EDGAR
Regresar a tus raíces no siempre tiene por qué ser bueno.
No me gusta Alemania. No hay sol, ni costas, ni nada donde poder disfrutar del mar como lo he estado haciendo en Costa de Oro durante los dos últimos años.
No obstante, cuando la familia Becker necesita que todos sus miembros se reúnan, no puede recibir un "No" por parte de nadie.
Serían capaces de desheredar a quien tuviese tal osadía.
Yo la tengo y lo haría con gusto, pero no puedo disfrutar de Costa de Oro sin los millones que me ingresa mi familia.
Düsseldorf no ha cambiado nada en estos años.
Sigue siendo igual. A cualquiera le impresionaría este paisaje, a mí me aburre.
¿Por qué tengo que disfrutar de ella? Sé que es la ciudad más cosmopolita de Alemania, pero me perturba tanta tecnología, inventos y gente ajetreada y agobiada las veinticuatro horas del día. Yo necesito paz, calma, aire fresco.
A veces y solo a veces, pienso cómo sería mi vida si hubiese nacido en Costa de Oro, bajo el manto de una familia normal. La idea se me antoja casi bucólica. Luego, recuerdo todos los caprichos a los que tendría que renunciar, y la idea me parece descabellada.
Sí, soy un chico liberal que se despoja de todo lo que tiene que ver con lo material, bla, bla, bla. No soy tan ingenuo, uno necesita dinero para ser feliz.
Desde el coche oficial de mi familia puedo ver pasar la ciudad a través de los cristales tintados.
Sobre la fachada de uno de los edificios más ostentosos de Düsseldorf, la figura de mi padre parpadea junto a la de diferentes chicas que se han puesto en sus manos para conseguir ser las mujeres que siempre han deseado. Tanta publicidad me abruma.
Mi familia no es rara, simplemente, se sale de lo normal.
Un matrimonio donde el marido mantiene guapa a su mujer sin cobrarle, mientras que ella se encarga de que las cuentas de la familia estén reguladas y aumenten cada día un tanto por ciento y, además, procurar que ninguno de nosotros tenga que ir a la cárcel, por muchos delitos que cometamos.
Sí, mi madre es la abogada mejor posicionada de toda Alemania. No ha perdido ni un solo caso, pero su reputación sin precedentes aumentó significativamente cuando logró meter en la cárcel a uno de los enemigos más grandes de la familia Becker, sin apenas parpadear.
Bajo del coche y me adentro en casa. Si cierro los ojos, puedo cruzarme con el Edgar de hace dos años, saliendo de aquí con una maleta, la piel más blanca que la leche y perfectamente peinado.
Se asustaría de verse actualmente: tez morena, más alto y fuerte, y despeinado todo el día. Como echo de menos Australia.
Todo sigue estando igual de limpio, ordenado e impoluto. Como si los años no pasasen por esta casa. Puedo oler la inmortalidad de estos muros.
—¡Edgar está aquí! —grita mi hermana al verme.
Ella sí que ha cambiado. ¿Dónde está la niña correcta que dejé atrás?
Ahora solo veo una melena teñida de azul, un top que apenas puede tapar los pechos que mi padre habrá aumentado con gusto y una falda que aprisiona sus piernas con riesgo de perder la circulación.
Me extraña que mi madre no la haya desheredado aún.
No baja de las escaleras, sino que espera a las figuras de nuestros padres y mi hermano.
Qué bonito cuadro de familia.
Me dan náuseas.
Mi madre baja las escaleras en primer lugar, que quede claro quién es la figura principal de esta familia. La siguen de cerca los demás, bajando con elegancia.
Venga, Edgar, que tú puedes . Fuerzo los músculos de mi boca para que pueda dibujarse una sonrisa en mi rostro que diga: ¡cuánto os he echado de menos! La hipocresía es uno de mis dones, cosas de familia.
Los brazos de mi madre me rodean y siento una corriente eléctrica que me recorre todo el cuerpo.
Luego saludo a mi padre y a mis hermanos.
Al parecer, Amelia no es la única que ha disfrutado de unos retoques.
Mi madre parece más joven ahora que hace dos años.
Gala Becker y su miedo al paso del tiempo.
—Que moreno estás, mi amor. —La expresión en su rejuvenecido rostro me deja bastante claro que no se trata de un halago—. ¿Sabes cómo envejece el sol?
—No me importa, madre —respondo, calmado. Intento sonar sumiso, hacerle ver que soy pequeño, aunque ese adjetivo no pueda usarse conmigo—. Cuando me vea alguna arruga, llamaré a papá y me pondrá igual de bien que a vosotros.
Mi tono es irónico, por supuesto, pero la ironía en mi familia pasa desapercibida desde que tengo memoria.
Los cinco pasamos al salón comentando lo mucho que he cambiado en dos años. Sé que no les gusta mi nuevo aspecto, pero no pueden quejarse teniendo bajo su techo a la nueva Amelia.
—Bien —dice mi padre—, ahora que estamos todos reunidos, puedo anunciaros lo que os prometí: Alemania ha escogido a la familia Becker como el linaje más importante y reputado del país.
Es por ello que debemos elegir a un miembro de la familia para representarnos en Chicago en una especie de Proyecto o concurso televisivo.
—¡Qué fabuloso! —Los ojos de mi hermana Amelia centellean de entusiasmo—. Está claro que el representante de la familia debo ser yo —aclara.
—No, hija. Quien irá a Chicago será Edgar —señala mi madre.
El mundo se detiene ante mí. Confuso, espero que mi madre ría y diga que se trata de una broma, pero sé que no es así. La sonrisa de tiburón que tiene dibujada me dice que no lo está sugiriendo, ya lo tiene decidido.
—¿Por qué yo?
—Porque es hora de que me demuestres que eres un verdadero Becker y hagas algo de provecho —se levanta y alisa su falda, aunque no tiene ni una sola arruga—.
Espero que vuelvas con los 800.000 dólares del premio, hijo.
Hazme sentir orgullosa de los doce puntos que sufrí cuando me desgarraste al nacer.