Enamorarse de un vampiro es un caos 37. Celine #3
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37. Celine #3

Se inclina sobre mí, abre el cajón y saca la caja de condones. Todo su cuerpo se desinfla con un suspiro de alivio cuando se da cuenta de que está precintada.

Menudo vampiro tan estúpido, sexy y posesivo.

Abre la caja y saca una tira entera. Coge uno y deja los demás al lado de mi cabeza, dándoles una palmadita.

—Los vamos a necesitar más tarde.

—¿Tan seguro estás de que volveremos a hacerlo? —le provoco.

Gruñe y me muerde el cuello, aunque por ahora sus colmillos han desaparecido.

—Nunca dejaremos de hacerlo, cariño.

Rasga el envoltorio con los dientes y saca el condón antes de ponérselo.

Deslizo los dedos por su pecho hacia el estómago mientras le trazo cada músculo por el camino. Cierra los ojos por detrás de las gafas y le vuelven a aparecer los colmillos.

—Celine —gruñe—, si me sigues tocando así, volveré a quedar en ridículo, y eso no será divertido para ninguno de los dos.

—Lo siento. —Me río y aparto la mano de su piel sedosa.

—Gracias. —Me da un mordisquito en la mandíbula.

Coloca una mano en la base de su polla y la guía hacia mi entrada, pero no la mete, se queda justo ahí.

—¿Zav?

Sus ojos se clavan en los míos y el pelo rojo le cae sobre la frente.

—Lo siento —dice con sinceridad.

—¿Algo va mal? —Le acaricio la mandíbula.

Niega con la cabeza.

—No, es solo que… Sé que estás a punto de arruinarme la vida.

Se introduce en mí, centímetro a centímetro, y me recreo en esa sensación.

—Joder —gime, y me presiona los labios contra el cuello cuando me la mete hasta el fondo—. Celine, este coño es divino.

—¿Zav?

—¿Sí?

—Cállate y fóllame.

Se echa hacia atrás lo suficiente para mirarme a los ojos, y me aprieto alrededor de su polla.

—Tan mandona como siempre. —Sonríe y me aparta el pelo del rostro con delicadeza—. Me gusta.

Suelto un gritito ahogado cuando sale de mí y me penetra con fuerza. Me planta las manos en las caderas para guiarme en cada embestida. La posición en la que me sostiene hace que su pelvis me masajee el clítoris con cada movimiento. La fricción me hace poner los ojos en blanco de puro placer.

—Zav… —Muevo las manos para tratar de aferrarme a algo y mantenerme con los pies en la tierra.

Sus ojos verdes resplandecen por detrás de las gafas.

—Dilo otra vez, cariño. Di mi nombre.

—Zavier —gimo cuando su pulgar encuentra mi clítoris.

—Joder, nunca nadie había pronunciado mi nombre de este modo.

Grito cuando sale de mí, pero en un segundo me pone a cuatro patas y comienza a penetrarme por detrás.

Un grito me rasga la garganta, y los codos se me doblan hasta que termino con el pecho pegado al colchón.

Una de sus manos se curva sobre mi cadera y con la otra me presiona contra la cama.

—Mira cómo me recibes —musita—. Este coño fue hecho para mi polla. Nadie más podrá volver a tenerte. —Embestida—. Nunca. —Embestida—. Más. —Embestida.

Gimo, incapaz de pronunciar ni una palabra. Estoy muy cerca. No creo que tarde mucho en llegar.

La mano que tiene en mi espalda se mueve hasta mi abdomen y después la baja aún más, hasta que sus dedos encuentran mi clítoris y me toca con maestría.

Me corro con un grito y noto cómo me tiemblan las piernas mientras le aprieto la polla en varias oleadas de placer.

Cuando por fin vuelvo en mí, me tumbo de espaldas y me encuentro con Zav, que me sonríe desde arriba.

—Eres tan jodidamente hermosa… —Se inclina de nuevo hacia mí y me pasa la lengua primero por un pezón y luego por el otro, asegurándose de darles la misma atención a los dos.

—Zav… —gimo.

Continúo gritando su nombre cuando vuelve a embestirme. Arqueo la espalda, y me rodea con los brazos para tirar de mí hasta que termino casi sentada en su regazo. Nos miramos de frente.

Le rodeo el cuello con los brazos y tiro de la cadena que descansa en el hueco de su clavícula. Sus labios encuentran los míos y me roba lo que me queda de respiración con ese beso.

Me pone la mano en la mejilla y me la acaricia con el pulgar, dando suaves círculos en ese punto.

—Me tienes completamente loco —confiesa—. No voy a aguantar mucho más.

Le entrelazo los dedos en la nuca.

—Suéltalo —le animo—. Estoy aquí, contigo.

Gime y me vuelve a besar mientras me embiste a un ritmo constante.

Me aferro a sus hombros y me quedo sorprendida cuando me invade otro orgasmo.

Esta vez, Zav también está a punto. Nos aferramos el uno al otro como si la vida nos fuera en ello, como si, de no hacerlo, fuésemos a acabar perdidos en el tiempo y el espacio.

Zav me baja con delicadeza al colchón, y su cuerpo se acerca al mío. No sale de mí al instante. Nos quedamos tumbados en silencio, mientras nuestras respiraciones se acompasan. Creo que nunca había estado tanto tiempo en silencio delante de mí.

Me noto el cuerpo saciado y exhausto, y me cuesta mantener los párpados abiertos. Siento que se aferra a mí como un koala y descansa la cabeza en mi pecho como si mis tetas fueran una almohada.

Empiezo a quedarme dormida, pero me despierto al poco rato, cuando noto que me besa cada parte del cuerpo.

Odio tener que admitirlo, pero podría acostumbrarme a esto.