Keira #2
Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada ante algo que me resulta tremendamente vergonzoso.
—No lo sé. Los chicos de mi edad van tan acelerados, tan obsesionados con llegar al final que se olvidan de todo lo demás.
Y yo necesito más que eso. Necesito a alguien que entienda que no se trata solo de lo físico.
Se trata de sentirse deseada. Querida. Como si alguien te viera de verdad y quisiera tomarse su tiempo contigo.
—Keira.
Mi nombre suena distinto en su boca, más ronco.
—Sé que es patético. Una virgen de veintitrés años en la era de Tinder y los rollos de una noche.
—No es patético.
Su mano encuentra la mía sobre la barra, sus dedos se entrelazan con los míos de forma íntima pero no inapropiada.
Sin embargo, la manera en que me mira es como si me estuviera leyendo el pensamiento.
Como si viera cada fantasía que he tenido sobre hombres mayores, sobre la experiencia, sobre cómo sería estar con alguien que sabe exactamente lo que hace; y ese contacto sí que cruza la línea de lo apropiado.
—Significa que sabes lo que quieres.
—¿Lo sé?
Me giro en el taburete para quedar frente a él, nuestras rodillas casi rozándose.
—Porque ahora mismo, lo que quiero es bastante complicado.
—¿Qué quieres, Keira?
La forma en que pronuncia mi nombre, grave y deliberada, me provoca una oleada de calor entre los muslos. Nunca había sentido una atracción tan instantánea, tan abrumadora. Es aterrador y excitante a la vez, y me hace querer hacer cosas para las que nunca he tenido valor.
—Quiero sentir algo que sea solo mío
—admito—.
Algo que no tenga nada que ver con la familia ni con las expectativas ni con ser la buena hija que siempre toma decisiones seguras.
El pulgar de Cole traza círculos en el dorso de mi mano, y ese simple contacto me está volviendo loca.
—Probablemente deberías volver a tu habitación.
—¿Y si no quiero?
—¿Y si te arrepientes por la mañana?
—¿Y si me arrepiento de no haber aprovechado la oportunidad?
Me inclino más hacia él, lo suficiente para oler su colonia y ver cómo se le han dilatado las pupilas.
—Cole, me he pasado toda la vida siendo prudente.
Siendo responsable. Haciendo lo que se esperaba de mí.
¿Y adónde me ha llevado? Tengo veintitrés años, nunca he tenido un orgasmo con otra persona, y estoy a punto de ganar una familia política porque me dio demasiado miedo decirle a mi padre lo que pensaba de verdad sobre que rehiciese su vida.
—¿Un orgasmo con otra persona?
Su voz suena tensa, y puedo ver el momento exacto en que empieza a perder el control.
Me arde la cara, pero no aparto la mirada.
—Sé cómo satisfacerme yo sola. Pero estar con otra persona... nunca he querido un rollo de una noche. Nunca me he sentido lo bastante segura para soltarme. Nunca he confiado en nadie lo suficiente para mostrarme tan vulnerable.
—¿Y crees que podrías confiar en mí?
Hay algo vulnerable en su pregunta, como si mi respuesta importara más de lo que debería.
—Sí.
La palabra sale sin vacilación, sorprendiéndonos a los dos.
—No sé por qué, pero sí.
Cole guarda silencio durante un largo momento, con el pulgar todavía trazando patrones en mi mano.
Ese simple contacto me hace hiperconsciente de cada punto donde nuestros cuerpos no se tocan pero podrían hacerlo.
Puedo ver la batalla que se libra en su mirada: el deseo luchando contra la conciencia, lo que quiere contra lo que probablemente sea lo correcto.
—Te doblo la edad —dice al fin.
—¿Y qué?
—Estás aquí para la boda de tu padre. Estás pasando por mucho en este momento. No estás pensando con claridad.
—Estoy pensando con más claridad que en meses.
—Levanto la mano libre y recorro con los dedos la línea de su mandíbula.
Se tensa bajo mi caricia, pero no se aparta—.
Cole, ya no quiero ir con cuidado. No quiero seguir preguntándome qué me estoy perdiendo.
Quiero saber qué se siente cuando te desea alguien que sabe lo que hace.
Su control se tambalea visiblemente. Levanta la mano libre para acariciarme la mejilla y me roza el labio inferior con el pulgar en una caricia tan suave que me duele. —No tienes ni idea de lo que me estás pidiendo.
—Entonces enséñamelo.
Durante un instante, ninguno de los dos se mueve. El aire entre nosotros crepita de tensión, cargado de posibilidades y del peso de una decisión que lo cambiará todo. Entonces el autocontrol de Cole se quiebra.
Le hace una señal al camarero, deja dinero sobre la barra y se levanta. —Habitación 412. Dame diez minutos y sube.
—¿Por qué diez minutos?
Su sonrisa es puro pecado, el tipo de expresión que promete cosas con las que solo he fantaseado. —Porque si me sigues ahora, no llegaré al ascensor sin ponerte las manos encima. Y tu primera vez merece algo mejor que acabar contra la pared de un pasillo.
El calor se concentra en mi bajo vientre ante sus palabras, ante la promesa en su voz y cómo dice «tu primera vez» como si fuera algo especial.
Lo observo alejarse, admirando su paso seguro y cómo le quedan los pantalones en el trasero, y empiezo a contar los que podrían ser los diez minutos más largos de mi vida.
Pido un vaso de agua y lo bebo despacio, intentando calmar el corazón desbocado. Deseo a Cole. Esto no es un error de borrachera ni una decisión impulsiva alimentada por el alcohol. Soy yo, completamente sobria y lúcida, decidiendo coger lo que quiero por una vez en la vida.
Pero quizá ese sea exactamente el problema. Quizá he estado tan centrada en hacer lo correcto, en ser la hija buena, en tomar decisiones seguras, que he olvidado cómo desear algo solo para mí.
Y deseo a Cole. Quiero saber qué se siente cuando te toca alguien con la confianza suficiente para tomarse su tiempo, con la experiencia suficiente para saber cómo hacerte sentir bien. Quiero dejar de temerle a mi propio deseo.
Cuando pasan los diez minutos, cojo el ascensor hasta la cuarta planta. El pasillo está en silencio, iluminado por apliques que lo bañan todo en un ámbar cálido. La habitación 412 está al fondo, y cuando llamo, me tiemblan las manos.
Cole abre la puerta casi de inmediato, como si hubiera estado esperando justo al otro lado.
Se ha quitado la camiseta del todo, y deja a la vista un torso más ancho de lo que imaginaba, definido pero sin exceso de músculo.
Tiene vello canoso esparcido por el esternón, y los tatuajes le continúan por los hombros y le bajan por el pecho: una manga completa que cuenta una historia que quiero recorrer con las yemas de los dedos.
—¿Estás segura de esto? —pregunta, apartándose para dejarme pasar.
Cruzo el umbral y la puerta se cierra tras de mí con un clic suave. La habitación es más grande que la mía, con ventanales que van del suelo al techo y dan al océano. La luz de la luna se derrama sobre la cama de matrimonio, y de pronto me golpea la magnitud de lo que estoy a punto de hacer.
De verdad voy a hacer esto. Voy a perder la virginidad con un hombre cuyo apellido ni siquiera conozco, en una habitación de hotel en México, la noche antes de la boda de mi padre.
Debería sentirse mal. Imprudente. Estúpida.
En cambio, se siente como lo primero acertado que he hecho en años.
—Estoy segura —digo, girándome hacia él—. La verdad es que no sé lo que hago.
Cole avanza hacia mí despacio, dándome tiempo de sobra para cambiar de opinión.
Pero no quiero cambiar de opinión. Lo deseo más de lo que he deseado nada en mi vida.
Cuando llega hasta mí, me enmarca el rostro con las manos y me acaricia los pómulos con los pulgares.
—Iremos despacio. Si quieres parar en cualquier momento, solo dímelo.
—¿Y si no quiero parar?
—Entonces no pararemos. —Su voz suena ronca, cargada de promesas—. Pero esto va de ti, Keira. De lo que tú quieres, de lo que te haga sentir bien. Sin prisas, sin expectativas. Solo nosotros.
Y entonces me besa, y todos los pensamientos se callan.