos vino bien para el presupuesto. Gracias a Dios, alguien había pedido unos rollos de más para un trabajo de su empresa, y pudimos conseguirla a precio de retales.

Darcy le dirigió una larga mirada.

—Después de enseñarle el lugar a Nick, me puse a pensar. Con la publicidad que podría darnos, necesitamos abrir esas habitaciones cuanto antes. Creo que deberíamos reunirnos con Regan.

—Suena bien. Tenemos que hablar de los muebles del patio y de qué otras instalaciones y servicios ofrecer a nuestros huéspedes.

Aunque solo tengamos veinte habitaciones abiertas, hay que hacerlo bien.

—Sheena no pudo evitar preguntar—: ¿De verdad vas a hacer reseñas de restaurantes para el West Coast News?

Darcy sonrió.

—Oye, es un comienzo, ¿no? Y Nick es un tipo estupendo. No debería llevarme demasiado tiempo. Unas cuantas salidas nocturnas.

—Bueno, si alguna vez necesitas que alguien te acompañe, cuenta conmigo.

Darcy se rio.

—Ya veremos.

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Esa noche, Sheena preparó una sencilla ensalada verde con gambas frías para sus hermanas y para ella. Darcy sirvió un pinot grigio bien frío, y Regan cortó el pan francés que Gracie había donado.

Sheena colocó las ensaladas frente a sus hermanas y se volvió hacia Darcy.

—¡Oye! No escribas sobre esto. El West Coast News no va a hacer una reseña de mi cocina.

Darcy se rio. —Ya veremos.

Regan frunció el ceño. —¿De qué estáis hablando?—Voy a hacer reseñas de restaurantes para el West Coast News —anunció Darcy con orgullo—. Nick Howard me preguntó si podría ayudarlo, y si las cosas van bien, puede que hasta me den una columna semanal.

Regan abrió los ojos de par en par. —¡Vaya, Darcy! ¡Eso es genial! —Su expresión se volvió seria de repente—. Pero no te restará tiempo para la campaña publicitaria del hotel, ¿verdad?

Darcy negó con la cabeza. —No, pero me preocupa que con el artículo que Nick va a escribir sobre nosotras, la gente quiera reservar habitaciones. Quería hablar contigo y con Sheena sobre adelantar el calendario.

—Tú eres la encargada de las habitaciones, Regan. Así que, en muchos aspectos, estás al mando de todo esto —dijo Sheena.

—Sí, necesitamos saber qué piensas —añadió Darcy.

Regan se cubrió la cara con las manos.

Sheena y Darcy se miraron.

—¿Estás bien, Regan? —preguntó Darcy.

Cuando Regan levantó la cara, Sheena se sorprendió al ver lágrimas en sus ojos. —¿Qué te pasa, cariño?

—Es la primera vez que vosotras dos me decís que puedo estar al mando por encima de vosotras. ¿Tenéis idea de lo que eso significa para mí? —La voz de Regan temblaba.

Darcy levantó su copa de vino blanco. —¡Por la hermandad!

Regan sonrió y levantó su copa. —¡Por nosotras!

—¡Las hermanas Sullivan! —dijo Sheena, sintiendo cómo el cariño por sus hermanas le inundaba el pecho.

No siempre se habían llevado bien, pero trabajar en este proyecto las había unido. El tío Gavin había esperado que su desafío fuera una lección de vida para cada una de ellas. Y parecía que las clases habían comenzado.

—Necesitamos una actualización completa de las habitaciones —dijo Sheena—. Qué se ha hecho, qué falta por hacer y un calendario para cada cosa.

—De acuerdo, hermana mayor, después de cenar vamos al salón y lo hablamos —dijo Regan.

—Y tenemos que hacer una lista de lo que hay que comprar —dijo Darcy.

—Cuando me deis la información, podré actualizar el presupuesto por completo.

Puede que consiga convencer a Blackie Gatto de que pase algunas de esas partidas a gastos razonables de preapertura del hotel, para que nuestro ridículo presupuesto de renovación de ciento cincuenta mil dólares pueda funcionar. Ya hemos gastado mucho dinero.

—No más cenas de negocios con Blackie. Que sean cafés, ¿de acuerdo? —dijo Darcy.

Sheena frunció el ceño sin poder evitarlo. —Era una reunión de negocios. ¿Recuerdas? —Cuando su marido Tony descubrió que había salido a cenar con Blackie, se puso furioso. Le costó un tiempo convencerlo de que solo había sido un asunto de trabajo.

—Creo que deberíamos invitar a Blackie a nuestra gran inauguración —dijo Regan, disipando el momento incómodo.

—Buena idea —dijo Sheena—. Mientras tanto, tenemos que convencerlo de que parte del coste de todo esto debería salir del patrimonio de Gavin y no de nuestro presupuesto.

Regan habló sobre el progreso en las habitaciones.

Había cogido muchas de las cómodas, mesitas de noche y cabeceros originales y, con una técnica especial de pintura a la tiza, los había transformado en piezas azul pálido con un acabado shabby-chic.

Habían pintado las paredes y puesto moqueta nueva.

Pero los toques finales —los más caros, como cortinas y equipos electrónicos— aún faltaban por añadir.

—¿Qué pasa con los baños? —preguntó Sheena—. No hemos hecho mucho con ellos.

—Hemos intentado limpiarlos con productos normales —suspiró Regan—, pero creo que deberíamos contratar profesionales para que los limpien con productos químicos especiales y blanqueen también los suelos de baldosas.

Alguien me dijo que, si hace falta, se puede restaurar el esmalte de las bañeras.

Y creo que las juntas solo necesitan una buena limpieza, no hay que cambiarlas.

—¿Merece la pena intentar que parezcan nuevos? —preguntó Darcy.

—Sí. Marca una gran diferencia. Y tengo una idea para los tocadores.

Si sustituimos los viejos muebles de madera por una encimera laminada con lavabos dobles, podemos añadir una estantería abierta debajo para guardar toallas y otras cosas.

Eso también lo hará más atractivo para las familias.

Tony lo hizo en una pequeña propiedad en New Hampshire, y funcionó bien con poco coste.

—Pidámosle a Tony que trabaje en eso con Brian —dijo Darcy.

Ante la idea, Sheena esbozó una sonrisa. Eso le daría a Tony una buena excusa para volver a Florida... sin los niños.

—¿Cómo vamos a conseguir que la gente reserve habitaciones aquí si todavía estamos de reformas? —preguntó Regan.

—Tengo un plan —dijo Sheena.

Darcy le lanzó una sonrisa pícara. —Por supuesto que sí. A ver, cuéntanos.

—De acuerdo. ¿Qué os parece si a cada persona que se aloje aquí dos noches o más le damos un cincuenta por ciento de descuento en dos noches reservadas en los próximos seis meses? Todos salimos ganando. ¿No?

—¡Es brillante! —exclamó Darcy—. Podemos poner un anuncio en los periódicos locales, y yo lo subo a nuestra página web.

—Hay otro tema —dijo Regan—. Necesitamos terminar al menos una habitación antes de poder hacer fotos promocionales para la página web y otros medios.

—De acuerdo —dijo Sheena—. Yo me encargo de llamar a una empresa de limpieza, de organizar la venida de Tony y de hablar con Brian sobre la instalación de las encimeras y estanterías en los baños.

El objetivo será terminar los baños de la planta baja lo antes posible.

Sacaremos los lavabos de los baños del segundo piso y los usaremos para hacer lavabos dobles idénticos en los nuevos tocadores.

Pero eso supondrá el coste adicional de sustituir los lavabos del segundo piso cuando reformemos esas habitaciones.

—¿Y los muebles de exterior? —dijo Darcy—. Necesitamos para las veinte habitaciones y también para la zona de la piscina.

Sheena les lanzó una sonrisa pícara.

—Dejádmelo a mí. ¿Alguien quiere venir a tomar un café con Blackie?