Jerome
Veo a Blair desaparecer escaleras arriba para vestirse y me sirvo café con manos que me tiemblan ligeramente. Me ama. Lo dijo dos veces, mirándome directamente a los ojos, y le creo.
Pensaba que entendía el amor. Estuve casado, tuve lo que creía que era una buena relación con mi exmujer. Pero lo que siento por Blair es completamente diferente. Más intenso, más arrollador.
Acaba de decirme que quiere construir una vida conmigo. Lo responsable sería darle espacio para que descubra lo que realmente quiere. Pero la parte egoísta de mí, la que la ha estado deseando, quiere hacerla mía antes de que cambie de opinión.
De ahí el cortejo. Si Blair cree que me ama ahora, voy a mostrarle lo que significa ser adorada por un hombre con los recursos para venerarla como se merece.
La idea de mimarla, de ver su placer cuando le regalo cosas hermosas, hace que se me ponga dura la polla. Quiero colmarla de regalos y luego quitárselos pieza por pieza.
Mi teléfono vibra. Neilson: Informes matutinos en tu escritorio. Acuerdo Henderson cerrado. La financiación de Morrison se cayó, como esperábamos.
Respondo: Despeja mi agenda. Estaré fuera con Blair.
Sin escolta de seguridad. Pero asegúrate de que no nos sigan fotógrafos.
Entendido.
Más tarde, Blair emerge con un vestido azul marino que abraza sus curvas y tacones que hacen que sus piernas parezcan interminables. Lleva el cabello oscuro peinado en ondas suaves y el maquillaje justo para lucir impecable. Está sofisticada y hermosa, y soy muy consciente de cuánto la deseo.
—Preciosa —digo—. Absolutamente deslumbrante.
—Gracias.
Da una pequeña vuelta.
—¿Es apropiado para lo que tienes planeado?
—Perfecto. Aunque podrías llevar cualquier cosa y seguirías siendo la mujer más hermosa adonde fuéramos.
La sonrisa de Blair le ilumina todo el rostro.
—Con esos halagos conseguirás lo que quieras, Sr. St. John.
—Eso espero, señorita Matthews.
Le ofrezco el brazo y caminamos juntos hacia mi coche. El simple contacto de su mano me recorre con una oleada de calor, y tengo que contenerme para no acercarla más.
—¿Adónde vamos primero? —pregunta Blair mientras le abro la puerta.
—De compras. Necesitas ropa acorde a la vida que quiero darte.
—Jerome, no puedo dejar que me compres cosas caras...
—Puedes y lo harás.
Me acomodo en el asiento del conductor.
—Blair, vas a formar parte de mi mundo. Eso significa galas benéficas, cenas de negocios, eventos sociales donde la apariencia importa. Necesitas el vestuario adecuado.
—Pero la gente dirá...
—La gente dirá que un hombre que aprecia lo que vales cuida bien de ti.
Le cojo la mano y se la aprieto.
—Déjame mimarte. Hace mucho que no tengo a nadie a quien mimar.
Blair juguetea con la correa del bolso durante el trayecto, mirando por la ventanilla como si memorizara el camino de vuelta a casa.
—¿Dudas? —pregunto.
—No sobre ti. Sobre hacerlo público.
Señala el espacio entre nosotros.
—La gente nos va a mirar.
—Sí, lo harán. Porque eres preciosa y porque estás conmigo.
Aparco detrás de la boutique más exclusiva de Charlotte.
—La pregunta es: ¿te importa más lo que piensen que lo que tú quieres?
Blair lo medita.
—Lo que quiero es estar contigo. Todo lo demás es ruido de fondo.
—Exacto.
La boutique, Evangeline's, atiende a la élite social de Charlotte. He llamado antes, y nos recibe la propia dueña.
—Sr. St. John —dice Evangeline Pierce con calidez—. Qué placer. Y esta debe de ser Blair.
Blair me mira, sorprendida de que haya mencionado su nombre.
—Encantada.
—Evangeline, Blair necesita un guardarropa completo. Ropa de día, de noche, vestidos de cóctel... todo lo que necesitaría una mujer de mi círculo social.
Me acomodo en el cómodo sillón reservado para los acompañantes.
—Calidad y elegancia son las prioridades.
—Por supuesto. Blair, tienes unos rasgos maravillosos. Encontraremos piezas que realcen tu belleza natural.
El ojo experto de Evangeline evalúa las medidas de Blair.
—¿Empezamos con ropa de día?
Durante un buen rato, observo a Blair desfilar con conjunto tras conjunto. Cada vez que sale del probador, se me corta la respiración. La ropa cara la transforma, pero más que eso, veo cómo crece su confianza con cada prenda.
Más que eso, me imagino quitándole cada prenda. La blusa de seda deslizándose por sus hombros. El vestido burdeos cayendo a sus pies. La chaqueta del traje azul marino abriéndose para revelar lo que hay debajo.
Joder, me estoy empalmando viéndola comprar.
Una blusa de seda color crema que hace resplandecer su piel. Un vestido de cóctel burdeos que se ciñe a cada curva. Un traje azul marino que la hace parecer capaz de dirigir una empresa.
—Esto es demasiado —murmura Blair en una de las idas al probador.
—No es ni de lejos suficiente.
Me levanto y me acerco para que solo ella pueda oírme.
—Mereces cosas hermosas, Blair. Mereces sentirte tan deslumbrante como estás.
Lo que no digo es que quiero comprárselo todo para ser yo quien se lo quite después.
—Pero el coste...
—El coste es irrelevante. Tú no.
Le aparto un mechón de pelo de la cara.
—Déjame hacer esto por ti. Déjame mostrarte cómo mereces que te traten.
Cuando sale con un vestido de noche azul medianoche que la hace parecer una diosa, tomo una decisión.
—Nos llevamos todo lo que se ha probado —le digo a Evangeline.
Blair abre los ojos de par en par.
—Jerome, eso es una locura. No necesito...
—Lo necesitas todo. Y estás increíble con todo. —Me coloco detrás de ella mientras se mira en el espejo de tres lunas—. Mírate, cariño. Mírate bien.
Contempla su reflejo: el elegante vestido, el color que realza sus ojos, el corte que estiliza su figura.
—Estoy...
—Preciosa. Sofisticada. Como una mujer hecha para ir del brazo de un hombre de éxito. —Mis manos se posan en sus hombros—. Como mi mujer.
El tono posesivo la hace estremecerse.
—Tu mujer.
—Mi mujer. La mujer a la que voy a mimar, proteger y adorar mientras me dejes.
Detrás de nosotros, Evangeline carraspea con discreción.
—¿Preparo todo para el envío?
—Por favor. Y añada zapatos, bolsos, los accesorios que necesite.
—Jerome —empieza Blair, pero la silencio con una mirada.
—Esto no es negociable. Ahora me corresponde a mí cuidar de ti.
Nuestra siguiente parada es la joyería. El dueño nos recibe con auténtica cordialidad.
—¡Sr. St. John! Y esta debe de ser Blair. ¿En qué puedo ayudarles hoy?
—Blair necesita joyas que complementen su nuevo guardarropa. Piezas elegantes, nada llamativo.
Trae bandejas de collares, pulseras, pendientes, todos exquisitos, todos perfectos para Blair.
—Pruébate esto —digo, levantando un delicado collar de oro con un único colgante de diamante. Se lo abrocho en el cuello, y mis dedos rozan la piel sensible de su nuca. Blair se estremece con el contacto.
El impulso de posar mis labios en ese punto exacto, de saborear su piel mientras lleva mis diamantes, resulta casi irresistible.
—Es precioso —susurra, tocando el colgante.
—Te queda perfecto. Nos lo llevamos.
—Jerome...
—Y los pendientes a juego.
Para cuando salimos de la joyería, le he comprado a Blair una pequeña fortuna en joyas. Pero ver cómo se le transforma el rostro cada vez que se ve con algo hermoso... merece la pena hasta el último céntimo.
—Almuerzo —anuncio—. Te llevo a un lugar especial.
El restaurante es uno de los mejores de Charlotte, del tipo que requiere reservas con mucha antelación. Pero el maître nos sienta inmediatamente en la mejor mesa, con vistas a la ciudad.
—Su mesa habitual, Sr. St. John —dice respetuosamente.
Durante el almuerzo, observo a Blair probar con cuidado el vino que he elegido. Sus ojos se iluminan con auténtico deleite.
Cómo se le entreabren los labios en el borde de la copa, el pequeño gemido de placer que escapa cuando prueba algo exquisito. Todo lo que hace me provoca unas ganas irrefrenables de corromper esa inocencia, de mostrarle placeres que jamás ha imaginado.
—Esto es increíble —dice—. No tenía ni idea de que el vino pudiera ser así.
—Hay muchas cosas que aún no has experimentado.
—¿Cuánto cuesta una botella como esta? —pregunta, bajando la voz.
—¿Importa? Mereces las cosas más refinadas de la vida, Blair.
—Es que resulta abrumador. La ropa, las joyas, ahora este restaurante. Me siento como si estuviera viviendo la vida de otra persona.
—Lo estás. Estás en la mía. —Extiendo la mano para cubrir la suya—. Así es mi vida, cariño. Y quiero compartirla contigo.
—¿Qué pensaba Bobby de todo esto?
—Bobby lo daba por sentado. Nació rodeado de riqueza, nunca apreció lo que significaba ganársela. —Estudio su rostro—. Tú no eres Bobby. Entiendes el valor de las cosas, el esfuerzo que cuesta construir algo. Por eso mereces disfrutarlo.
***
Después del almuerzo, la llevo a ver algunas obras de arte que estoy pensando en adquirir. Pasamos un rato comentando las piezas, y me sorprende su ojo natural para la belleza, sus preguntas tan reflexivas.
—Gracias —dice mientras regresamos a casa—. Por hoy, por todo. Siento que he aprendido mucho.
—Eres naturalmente sofisticada, Blair. Solo necesitabas el entorno adecuado.
—¿Y el maestro adecuado?
—El hombre adecuado que quiere mostrarte todo.
De vuelta en casa, Blair desaparece arriba para probarse algunas de sus nuevas compras mientras yo me sirvo un whisky y repaso el día. Todo salió a la perfección. Blair se veía cómoda, elegante, interesada. Encaja en mi mundo.
Más importante aún, quiere estar en mi mundo.
—¿Jerome? —Su voz llega desde lo alto de las escaleras.
Levanto la vista y la veo con uno de los vestidos de hoy: un sencillo vestido negro entallado que consigue ser elegante y sexy a la vez. Lleva el pelo suelto sobre los hombros y el collar de diamantes que le compré.
—Deslumbrante —digo con sinceridad.
Baja las escaleras lentamente, con gracia.
—Quería darte las gracias como es debido.
—¿Por qué?
—Por hoy. Por enseñarme lo que es sentirse valorada. —Se detiene frente a mí, lo bastante cerca como para que pueda oler su perfume—. Por hacerme sentir que merezco cosas hermosas.
—Mereces cosas hermosas. Lo mereces todo. —Dejo el whisky y poso las manos en su cintura—. ¿Cómo te sientes?
—Diferente. Como si me estuviera convirtiendo en alguien que nunca supe que podía ser. —Me mira con confianza, deseo y amor—. Alguien digna de la atención de Jerome St. John.
—Blair... —empiezo, pero ella me pone un dedo en los labios.
—Sé que quieres tomarte esto con calma. Sé que crees que necesito tiempo para estar segura. —Su dedo recorre mi labio inferior—. Pero nunca he estado más segura de nada.
—Cariño...
—Bésame, Jerome. Por favor. Llevo todo el día pensando en eso.
La contemplo: esta mujer hermosa que me ha entregado su corazón, que me mira como si yo fuera todo lo que siempre ha deseado.
—Un beso —digo con voz ronca—. Solo uno.
—Solo uno —acepta ella.
Pero cuando inclino la cabeza y atrapo sus labios, cuando se abandona contra mí con un suave suspiro, sé que un beso nunca será suficiente.
Un beso lleva a otro, y a otro más, hasta que ambos jadeamos y mi control pende de un hilo.
Mientras avanzamos hacia las escaleras, suena mi teléfono. El tono de emergencia, el que indica asuntos que no puedo ignorar.
Considero dejarlo sonar. Pero entonces veo quién llama: mi abogado, en fin de semana y por la noche.
—Tengo que contestar —digo a regañadientes, apartándome de Blair.
—Jerome —la voz de Richard suena tensa—. Tenemos un problema. Bobby anda amenazando con impugnar su fondo fiduciario, alegando que has manipulado a Blair para vengarte de él.
Se me hiela la sangre.
—¿Qué está diciendo exactamente?
—Está hablando con abogados para presentar quejas, describiéndote como un depredador que se aprovechó de una joven vulnerable —Richard hace una pausa—. Es absurdo, pero podría ponerse feo.
Miro a Blair, que me observa cada vez más preocupada.
—¿Cómo de feo?
—Investigaciones. Mala publicidad. Preguntas sobre tus prácticas comerciales —Richard baja la voz—. Jerome, si hay algo de verdad en sus acusaciones...
—No la hay —las palabras me salen más cortantes de lo que pretendía—. Bobby busca con qué presionarme.
—Entonces tienes que cuidar las apariencias. Salir con la exprometida de tu hijo tan poco después de su ruptura le da argumentos.
Cuando cuelgo, Blair sigue mirándome.
—¿Qué pasaba?
Me planteo mentirle, protegerla del último ataque de Bobby. Pero merece la verdad.
—Bobby amenaza con acciones legales. Intenta presentarme como un depredador que se aprovechó de ti.
Blair palidece.
—¿Qué tipo de acciones legales?
—Quejas pensadas para dañar mi reputación, para interferir en mis negocios. Quiere que me aleje de ti.
Blair guarda silencio un largo momento.
—¿Qué vas a hacer?
La pregunta queda flotando entre nosotros. ¿Plantar cara a las amenazas de Bobby y arrastrar a Blair por una batalla pública y caótica? ¿O dar un paso atrás y dejarla construir una vida sin las complicaciones de estar conmigo?
—Voy a protegerte —digo al fin—. Cueste lo que cueste.
Aunque eso signifique protegerla de mí mismo.
Pero al mirar a Blair con ese vestido negro, con mis diamantes puestos, después de pasar el día mostrándole la vida que podríamos construir juntos... no sé si tendré fuerzas para dejarla marchar.
—Jerome —dice Blair con suavidad, acercándose—. No necesito que me protejas de ti. Necesito que me protejas a tu lado.
—Cariño...
—Sea lo que sea que Bobby esté tramando, lo afrontaremos juntos. No pienso irme a ninguna parte.
La certeza en su voz me oprime el pecho.
—No sabes en lo que te estás metiendo.
—Pues explícamelo. Pero no tomes decisiones por mí —la voz de Blair es firme—. Puedo con lo que venga.
La miro a los ojos, veo la fuerza que hay en ellos junto con el amor, y tomo mi decisión.
¿Bobby quiere pelea? La tendrá. Pero no me va a quitar a Blair. Ni ahora ni nunca.
—Pero antes —digo, atrayéndola hacia mí—, creo que estaba a punto de enseñarte el piso de arriba.
La sonrisa de Blair es radiante.
—Eso creo, sí.
Mientras nos dirigimos hacia las escaleras, me recuerdo que debo llamar a mi abogado el lunes a primera hora. Si Bobby quiere jugar sucio, está a punto de descubrir que Jerome St. John no construyó un imperio huyendo de las peleas.
Y nunca he tenido tanto por lo que luchar como ahora.