Khloe
Ha pasado una semana desde que Danny y yo «nos tomamos un descanso», y nunca me he sentido más viva.
Las flores empezaron el lunes por la mañana. Una sola peonía blanca en mi puerta con una nota con la letra de Lance: Pensando en ti. - L
El martes llegó el almuerzo. Un mensaje sencillo preguntando si estaba libre, seguido del sushi más increíble que he probado en mi vida, en un restaurante donde los camareros conocían a Lance por su nombre.
Me escuchó hablar de mi trabajo voluntario durante dos horas como si fuera lo más fascinante que había oído en su vida.
El miércoles tocó café. No un café cualquiera, sino una mezcla ridículamente cara que me trajeron a mi lugar de estudio habitual. Lance apareció diez minutos después con pasteles de una pastelería francesa y se sentó frente a mí como si aquel fuera su sitio.
El jueves volvieron las flores. Esta vez, una docena de rosas con una nota que me hizo temblar las manos: Eres más hermosa cada vez que te veo. - L
El viernes ya estaba mirando el móvil cada dos por tres, esperando su próximo mensaje, su próxima sorpresa, su próxima manera de hacerme sentir la mujer más importante del mundo.
—Venga, desembucha —dice Jess, dejándose caer en el asiento frente a mí en nuestra cafetería de siempre—. ¿Quién es?
Levanto la vista del móvil, donde llevo un rato mirando el último mensaje de Lance: ¿Cena esta noche? Tengo algo especial planeado.
—¿Quién es quién?
—El tío que te hace brillar. El tío que te manda flores. El tío que te tiene sonriendo mirando el móvil.
Se me enciende la cara.
—No sé de qué me hablas.
—Khloe —Jess se inclina hacia delante y baja la voz hasta un susurro—. No me mientas. Llevas toda la semana en una nube. Te pones pintalabios para ir a estudiar.
No puedo negarlo. Esta semana ha sido como vivir un cuento de hadas. Lance me hace sentir guapa, importante, deseada de maneras que ni sabía que existían. Cada mensaje suyo me acelera el corazón. Cada sorpresa me enamora un poco más.
—Es complicado —digo al fin.
—¿Complicado cómo? ¿Estás saliendo con alguien mientras os dais un tiempo con Danny?
La pregunta me toca demasiado de cerca. ¿Estoy saliendo con Lance? No hemos definido qué es esto, no hemos hablado de lo que significa. Ha habido intimidad, pero no nos hemos acostado. Hemos dicho que nos importamos, pero no lo hemos hecho oficial.
Lo único que sé es que pienso en él constantemente. Que llevo toda la semana evitando los mensajes y las llamadas de Danny. Que la idea de volver a mi antigua relación me parece imposible ahora que sé lo que es que te adoren en lugar de que te toleren.
—Estoy aclarándome —digo.
—¿Con quién? Venga, Khloe. Soy tu mejor amiga. Sé cuándo me ocultas algo.
El móvil me vibra con otro mensaje de Lance: No puedo dejar de pensar en ti. En lo perfecta que estabas en mi cocina.
Siento un calor entre las piernas al recordarlo. La boca de Lance sobre mí, sus manos recorriendo mi cuerpo con devoción, cómo me llamó perfecta y me hizo creerlo.
—Es alguien nuevo —admito.
—¿Nuevo cómo? ¿Que acabas de conocerlo?
—Más o menos. O sea, sabía quién era, pero no lo conocía de verdad.
—¿Y ahora sí?
—Ahora creo que me estoy enamorando de él.
Las palabras se me escapan antes de poder pararlas, y Jess abre los ojos de par en par.
—¿Enamorándote? Khloe, llevas una semana dándote un tiempo con Danny. ¿Cómo puedes estar enamorándote de otro?
Porque me hace sentir cosas que Danny nunca me hizo sentir. Porque me escucha cuando hablo y recuerda lo que digo. Porque me trata como si fuera un tesoro y no un mueble.
Porque cuando me toca entiendo por qué la gente escribe canciones de amor.
—Cuando lo sabes, lo sabes —digo en voz baja.
—Eso no es una respuesta. ¿Quién es? ¿A qué se dedica? ¿Qué edad tiene?
La pregunta sobre la edad me revuelve el estómago. ¿Cómo le explico que me lleva veinte años? ¿Cómo admito que la diferencia de edad es parte de lo que hace que esto sea tan intenso, tan abrumador?
—Es mayor —digo.
—¿Mayor cómo? ¿Treinta? ¿Treinta y cinco?
—Más.
Jess me mira fijamente desde el otro lado de la mesa.
—Khloe, ¿cuánto mayor?
—¿Importa? La edad es solo un número.
—La edad es solo un número cuando hablamos de unos pocos años. ¿Cuántos años tiene este tío?
Le doy un sorbo al café para ganar tiempo.
—Ronda los cincuenta.
El silencio que sigue es ensordecedor. Jess me mira como si acabara de anunciar que me meto en una secta.
—¿Casi cincuenta? Khloe, podría ser tu padre.
—No es para tanto.
—¡Son veinticinco años! ¿Qué puedes tener en común con alguien tan mayor?
Más de lo que tuve con Danny. Más de lo que he tenido con nadie de mi edad.
—Conectamos —digo—. Me entiende como nadie. Me hace sentir que existo.
—Claro que te hace sentir especial. Tienes veintidós años y eres guapísima. Pero ¿qué pasa cuando se le pase la novedad? ¿Qué pasa cuando se canse de su novia jovencita y busque a otra?
Las palabras duelen porque ponen voz a mis propios miedos. ¿Y si para Lance esto no es más que una crisis de los cuarenta? ¿Y si solo soy una distracción, una manera de sentirse joven otra vez?
Pero entonces recuerdo cómo me mira. Cómo escucha mis sueños y dice que son importantes. Cómo me prepara el desayuno y luego me abraza como si fuera algo precioso.
—No es eso —digo.
—¿Y tú qué sabes? Khloe, llevas un año saliendo con Danny. Una no se enamora de otro en una semana.
—Quizás nunca estuve realmente enamorada de Danny. Quizás solo me conformaba con lo que creía merecer.
—¿Y este tío mayor te hace sentir que mereces más?
—Me hace sentir que lo merezco todo.
Mi móvil vibra de nuevo. Esta vez es una foto de Lance: una mesa puesta para dos en lo que parece el balcón de su ático, con velas que parpadean a la luz del atardecer y el horizonte de Seattle desplegándose al fondo.
Mi casa, a las ocho. Quiero cocinar para ti.
Se me corta la respiración. Cenar en su casa. Solo nosotros dos. El mensaje está claro, y mi cuerpo responde de inmediato.
—Tengo que irme —digo, levantándome y recogiendo mis cosas.
—Khloe, espera. Me preocupas.
—No tienes por qué. Nunca he sido tan feliz.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Una felicidad tan intensa, tan repentina... no es sostenible. La gente acaba herida cuando se enamora así de fuerte y así de rápido.
Seguramente tenga razón. Lo de Lance es intenso, abrumador, quizá peligroso. Pero no consigo preocuparme por las posibles consecuencias cuando el presente me hace sentir tan bien.
—Tendré cuidado —prometo.
—¿De verdad? Porque desde mi punto de vista, parece que te estás tirando de cabeza a algo que podría destruirte.
Puede que tenga razón. Puede que me esté tirando de cabeza a algo peligroso. Pero mientras salgo de la cafetería y voy a casa a prepararme para la cena con Lance, solo puedo pensar en lo que es sentirse tan deseada.
En lo que es importarle a alguien que podría tener a quien quisiera.
En entender por fin de qué van todas las canciones de amor.
***
Tres horas después, estoy frente al edificio de Lance con un vestido negro que compré expresamente para esta noche.
No tiene nada que ver con la ropa conservadora que suelo llevar.
Este vestido se ciñe a mis curvas, luce mis piernas, me hace sentir sexy y segura, completamente distinta de la chica que siempre justificaba el comportamiento de Danny.
El viaje en ascensor hasta el piso de Lance se me hace interminable. Cuando las puertas se abren directamente a su salón, él me está esperando con una copa de vino y una sonrisa que me hace flaquear las rodillas.
—Estás deslumbrante —dice, mientras sus ojos recorren mi cuerpo de un modo que me enciende entera.
—Gracias. Esto es increíble —señalo la mesa que ha preparado en el balcón, las velas, la vista de la ciudad que se extiende bajo nosotros.
—Tú eres la increíble. La cena es solo el escenario.
Me lleva al balcón, donde ha preparado lo que parece una cena de cinco platos. Todo es perfecto, desde el vino hasta las flores, pasando por cómo la luz de las velas titila en su rostro.
—No tenías que hacer todo esto —digo mientras me aparta la silla.
—Quería hacerlo. Quiero mimarte, cuidarte, enseñarte cómo deberían tratarte.
Comemos despacio, hablando de todo y de nada. Lance me habla de sus viajes, de su negocio, de sus sueños para el futuro. Yo le hablo de mi tesis, de mi trabajo con niños, de mis ganas de cambiar las cosas.
Con cada minuto que pasa, me enamoro un poco más. Este hombre me ve, me valora, me trata como si fuera lo más importante de su mundo.
—Khloe —dice durante el postre, con la voz de pronto seria.
—¿Sí?
—¿Qué estamos haciendo aquí?
La pregunta que llevo evitando toda la semana. La conversación que sé que tenemos que tener pero que me ha dado demasiado miedo iniciar.
—No lo sé —admito—. ¿Qué quieres que hagamos?
—Quiero cortejarte. Como es debido. Por completo. Quiero enseñarte lo que es estar con un hombre que aprecia lo que tiene.
—¿Y Danny?
—¿Qué pasa con él? Estáis en un descanso. Eres libre de explorar otras opciones.
—Un descanso no es una ruptura.
—¿Ah, no? —Lance se inclina hacia delante, con la mirada intensa—. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él? ¿Cuándo fue la última vez que quisiste hacerlo?
Tiene razón. Llevo toda la semana evitando a Danny, poniendo excusas para no verlo, dejando que sus llamadas salten al buzón de voz. He estado tan absorta en Lance que apenas he pensado en mi supuesto novio.
—Puedes elegir lo que quieras, Khloe. No tienes que conformarte con alguien que no te valora.
—¿Y si te elijo a ti? ¿Qué pasa entonces?
—Entonces tendrás todo lo que mereces. Todo lo que te ha faltado.
La promesa en su voz me acelera el pulso. Todo lo que merezco. Todo lo que me ha faltado.
—Tengo miedo —admito.
—¿De qué?
—De querer esto demasiado. De que me hagan daño. De equivocarme.
Lance alarga la mano por encima de la mesa y coge la mía.
—El único error sería volver con alguien que no sabe lo que vales.
Tiene razón, y lo sé. Lo de Danny y yo se acabó. Se acabó hace más tiempo del que quería admitir. Esta semana con Lance solo ha hecho imposible seguir fingiendo lo contrario.
—Vale —digo en voz baja.
—¿Vale?
—Te elijo a ti. Elijo esto. Sea lo que sea, lo quiero.
La sonrisa que ilumina el rostro de Lance es como un amanecer.
—¿Estás segura?
—Estoy segura. Aterrada, pero segura.
Me lleva la mano a los labios y deposita un beso suave en mi palma.
—Entonces deja que te muestre lo que significa elegirme.