Encerrados (The House 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Un fino y repetitivo sonido consigue reactivar mi organismo.

Intento fruncir el ceño, no sé si lo he conseguido.

Me cuesta demasiado moverme. Quizás ni lo esté haciendo.

Los párpados me pesan demasiado, como si me los hubiesen cosido para que nunca más pueda ver la luz del sol.

Soy incapaz de abrir mis ojos. Trago saliva y concentro las pocas fuerzas que tengo en ellos.

El sabor a óxido inunda mi boca.

La oscuridad va aclarándose y varios destellos consiguen despejar todo lo opaco.

De golpe, mi organismo se activa y mi sangre fluye de forma acelerada, como un huracán, haciendo que mis ojos se abran al instante y que me incorpore para tomar una bocanada de aire.

Mi espalda se resquebraja y suelta un horrible sonido acompañado de un oleaje de dolor.

Comienzo a toser y a mirar a todos lados, pero nada llega a mis ojos de forma clara. Todo está borroso, dando vueltas. Dos tubos me salen de la nariz y me echo hacia atrás de forma precipitada y brusca.

¿Dónde estoy? Y lo más importante, ¿por qué sigo vivo?

Una puerta se abre y dos mujeres vienen hacia mí rogándome que me tranquilice.

Intento hablar, pero las palabras no salen de mi boca.

Aún siento paralizadas varias zonas de mi cuerpo, como las piernas.

Apoyo la cabeza en la almohada y mi mandíbula se tensa cuando una de las chicas se acerca a mi muñeca y me clava una aguja en la vena.

La saliva se acumula en mi boca y me cuesta tragarla.

—Tranquilo —susurra—. Te vas a poner bien.

Su sonrisa se amplía y me acaricia el pelo como si me conociese de algo y se alegrase de que no esté muerto.

No sé cuánto tiempo pasa exactamente, pero, poco a poco, voy teniendo dominio sobre mi cuerpo de nuevo.

Puedo mover mis piernas muy despacio, aunque el simple hecho de intentarlo me provoca un dolor inmenso.

Mis cinco sentidos parecen regresar progresivamente.

Consigo que las manchas se vuelvan nítidas, formando caras; el ruido externo deja de llegarme en eco; y puedo percibir un aroma a desinfectante y productos esterilizantes que me revuelve las tripas.

Cuando el control en mis brazos es total, los apoyo en la camilla, notando una punzada en mi muñeca izquierda, donde tengo una vía puesta, inyectándome Dios sabe qué.

Relamo mis labios, inhalo y hago fuerza, echándome hacia arriba para apoyar mi espalda en el cabecero.

Un estruendo sale de mi boca al sentir que me parto en dos.

Me llegan murmullos del exterior de la habitación. A mi izquierda hay un electrocardiógrafo y varias bolsas con líquidos colgando de la cama, conectados directamente a las vías que tengo puestas. Parezco el protagonista de alguna serie que transcurría en los hospitales, las preferidas de mi madre.

Una chica rubia entra en la habitación y, tras ella, otro chico con el mismo color de cabello, quizás un tono más oscuro. La cara del joven me resulta familiar, pero no sé de qué. De todos modos, estoy demasiado aturdido para averiguarlo.

—Menos mal que has despertado —dice ella con una suave sonrisa—. Soy Alison.

—Yo soy Luka.