WYATT
Me encanta ver cómo el humo se escapa por la ventana y desaparece en menos de un segundo. Ojalá las personas pudiesen también desaparecer de ese modo.
París se ve precioso a estas horas, el cielo oscuro y la ciudad iluminada con esa vitalidad artificial que el ser humano ha creado para su supervivencia.
Es mágico y repugnante a la vez. Nadie diría que hace apenas veinte años, Francia estaba en la ruina y decadencia total.
¿Cómo es posible que los humanos olvidemos tan rápido las desgracias que hemos sufrido?
Qué capacidad tan impresionante tenemos de seguir adelante sin mirar atrás.
Sonrío, alzo la taza de té verde que tengo en mis manos, brindando con mi reflejo en el cristal de la ventana, y doy un sorbo.
El sabor del agua sucia me pone los vellos de punta, pero mi madre dice que debo relajarme.
Ella insiste en que el té verde es bueno para eso y, además, rejuvenece la piel y le da brillo al pelo.
Suena estúpido, ¿verdad? Sin embargo, cuando viene de boca de la dueña de la marca de cosméticos más importante del país y casi de Europa, no suena tan absurdo.
La dama de llaves me sobresalta al saludar a alguien.
No sé qué haría sin ella. Es la que me da el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Solo le falta sacarse un pecho y darme de mamar cuando tengo hambre.
Qué imagen tan desagradable, joder.
—¿Dónde está Wyatt, Delphine? Necesito hablar con él.
¿Hablar conmigo? Mis padres no suelen hacer eso, de hecho, creo que esta semana hemos intercambiado palabra en tres ocasiones.
No me preocupa mucho, sé que esperaban otra cosa cuando nací.
Querían otro hijo como mi hermano: un ser sumiso, dispuesto a abandonar quién es para complacer a los demás.
Y lo siento, muchísimo, pero mi vida ya está demasiado contaminada para hundirla con sus podridos ideales.
«Toc-toc», se oye por el contacto de los nudillos de Delphine en la ruda madera de la puerta. Segundos después, la nariz aguileña, los ojos azules y el cabello color carbón de Delphine se introducen en mi campo visual, sin poder evitarlo.
Alzo la mano para que no malgaste saliva y salgo de mi habitación, introduciendo mis manos en el bolsillo de mi sudadera, que me queda muy grande. Es como una coraza, no sé si me explico. Cuando me la pongo, nada llega a mí, simplemente me pasa rozando.
En el salón, mis padres hablan entre susurros hasta que se percatan de mi presencia. Se tensan durante un instante, luego actúan con total normalidad.
Mi madre abre su boca en lo que pretende ser una sonrisa y me enseña sus dientes blancos nacarados, que casi hacen daño a la vista si no te proteges con unas gafas de sol. La última vez que me sonrió, acabé en un internado dos años porque la prensa quería saber más sobre mí.
Mi padre no se inmuta. Me pasa una mirada altiva y se recoloca el nudo de su corbata. Me gustaría tanto que se ahogase con ella.
—Wyatt, ¿qué tal el día?
—Como todos —respondo cortante—. ¿Cuál es el motivo de poder estar ante vosotros más de diez segundos seguidos?
La sonrisa de mi madre se desvanece y aparece esa vena que se le marca en la frente. Disfruto viéndola envejecer por cada disgusto que ocasiono. Necesito conocer qué hay detrás de esa capa de piel hecha de cremas rejuvenecedoras, colágeno, retinol, Botox y kilos de maquillaje.
—Francia nos ha elegido la familia más importante del país, cielo —y aunque debería ser algo emocionante, no muestra ni pizca de entusiasmo.
—Qué honor.
Mi ironía es advertida por mi padre, provocando que un mechón de pelo se mueva entre tanta gomina.
—Por esta razón, un miembro de nuestra familia tendrá que asistir a un programa de convivencia en Chicago.
—La voz de mi padre resuena por todo el salón, imponente.
La mayoría de nuestros familiares prefieren morir antes de interrumpirle cuando habla—.
Es un proyecto que promueve La Gran Potencia para hacer ver al mundo lo importante que es la unión de todos los países.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Que tú serás el miembro de la familia Leclair que asista al concurso —sentencia mi padre, que sonríe ampliamente al ver el asombro en mi rostro.
De nuevo, se deshacen de mí. Me mandan a miles de kilómetros para representarles.
No entiendo nada. ¿Mi hermano no es mejor representante que yo?
Pero sí, claro que lo entiendo. La mirada de mi madre lo dice todo.
No les importa en qué lugar les deje, lo significativo es que permanezca bien lejos durante un tiempo.