Enamorada del papi de mi mejor amiga (Padres prohibidos nº 2) Samuel
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Samuel

Lo único en lo que puedo pensar es en tallas de anillos, en qué decir cuando se lo pida y en si es posible morir de los nervios.

La decisión quedó clara después de la llamada de Dani con sus padres anoche.

Al verla iluminarse hablando de nuestro futuro, al ver lo feliz que la hacía su apoyo, supe que no podía esperar más.

Quiero casarme con ella. No algún día, no con el tiempo, sino pronto. Antes de Navidad, antes de que lleguen sus padres, antes de que pierda el valor y me convenza de que necesito más tiempo para preparar el momento perfecto.

El problema es que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

Cuando le pedí matrimonio a María, teníamos diecinueve años y estábamos sin blanca.

Le di mi anillo de graduación y le prometí comprar algo mejor cuando pudiera permitírmelo.

Esto tiene que ser diferente. Dani merece algo mejor que titubeos nerviosos y joyas prestadas.

—Pareces un hombre con un problema —observa Eddie, asomándose a la puerta de mi despacho con café y esa expresión de quien lleva décadas casado y lo sabe todo.

—No es un problema. Es un proyecto.

—¿Qué tipo de proyecto requiere mirar el mismo papel durante media hora sin leerlo?

Dejo la factura, aceptando que no voy a lograr nada útil hasta que resuelva esto.

—Necesito comprar un anillo de compromiso.

A Eddie se le ilumina la cara.

—Ya era hora. ¿Cuándo vas a pedírselo?

—El sábado por la noche. Quizás. Si consigo averiguar cómo hacerlo sin quedar como un idiota.

—Relájate. Ya has hecho lo más difícil. Ella te quiere, tú la quieres, todo lo demás son detalles.

—¿Ya has ido a ver anillos?

—Ese es el problema. No sé nada de anillos. Corte, claridad, quilates, todo eso. ¿Y si elijo algo que odia? ¿Y si no le queda bien? ¿Y si lo ve y se da cuenta de que tengo un gusto pésimo?

—Samuel.

La voz de Eddie tiene la paciencia de quien intenta calmar a alguien a punto de saltar.

—Le estás dando demasiadas vueltas. Dani no es de las que quieren lucir la piedra más grande del pueblo. Quiere algo que venga de ti, algo que demuestre que la conoces.

—Pero ¿y si...?

—Nada de «y si». Sabes lo que le gusta. Sencillo, elegante, nada demasiado llamativo. ¿Verdad?

Me lo pienso. El estilo de Dani es elegancia discreta. Líneas limpias, piezas clásicas que no llaman la atención. Lleva los pendientes de perlas de su abuela más que cualquier cosa de moda.

—Cierto.

—Entonces fíate de tu instinto. Busca algo que te recuerde a ella y confía en que la conoces lo bastante bien como para elegir algo que atesorará.

El consejo tiene sentido, pero sigo con el estómago revuelto.

—¿Por dónde empiezo? ¿Por la joyería del centro comercial?

—Ni hablar. Tienes que ir a la tienda de Harry Miller, en el centro. Lleva décadas en esto, me ayudó a elegir el anillo de Carmen, el de mi hija, la mitad de los anillos de compromiso de este pueblo. Dile lo que buscas y deja que te guíe.

—Harry Miller.

Tomo nota mental.

—¿Y la talla?

—Eso es más complicado. Tienes que ser creativo. Cógele un anillo cuando no mire, márcalo en un papel. O pídele ayuda a Kristie. A las mujeres se les dan bien esas cosas.

Al mencionar a mi hija, se me encoge el pecho.

—Seguramente debería contarle a Kristie lo que estoy planeando.

—¿Seguramente? Samuel, esa chica lleva esperando a que le pidas matrimonio a Dani desde unos cinco minutos después de que volvierais. Se va a volver loca de alegría.

—¿Tú crees?

—Lo sé. Esa cría quiere que seas feliz, y Dani te hace feliz. Kristie lo ve.

Eddie apura el café y se levanta.

—Deja de darle tantas vueltas. Ve a comprar un anillo, prepara algo sencillo y de corazón, y pídele a la mujer que quieres que se case contigo. Lo demás vendrá solo.

Cuando se va, me quedo sentado en mi despacho asimilando lo que parece la decisión más importante de mi vida. No si pedirle matrimonio —eso está decidido—, sino cómo hacerlo de una manera que honre lo que Dani significa para mí.

El móvil vibra con un mensaje suyo: ¿Mucho lío? Pareces distraído.

Miro hacia el taller, donde la veo a través de la ventana del despacho, fingiendo ordenar material de marketing pero claramente pendiente de mí. Verla ahí, en mi espacio de trabajo, tan a gusto en mi vida profesional, me llena de determinación.

Solo pensando en el futuro. ¿Qué tal tu día?

Bien. Ha llamado un cliente nuevo. Al parecer nuestra «auténtica historia de amor» es buen marketing.

La respuesta me hace sonreír a pesar de los nervios. Hasta nuestras polémicas se han convertido en reclamo publicitario. Hemos transformado el escándalo en éxito a base de pura cabezonería y ganas de ser felices.

Dejo el móvil y cojo las llaves. Es hora de dejar de darle vueltas y pasar a la acción.

***

La joyería de Harry Miller ocupa la misma esquina de siempre, con su madera pulida y esa iluminación suave pensada para que todo brille.

Cuando entro, el propio Harry sale de detrás del mostrador: un hombre menudo, de pelo plateado y con esa sonrisa de quien ha ayudado a hombres nerviosos a tomar esta decisión infinidad de veces.

—¡Samuel Hart! Cuánto me alegro de verte. ¿Qué te trae por aquí?

—Necesito un anillo de compromiso.

A Harry se le ilumina la cara como si le hubiera tocado la lotería.

—¡Enhorabuena! ¿Quién es la afortunada?

—Dani Forester. Seguro que la conoces, lleva un tiempo montando un negocio de marketing en el pueblo.

—¡Por supuesto! Una chica preciosa, muy inteligente. Me enteré de lo de la junta escolar. Me alegro de que se resolviera.

Harry señala la vitrina de anillos de compromiso.

—Y bien, ¿qué tenías en mente?

Me acerco a las vitrinas sintiéndome completamente perdido. Hileras de anillos brillan bajo las luces, unos recargados y ornamentados, otros sencillos y elegantes. La variedad es abrumadora.

—La verdad es que no lo sé. Algo especial para ella. Clásico, no demasiado llamativo. No es de las que quieren que todo el mundo se quede mirando su anillo.

—Ah, elegancia discreta. Sé exactamente a qué te refieres.

Harry abre una de las vitrinas y saca varias opciones.

—Estos podrían valer. Solitarios clásicos, engastes de inspiración vintage, nada demasiado moderno ni estridente.

Coloca tres anillos sobre terciopelo negro, y uno me llama la atención de inmediato. Una sencilla banda de platino, un único diamante redondo en un engaste clásico. Elegante sin ser ostentoso, atemporal sin ser aburrido. El tipo de anillo que lucirá igual de hermoso dentro de cincuenta años.

—Ese —digo, señalándolo.

—Excelente elección. Es un engaste clásico de seis puntas, diamante de talla ideal, de muy alta calidad. Las proporciones son perfectas para alguien con dedos finos.

—¿Cómo sabe que tiene los dedos finos?

La sonrisa de Harry es cómplice.

—Llevo décadas en esto, Samuel. Presto atención a los detalles.

Desliza el anillo sobre el terciopelo para que lo vea mejor. El diamante atrapa la luz con belleza y proyecta diminutos arcoíris sobre la vitrina.

—Es perfecto —digo, mientras la certeza se asienta en mi pecho—. Este es.

—Maravilloso. Ahora solo nos falta determinar la talla. ¿Sabes por casualidad...?

—Ni idea.

—No hay problema. Tenemos varias opciones. Podrías traerla para que «eche un vistazo» y se pruebe algunos anillos. O, si quieres mantener la sorpresa, podrías coger prestado uno de sus anillos para medirlo.

La segunda opción me atrae más. Quiero que sea una sorpresa total, quiero ver la conmoción y la alegría en su rostro cuando le pida que sea mi esposa.

—La opción de coger prestado un anillo. ¿Cómo funciona?

—Tráeme uno de sus anillos, preferiblemente uno que lleve en el dedo anular. Lo medimos y tenemos esto listo en unos días.

—¿Unos días? —se me encoge el estómago—. Esperaba pedirle matrimonio este fin de semana.

—¿Este fin de semana? —Harry mira su reloj, calculando—. Estamos a miércoles. Si me consigues un anillo hoy o mañana, puedo tenerlo ajustado y listo para el sábado por la mañana. Será un trabajo urgente, pero factible.

—Perfecto.

Harry redacta el pedido mientras intento no pensar en el precio. Es más de lo que he gastado en nada, salvo en mi camioneta y mi casa, pero al mirar el anillo e imaginarlo en el dedo de Dani, siento que vale cada céntimo.

—Una cosa más —dice Harry mientras firmo los papeles—. La pedida en sí. ¿Tienes planes?

—Más o menos. Estoy pensando en hacerlo en mi taller. Ahí fue donde empezó todo de verdad, donde ella me retó a verla como algo más que la amiga de Kristie.

—Personal y significativo. Me gusta —Harry asiente con aprobación—. Solo recuerda que el lugar importa menos que las palabras. Háblale desde el corazón, dile por qué la quieres, por qué quieres pasar la vida con ella. Lo demás es solo decorado.

—¿Y si la fastidio? ¿Y si meto la pata?

—Samuel, estás hablando de una mujer que plantó cara a medio pueblo para defender vuestra relación. ¿Crees que le va a importar si lo que le digas no es perfecto?

Su perspectiva me ayuda, pero los nervios no se van.

—Nunca he hecho esto. No así.

—Circunstancias distintas, mujer distinta, hombre distinto. No eres la misma persona que le pidió matrimonio a María hace tantos años. Esta pedida debe reflejar quién eres ahora, quién es Dani, lo que habéis construido juntos.

La sabiduría de Harry calma un poco mi ansiedad. Tiene razón. No se trata de recrear un momento perfecto imaginario. Se trata de pedirle a la mujer que quiero que se case conmigo de una forma que honre nuestra historia.

—Gracias —digo, y le estrecho la mano—. Por todo.

—Ha sido un placer. Y Samuel, va a decirte que sí. He visto muchas parejas a lo largo de los años. Lo que tenéis vosotros dos es auténtico.

***

Esa noche, cocino la cena mientras Dani trabaja en la mesa de la cocina; los dos nos dejamos llevar por el ritmo doméstico que ya es una segunda naturaleza.

Está revisando contratos y de vez en cuando me pide opinión sobre precios o plazos, incluyéndome en sus decisiones de negocio como la pareja en la que espero convertirme oficialmente.

—¿Todo bien? —pregunta durante el postre, al notar que no dejo de mirarle las manos—. Pareces distraído.