Enamorándome del papi de mi prometido (Padres prohibidos nº 4) Blair
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Blair

Estoy frente al espejo de nuestro dormitorio, ajustándome el vestido azul medianoche que Jerome me compró.

Esta noche es la Gala del Museo de Charlotte —uno de los eventos sociales más importantes de la ciudad— y el vestido es impresionante.

Elegante sin ser llamativo, caro pero no ostentoso.

Todo lo que Jerome elige para mí refleja su gusto y su forma de entenderme.

O de quién quiere que sea.

El pensamiento me pilla desprevenida. ¿De dónde ha salido eso?

—Estás increíble —dice Jerome detrás de mí, mientras posa las manos en mi cintura. Está devastador con su esmoquin negro, el cabello plateado perfectamente peinado, y desprende la seguridad que dan décadas de éxito.

—Gracias.

Me apoyo en él.

—Estoy nerviosa por lo de esta noche.

—¿Por qué?

—Porque esto es diferente. No es gente de la clase de cocina. Es la alta sociedad de Charlotte: personas que nos conocieron a Bobby y a mí como pareja, personas que tienen opiniones sobre nosotros.

Las manos de Jerome se tensan.

—Que opinen lo que quieran. Ahora estás conmigo.

—Y eso es precisamente de lo que hablarán.

Me giro entre sus brazos.

—Jerome, la diferencia de edad. Cuando estamos solos, no importa. Pero ahí fuera, con todo el mundo mirando...

—¿Te avergüenzas de estar conmigo?

Su voz tiene un filo que reconozco.

—No. Nunca.

La respuesta me sale sin pensar.

—Estoy orgullosa de ser tuya. Pero también soy realista con lo que la gente ve cuando nos mira.

—¿Qué ven?

—Dinero y juventud. Y asumen lo peor de los dos.

Jerome me estudia el rostro.

—¿Y qué quieres que vean?

—La verdad. Que eres increíble. Que viste lo que valgo cuando ni yo misma lo veía. Que lo nuestro es real.

—Pues demuéstraselo.

Jerome me toma el rostro entre las manos.

—Mantén la cabeza bien alta, cógete de mi brazo y enséñales lo que es una mujer de verdad amada.

Su seguridad es embriagadora. Esto es lo que amo de Jerome: su confianza absoluta en nosotros, en nuestro futuro, en su capacidad para afrontar lo que sea.

Pero a veces esa seguridad resulta abrumadora.

—Vamos —dice Jerome, y me ofrece el brazo—. Vamos a enseñarle a Charlotte lo que se está perdiendo.

***

El museo está transformado para la gala. Iluminación suave, arreglos florales, la élite de Charlotte con copas de champán y sonrisas ensayadas. Jerome se mueve entre la multitud como si le perteneciera, cosa que en muchos sentidos es cierta.

La gente lo saluda con respeto genuino. Los hombres le estrechan la mano con deferencia. Las mujeres le sonríen con un interés que se apaga en cuanto me ven de su brazo.

—¡Jerome! ¡Blair!

Katherine Wells se acerca con una sonrisa cálida y me atrae hacia ella en un breve abrazo.

—Estáis los dos absolutamente impresionantes esta noche.

—Katherine, gracias.

Katherine me cae muy bien. Fue una de las pocas personas en la cena de ensayo de Bobby que me trató con verdadera amabilidad, y ver a Jerome feliz parece encantarle.

—Tengo que decir que me alegro mucho de que las cosas salieran como salieron —dice, y baja la voz en tono confidencial—. Esa noche en el club de campo, vi que Jerome estaba completamente cautivado. Y ahora miraos: absolutamente radiantes.

La mano de Jerome se posa en mi espalda mientras se une a nuestra conversación.

—Katherine lleva meses diciéndole a todo el que quiera escuchar que vio venir esto.

—Porque tengo un instinto excelente para estas cosas —ríe Katherine—. Bueno, tengo que ir a buscar a mi marido antes de que se meta en líos en la barra. Blair, ¿me guardas un baile para luego?

—Por supuesto.

Mientras se aleja, Jerome me aprieta la cintura.

—Katherine te adora.

—Es mutuo. No ha sido más que amable conmigo.

—Jerome. —Margaret Hensley se acerca con una sonrisa fría—. Qué sorpresa tan encantadora.

—Margaret.

El saludo de Jerome es educado pero distante.

—Recuerdas a Blair.

La mirada de Margaret me recorre de arriba abajo, cataloga mi vestido, mis joyas, las señales evidentes de la riqueza de Jerome.

—Por supuesto. Blair, estás... bien.

La pausa es deliberada, cargada de juicio.

—Gracias —digo con calma—. Tú también estás muy guapa.

—Le estaba contando a David lo de tu nueva casa en Myers Park —continúa Margaret, hablando con Jerome como si yo no existiera—. Seis habitaciones parece mucho para dos personas.

—No cuando planeas el futuro —responde Jerome con suavidad, y su mano busca mi espalda.

—Ah, sí, el futuro.

La sonrisa de Margaret se afila.

—Qué maravilloso que hayas encontrado a alguien tan... complaciente.

La palabra duele por cómo la dice, como si yo fuera algo que Jerome compró en lugar de elegir.

—Prefiero «complementaria» —digo, y encuentro mi voz—. Jerome y yo nos complementamos a la perfección.

—Estoy segura de que sí, querida.

El tono de Margaret es condescendiente.

—La juventud tiene sus... ventajas.

—La experiencia también tiene las suyas —respondo, cada vez más segura—. Jerome tiene décadas de sabiduría, de éxito, y sabe exactamente lo que quiere. Tengo la suerte de ser lo que él quiere.

Siento la aprobación de Jerome a mi lado, pero Margaret pone cara de haber probado algo amargo.

—Bueno —dice con rigidez—. Qué... refrescante.

Cuando se aleja, Jerome se inclina para murmurarme al oído:

—Bien hecho, cariño.

—Me ha sacado de quicio.

Cojo una copa de champán de un camarero que pasa.

—Cómo me ha hablado, como si fuera una cazafortunas.

—¿Eres una cazafortunas?

—Por supuesto que no.

—Entonces su opinión no importa. —La mano de Jerome se posa en mi cadera—. Lo que importa es lo que sabemos el uno del otro.

La velada continúa con conversaciones educadas que esconden corrientes de juicio, especulación, curiosidad. Algunas personas son sinceramente afectuosas, contentas de ver a Jerome con alguien que claramente lo hace feliz. Otras son menos sutiles en su desaprobación.

Durante la subasta silenciosa, noto a un grupo de mujeres de mi edad observándonos desde el otro lado de la sala. Sus susurros y miradas intencionadas dejan claro que están hablando de nuestra relación.

—Disculpa —le digo a Jerome—. Necesito ir al baño.

—¿Quieres que te acompañe?

—Estoy bien. Solo voy a retocarme.

Pero mientras camino hacia el baño, una de las jóvenes me intercepta.

—Blair, ¿verdad? Soy Ashley Morrison. —Es hermosa con esa elegancia pulida que da la riqueza heredada: cabello rubio perfecto, vestido de diseñador, la seguridad de quien nunca ha tenido que desear nada.

—Encantada de conocerte.

—Tengo que preguntarte —dice Ashley, bajando la voz—. ¿De verdad eres feliz con Jerome St. John? Porque desde fuera, todo esto parece bastante conveniente.

La franqueza me pilla desprevenida.

—¿Conveniente en qué sentido?

—Vamos. Tu compromiso se rompe, no tienes adónde ir, y de repente estás con el hombre más rico de Charlotte. ¿Un hombre con edad para ser tu padre? —La sonrisa de Ashley es afilada—. Es la jugada de siempre.

—No es ninguna jugada. Es amor.

—¿Amor? —Ashley se ríe—. Cariño, hombres como Jerome St. John no se enamoran de chicas como tú. Adquieren cosas. Cosas hermosas, cosas jóvenes, cosas que los hacen sentir poderosos.

—No sabes nada de nuestra relación.

—Conozco la reputación de Jerome. Sé que consigue lo que quiere, cuando lo quiere. Y ahora mismo, quiere a una mujer joven y hermosa que lo haga sentir viril. —Ashley se acerca más—. Pero ¿qué pasa cuando ya no seas joven? ¿Cuando se aburra? ¿Cuando llegue la siguiente chica bonita?

—Eso no va a pasar.

—¿No? Mira a tu alrededor, Blair. La mitad de los hombres aquí han cambiado a sus esposas por modelos más jóvenes. ¿Crees que Jerome es diferente porque te dice que eres especial?

—Sé que es diferente por cómo me trata. Cómo me mira, me habla, cuida de mí.

—Por supuesto que cuida de ti. Eres su última adquisición. Pero las adquisiciones se reemplazan.

—Estás equivocada. —Pero la duda se cuela en mi voz a pesar de mis palabras.

—¿Lo estoy? Dime honestamente: ¿Jerome estaría contigo si tuvieras su edad? ¿Si tuvieras canas y arrugas y la misma experiencia de vida que él?

La pregunta me detiene en seco porque no puedo responderla de inmediato. ¿Jerome me querría si no fuera joven? ¿Si no representara algo fresco y nuevo en su mundo controlado y poderoso?

—Eso pensé —dice Ashley, al notar mi vacilación—. Mira, no digo esto para ser cruel. Ya he visto esta historia. Hombre rico mayor, mujer joven y guapa, todos piensan que es romántico hasta que la realidad se impone.

—¿Qué realidad?

—Que no eres su igual, eres su proyecto. Que no te ama a ti, ama la idea de ti. Joven, agradecida, moldeable. —La voz de Ashley se suaviza ligeramente—. Blair, eres hermosa y pareces dulce. No desperdicies tu juventud en un hombre que te ve como un trofeo.

Se aleja, dejándome paralizada en el pasillo. Sus palabras resuenan en mi mente: Las adquisiciones se reemplazan. Eres su proyecto. Ama la idea de ti.

Llego al baño y me echo agua fría en las muñecas, intentando calmar mi corazón acelerado. En el espejo, veo lo que Ashley ve: una mujer joven con un vestido caro, joyas caras, mantenida por un hombre mayor y rico.

¿Es eso todo lo que soy? ¿La última adquisición de Jerome?

—¿Blair? —La voz familiar de Katherine interrumpe la espiral de mis pensamientos mientras entra en el baño—. ¿Estás bien, querida? Estás pálida.

—Estoy bien. Solo necesitaba un momento.

Katherine estudia mi rostro con ojos amables.

—Alguien dijo algo, ¿verdad? ¿Sobre ti y Jerome?

Asiento, sin confiar en mi voz.

—Déjame adivinar: alguien de tu edad, alguien que no entiende lo que tenéis vosotros dos. —Su tono tiene la calidez protectora que recuerdo de la cena de ensayo de Bobby.

—Algo así.

Katherine se acerca al lavabo junto a mí y se retoca el pintalabios en el espejo.

—¿Sabes? Me río sola pensando en Bobby estos días. Ese chico no tenía ni idea de lo que estaba perdiendo. —Me mira con una sonrisa traviesa—. He oído que ha intentado ponerse en contacto contigo, ¿no?

—Jerome se encarga de eso —digo en voz baja.