Khloe
Me despierto comprometida.
El pensamiento me asalta antes de abrir los ojos, y no puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mi rostro. Voy a casarme con Lance Van Baars. El hombre más increíble que he conocido me ha pedido que pase el resto de mi vida con él, y le he dicho que sí.
Levanto la mano izquierda para atrapar la luz de la mañana que entra por las ventanas del dormitorio. El diamante centellea como estrellas atrapadas, y todavía no puedo creer que sea real.
—Buenos días, mi hermosa prometida —la voz de Lance resuena junto a mi oído mientras me estrecha por la cintura.
—Mmm. Me gusta cómo suena eso.
—¿Qué parte? ¿Hermosa o prometida?
—Las dos. Pero sobre todo prometida.
Me cubre de suaves besos el hombro, el cuello, ese punto sensible detrás de la oreja que me hace estremecer.
—¿Algún arrepentimiento ahora que ha amanecido?
—Solo que tengamos que esperar para casarnos de verdad.
—No tenemos que esperar mucho. Estaba pensando en el mes que viene.
Me vuelvo entre sus brazos para mirarlo a la cara.
—¿El mes que viene? Es muy pronto.
—¿Demasiado pronto?
—No, es solo que... ¿a qué viene tanta prisa?
Algo cruza fugaz por su expresión, tan rápido que casi no lo capto.
—Porque no quiero esperar para poder llamarte esposa mía. Porque quiero que empecemos nuestra vida juntos cuanto antes.
Sus palabras románticas me hacen revolotear el corazón, pero hay algo en su voz que me dice que hay más.
—Lance, ¿va todo bien?
—Todo está perfecto. Estamos comprometidos, enamorados, construyendo un futuro juntos. ¿Qué podría ir mal?
Está evadiendo el tema, pero antes de que pueda insistir, me besa con tal intensidad que me hace olvidar hasta mi nombre. Su boca devora la mía con urgencia desesperada, como si quisiera reclamarme de nuevo.
—Lance —susurro contra sus labios cuando nos separamos.
—Te necesito —dice con voz ronca mientras sus manos ya recorren mi cuerpo—. Te necesito tanto que me estoy volviendo loco.
—Pues tómame.
—Todavía no. No hasta que seas mi esposa. Pero, Dios, Khloe, me estoy volviendo loco de tanto desearte.
Su confesión hace que el calor se acumule entre mis piernas. La forma en que me mira, como si quisiera devorarme pero se contuviera a base de pura fuerza de voluntad, me hace sentir poderosa y deseada.
—¿Qué podemos hacer? —susurro.
—Déjame tocarte. Déjame darte placer mientras me alivio.
Asiento, ya sin aliento de la anticipación. Las manos de Lance se deslizan por mis muslos, subiendo la camisa suya que llevo puesta hasta dejar mi piel al descubierto.
—Date la vuelta, nena —dice con voz ronca por el esfuerzo de contenerse—. Boca abajo.
Hago lo que me pide y me acomodo boca abajo con la cara girada hacia un lado. Me siento expuesta y vulnerable, pero de la forma más deliciosa, mientras sus manos me acarician la espalda, la curva del trasero.
—Qué hermosa eres —murmura mientras se coloca detrás de mí—. Junta las piernas, cariño. Bien apretadas.
Aprieto los muslos mientras lo siento acomodarse entre ellos, su miembro duro deslizándose contra mi humedad sin penetrarme. Sus manos me agarran las caderas y me mantienen firme.
—¿Lo sientes? —pregunta, con la respiración ya más agitada mientras se mece contra mí lentamente—. ¿Sientes lo duro que me pones?
—Sí —jadeo ante la fricción, ante cómo su grosor se desliza entre los muslos cerrados, tan cerca de donde lo deseo con desesperación.
Me aprieta el trasero con más fuerza mientras empuja con más firmeza, y lo siento rozar la entrada con cada embestida. Tan cerca. Tan tentadoramente cerca.
De repente, su otra mano me presiona la nuca y me hunde la cara en la almohada en un gesto de pura dominación que me arranca un gemido contra la tela.
—Quédate quieta —ordena con voz áspera mientras sus caderas embisten hacia delante con más fuerza—. Deja que papi te use así.
—Por favor —gimoteo contra la almohada, con la voz amortiguada—. Lance, por favor, te necesito dentro de mí.
—Todavía no, nena —dice entre dientes, embistiendo entre los muslos con intensidad desesperada. La mano en mi cabeza me mantiene inmovilizada mientras la otra me agarra el trasero con tanta fuerza que sé que dejará marcas—. No hasta que seas mi esposa.
—Úsame —suplico sin vergüenza, intentando empujarme hacia atrás contra él pese a su agarre—. Por favor, papi, úsame como quieras. Soy tuya.
Gime ante mis palabras y su ritmo se vuelve más frenético, más posesivo. Noto lo cerca que está de perder el control, la fuerza de voluntad que le cuesta no tomar lo que ambos queremos.
—Me estás matando —dice sin aliento, con la voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. ¿Sabes lo fácil que sería? ¿Cuánto deseo simplemente hundirme en ti y reclamarte ahora mismo?
—Pues hazlo —suplico desesperada—. Úsame, Lance. Quiero que me uses.
Me agarra el pelo con más fuerza, hundiéndome la cara en la almohada mientras sus caderas embisten frenéticamente entre los muslos.
—Cuando seas mi esposa —continúa con voz ronca, luchando contra su propio deseo—, voy a tomarte justo así. Pero estaré dentro de ti, reclamándote como es debido, llenándote con mis hijos.
—Oh, Dios —gimo ante la nueva sensación.
—¿Lo sientes? —pregunta, con la respiración cada vez más agitada—. ¿Sientes lo duro que me pones? ¿Cuánto deseo estar dentro de ti?
—Sí —jadeo. La combinación de su muslo contra el clítoris y su miembro deslizándose entre las piernas me lleva al límite.
—Cuando seas mi esposa —continúa, con esa voz grave que me hace estremecer—, voy a hacerte mía como corresponde. Voy a llenarte y dejarte preñada hasta que tu vientre se hinche con mi hijo.
Sus palabras me empujan al límite. Me corro con un grito, el cuerpo contraído y palpitante mientras oleadas de placer me recorren. Lance me sigue segundos después, gimiendo al derramarse entre mis muslos, marcándome con su esencia.
—Pronto —promete contra mi cuello mientras ambos recuperamos el aliento—. Muy pronto serás mi esposa, y te daré todo lo que necesites.
—No puedo esperar —le susurro, y lo digo de verdad.
Más tarde, durante el desayuno, no puedo dejar de mirar mi anillo. Atrapa la luz con cada movimiento de la mano y brilla como si compitiera con el sol.
—Debería llamar a mis padres —digo—. Contarles la noticia.
—Por supuesto. ¿Quieres que hable con ellos? ¿Que les pida su bendición formalmente?
El gesto tan tradicional me hace sonreír.
—Les vas a encantar. Aunque puede que se sorprendan un poco por lo rápido que va todo.
—¿Porque vamos muy rápido?
—Porque me llevas veinticinco años y tienes más dinero del que ellos han visto en toda su vida.
Lance deja la taza de café.
—¿Te preocupa eso? ¿Lo que piense la gente?
—Un poco. Pero no tanto como para cambiar de opinión sobre casarme contigo.
—Bien. Porque me da igual lo que piense nadie mientras tú seas feliz.
—Soy feliz. Ridícula e imposiblemente feliz.
Después del desayuno, me dirijo al campus para la reunión con mi directora de tesis. Prácticamente voy flotando mientras cruzo el patio, y me sorprendo admirando el anillo cada dos por tres. La profesora Martínez va a alucinar cuando lo vea.
Pero al acercarme al edificio de educación, algo no va bien. Tengo la sensación de que alguien me observa, y se me eriza el vello de la nuca.
Echo un vistazo al patio, y entonces lo veo.
Danny.
Está sentado en un banco cerca de la biblioteca, y cuando nuestras miradas se cruzan, se levanta y echa a andar hacia mí. Mi primer instinto es salir corriendo, pero algo en su postura me detiene. No parece enfadado, como esperaba. Parece desesperado.
—Khloe —dice al alcanzarme—. Tenemos que hablar.
—No creo que sea buena idea, Danny.
—Por favor. Solo cinco minutos. Hay algo que tengo que decirte.
Aunque sé que no debería, me detengo.
—¿Qué quieres?
—Sé con quién estás saliendo.
Se me hiela la sangre.
—No sé de qué me hablas.
—Venga ya, Khloe. La ropa cara, las flores, el hecho de que vivas como una princesa cuando hace un mes comías ramen. Alguien con mucha pasta te está consintiendo.
El corazón se me acelera, pero me obligo a mantener la voz calmada.
—Aunque fuera cierto, no es asunto tuyo.
—En realidad, sí lo es. Porque creo que sé quién es.
—Danny...
—Mi padre.
Las palabras me golpean como un puñetazo. Por un momento, no puedo respirar, no puedo pensar, no puedo hacer otra cosa que mirarlo fijamente.
—Estás loco —consigo decir al fin.
—¿Ah, sí? Las fechas cuadran, Khloe. Rompiste conmigo justo después de que él cenara contigo. Has sido muy hermética sobre con quién sales. Y mi padre lleva un tiempo comportándose de forma distinta, más feliz.
—Eso no significa nada.
—Además, me cortó el grifo en cuanto empecé a hacer preguntas sobre ti. Me quitó la paga, las tarjetas de crédito, todo. Eso no es casualidad.
La voz de Danny se endurece.
—¿Te estás tirando a mi padre, Khloe?
—No pienso tener esta conversación contigo.
Echo a andar, pero él me agarra del brazo. No con fuerza suficiente para hacerme daño, pero sí para detenerme.
—Necesito dinero, Khloe.
El cambio de tema tan brusco me descoloca.
—¿Qué?
—Mi padre me ha cortado el grifo. Del todo. No puedo pagar el alquiler, tengo las tarjetas al límite, están a punto de embargarme el coche. En una semana me quedo en la calle.
Lo miro fijamente, intentando asimilar lo que dice.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
—Porque sé que estás con él. Todavía no tengo pruebas, pero lo sé. Y si estoy en lo cierto, vosotros dos me debéis una.
—¿Deberte qué?
—Una compensación. Por arruinarme la vida. Por robarme a mi novia y luego destrozar mi relación con mi padre.
No me puedo creer lo que estoy oyendo.
—¿Quieres que te paguemos?
—Quiero lo que es justo. Mi padre vale millones, y tú vas a quedarte con todo eso. Lo mínimo que podéis hacer es echarme una mano.
—Esto es de locos, Danny. Aunque estuviera saliendo con tu padre, que no digo que sea así, ¿por qué íbamos a deberte nada?
—Porque si no me pagáis, lo haré público. Le contaré a todo el mundo que Lance Van Baars le robó la novia a su propio hijo. Venderé la historia a la revista del corazón que más me pague.
La amenaza me hiela la sangre.
—No serías capaz.