Samuel
Apenas puedo concentrarme en la inspección de frenos de Eddie Martínez cuando no dejo de pensar en Dani presentando su plan de negocios ayer.
Profesional, segura, absolutamente deslumbrante con ese vestido azul que hacía que sus ojos brillaran como el cielo de verano.
En cómo su voz no vaciló ni una vez a pesar de la electricidad entre nosotros, en cómo respondió a cada pregunta con la competencia de alguien nacida para este trabajo.
A qué sabía cuando por fin la tuve a solas en mi oficina después.
—Tierra llamando a Sam.
La voz de Eddie me saca de mi ensimismamiento.
—Llevas cinco minutos mirando la misma pastilla de freno.
—Perdona.
Vuelvo a centrarme en el componente desgastado, fijándome en los patrones de desgaste.
—Estaba pensando.
—¿En cierta hermosa consultora de marketing que estuvo aquí ayer?
Su sonrisa es cómplice.
—Carmen la vio salir sobre las seis. Dijo que parecía satisfecha con su presentación.
Si supiera lo satisfecha que estaba en realidad. Cómo la tuve inclinada sobre mi escritorio, susurrando mi nombre mientras le recordaba exactamente a quién pertenece.
—Reunión profesional —digo con tono neutro—. A Hart's Automotive le vendría bien mejorar su presencia en internet.
—Claro. Profesional.
La risa de Eddie deja claro que no se lo traga.
—Igual que Carmen y yo teníamos «reuniones profesionales» cuando ella me llevaba la contabilidad y yo intentaba reunir el valor para invitarla a salir.
La comparación me provoca una sensación incómoda en el pecho. El cortejo de Eddie y Carmen fue público, aceptable: dos adultos de edad similar que se encontraron después de sus respectivos divorcios. Nada que ver con la situación complicada en la que me he metido.
—No es lo mismo.
—¿No? Hombre conoce a mujer, hombre se da cuenta de que esa mujer es exactamente lo que le faltaba, hombre deja de ser idiota y va a por lo que quiere.
Eddie sale de debajo del Honda y se limpia las manos.
—Aunque reconozco que la diferencia de edad lo hace más interesante.
Me quedo helado.
—¿Qué diferencia de edad?
—Sam, te conozco desde hace quince años. ¿Crees que no me doy cuenta cuando miras a alguien como si fuera lo más maravilloso del mundo?
Se pone de pie y me clava una mirada directa.
—La pregunta es si tienes el valor de hacer algo al respecto.
Antes de que pueda responder, suena la campana del taller. Frank White entra con su expresión de concejal y un sobre manila en la mano que me revuelve el estómago.
—Frank —asiento con cautela—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Necesito hablar contigo, Sam. En privado.
Su mirada se desplaza hacia Eddie con intención.
—Ya me iba —dice Eddie, aunque su expresión se ha vuelto cautelosa. Conoce a Frank lo suficiente como para saber que se avecina un problema—. Llámame luego, Sam.
Cuando Eddie se marcha, Frank apoya su considerable humanidad contra mi banco de trabajo, el sobre aún apretado en la mano.
—¿Café? —ofrezco, aunque la hospitalidad es lo que menos me apetece ahora mismo.
—Esto no es una visita social —abre el sobre y saca varias páginas impresas—. Tengo ciertas preocupaciones que quiero comentar contigo.
Reconozco el membrete de inmediato: Comité Asesor de la Junta Escolar de Cedar Falls. Se me encoge el estómago.
—¿Qué tipo de preocupaciones?
—Del tipo que surge cuando los miembros de la comunidad empiezan a cuestionar el criterio de personas en puestos de confianza.
Frank deja los papeles sobre mi banco de trabajo como si fueran pruebas en un juicio.
—Parece que hay gente que ha notado que pasas mucho tiempo con la joven Dani Forester.
Se me hiela la sangre.
—El coche de Dani se averió. La he estado ayudando con el transporte mientras llegan las piezas.
—¿Piezas que supuestamente llevan un mes pedidas?
Frank arquea las cejas.
—Qué curioso. Llamé a Peterson's Auto Supply. No tienen constancia de ningún pedido especial de transmisión para un Ford Focus del 2003.
Mierda. Había estado retrasando la reparación a propósito, usándola como excusa para pasar tiempo con Dani. Ahora esa mentira me está pasando factura.
—Debe de haber habido un malentendido con mi proveedor.
—Debe de haberlo habido.
El tono de Frank deja claro que sabe exactamente qué tipo de malentendido fue.
—El problema es que la gente está empezando a hablar. Del mecánico que parece incapaz de arreglar una simple transmisión. De cuánto tiempo pasas con una chica que podría ser tu hija.
—Dani Forester es una licenciada universitaria de veintidós años, no una chica. Y lo que la gente decida cotillear no es asunto mío.
—Se convierte en asunto tuyo cuando esa gente está en la junta escolar. Cuando votan sobre los nombramientos del comité asesor. Cuando deciden si alguien demuestra el tipo de criterio que queremos que influya en la política educativa.
La amenaza es clara, y da justo donde Frank pretendía. Mi puesto en el comité asesor de la junta escolar no es meramente honorífico: es algo por lo que he trabajado durante años, representando la perspectiva de los oficios en la planificación educativa.
—¿Qué estás diciendo exactamente, Frank?
—Estoy diciendo que las apariencias importan. Un hombre de cuarenta y seis años que pasa demasiado tiempo con una mujer de veintidós levanta sospechas sobre los límites. Sobre las relaciones apropiadas. Sobre el tipo de ejemplo que queremos dar a nuestros jóvenes.
La ira me va creciendo en el pecho, lenta y constante.
—Lo único inapropiado aquí es que insinúes que he hecho algo malo por ayudar a una joven a la que se le averió el coche.
—¿Lo has hecho?
La pregunta directa queda flotando entre nosotros. Frank me observa el rostro con atención, buscando indicios que confirmen las sospechas que alimentan esta conversación.
—¿He hecho qué?
—Algo inapropiado con Dani Forester.
Las palabras quedan en el aire como acusaciones. Pienso en ayer por la tarde, en los suaves gemidos de Dani mientras me movía dentro de ella, en cómo susurró «te quiero» contra mi hombro después, en la forma en que me miró como si yo fuera todo su mundo.
Inapropiado no alcanza ni de lejos a describir lo que tenemos. Pero también es lo más auténtico de mi vida.
—He ayudado a una amiga de la familia con el transporte y le he dado algunos consejos. Nada más.
La expresión de Frank indica que no está del todo convencido.
—Bien. Porque si hubiera algo más, sería un problema. Un problema gordo.
Recoge sus papeles con precisión deliberada.
—La junta escolar se reúne el jueves que viene. Seguramente se hablará de las renovaciones del comité asesor.
—¿Eso es una amenaza?
—Es información. Lo que hagas con ella depende de ti —Frank se dirigió hacia la puerta y se detuvo—. Eres un buen hombre, Sam. Buen mecánico, buen padre, has servido bien a esta comunidad durante veinte años. No tires todo eso por la borda por una crisis de mediana edad.
Después de que se fuera, me quedé solo en mi taller, con las manos temblando de rabia contenida. Crisis de mediana edad. Como si lo que tenemos Dani y yo fuera un cliché, un intento de recuperar mi juventud, en lugar de la conexión más honesta y profunda que he sentido desde que murió María.
Pero el mensaje de Frank está claro: termina lo que sea que esté pasando con Dani, o pierde todo lo que has construido en esta comunidad.
El móvil me vibra con un mensaje: ¿Cómo va tu día, papi? Estoy pensando en ti.
Dulce e ingenua Dani, que no tiene ni idea de que su relación conmigo está a punto de costarme mi posición en este pueblo.
Le contesto: Bien. ¿Podemos hablar esta noche?
Claro. ¿Todo bien?
Solo necesito verte.
La respuesta llega enseguida: Yo también necesito verte, papi.
Esa palabra, papi, normalmente hace que el deseo me invada. Hoy hace que el pecho se me contraiga de pena.
Porque Frank White será un imbécil pomposo, pero no se equivoca sobre mi situación. Salir con una mujer veinticuatro años menor, la mejor amiga de mi hija, en un pueblo tan pequeño que todos conocen los asuntos de todos, es un polvorín a punto de estallar.
Paso el resto de la tarde intentando concentrarme en el trabajo, pero las palabras de Frank me resuenan en la cabeza. Buen hombre. Buen padre. No lo tires por la borda.
¿Es eso lo que estoy haciendo? ¿Tirar por la borda veinte años de respeto en la comunidad por una relación que podría no durar? ¿Arriesgar la confianza de mi hija por una mujer que mañana podría decidir que quiere a alguien de su edad?
Pero entonces recuerdo cómo me miró Dani ayer cuando dijo que me amaba. Cómo habla de nuestro futuro como si fuera real, tangible, algo que quiere construir conmigo. Cómo me hace sentir vivo otra vez, de una forma que creía perdida para siempre.
A la hora de cerrar, sé que no puedo tomar esta decisión solo. Necesito hablar con ella, explicarle lo que está en juego, que entienda lo que continuar con esta relación podría costarnos a los dos.
Porque Frank White no es el único que tendrá algo que decir sobre nosotros. Si la junta escolar empieza a hacer preguntas, si la gente empieza a hablar de verdad, no será solo mi reputación la que esté en juego.
También será la de ella.
***
A las seis en punto, cierro el taller y conduzco hacia la casa de los Forester, con la cabeza llena de argumentos a medio formar y justificaciones desesperadas. Quizá podamos ser más cuidadosos. Quizá los rumores se calmen si somos totalmente discretos.
Quizá me esté engañando con todo esto.
Dani me está esperando en el porche de su casa, con vaqueros y un jersey suave que la hace parecer joven y vulnerable. Cuando ve mi camioneta, se le ilumina la cara con una alegría que me encoge el pecho.
—Hola —dice mientras se desliza en el asiento del copiloto—. Tienes cara seria. ¿Todo bien?
—Tenemos que hablar.
Su sonrisa se desvanece.
—Eso suena preocupante.
—Puede que lo sea.
La llevo al Miller's Pond, el mismo lugar donde admitimos por primera vez lo que estaba pasando entre nosotros. Parece apropiado, de algún modo: si vamos a hablar de poner fin a esto, deberíamos hacerlo donde empezó.
—Samuel, me estás asustando —la voz de Dani es apenas un hilo mientras aparcamos junto al agua—. ¿Qué pasa?
Me giro para mirarla y asimilo su expresión preocupada, cómo se inclina hacia mí sin darse cuenta, como si yo fuera su ancla. Dios, ¿cómo he tenido tanta suerte? ¿Y cómo voy a renunciar a esto?
—Frank White ha venido a verme hoy.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros. Sobre el tiempo que hemos pasado juntos —veo cómo palidece a medida que lo entiende—. La gente está hablando, Dani. Del mecánico que no parece capaz de arreglar una simple transmisión. De un hombre de cuarenta y seis años que pasa demasiado tiempo con una mujer de veintidós.
—¿Qué clase de habladurías?
—De las que hacen que te echen de la junta escolar. De las que cuestionan mi juicio, mi carácter, mi capacidad para servir a esta comunidad —me paso la mano por el pelo—. Frank lo dejó muy claro: termina lo que sea que esté pasando entre nosotros, o atente a las consecuencias.
El silencio se extiende entre nosotros. Dani clava la mirada en el agua mientras procesa lo que acabo de decirle.
—¿Qué consecuencias? —pregunta al fin.
—Perder mi puesto en el comité asesor. Daño a la reputación de mi negocio. Ostracismo social —me obligo a continuar—. Y eso es solo lo que me afecta a mí. En cuanto la gente empiece a hablar de verdad, a especular sobre lo que estamos haciendo...
—También vendrán a por mí —dice con voz inexpresiva, comprendiéndolo de inmediato.
—Sí. Lo harán.
Se queda callada un buen rato, y casi puedo ver cómo le da vueltas a todo. Lo que significaría para sus perspectivas de negocio, su posición en la comunidad, su amistad con Kristie.
—Entonces, ¿qué me estás diciendo? —pregunta—. ¿Que deberíamos dejarlo para proteger nuestra reputación?
La pregunta me golpea con fuerza.
—Digo que tenemos que ser realistas con lo que estamos arriesgando.
—¿Y qué estamos arriesgando, exactamente? ¿Tu puesto en un comité? ¿Mi reputación en un pueblo en el que puede que ni me quede? —se gira para mirarme de frente—. ¿O estamos arriesgando lo mejor que nos ha pasado a ninguno de los dos en años?
—Dani.
—No, déjame hablar —ahora hay acero en su voz, una determinación que reconozco de la presentación de ayer—.
Me he pasado la vida entera preocupándome por lo que piensen los demás.
Intentando ser la buena hija, la estudiante perfecta, la amiga que nunca da problemas.
¿Y adónde me ha llevado eso? A estar atascada a los veintidós sin rumbo y sin saber quién soy realmente.
—Sabes quién eres. Lo demostraste ayer.
—¡Por ti! Porque me miraste como si fuera capaz de cualquier cosa, como si mereciera que apostaran por mí, que creyeran en mí. —Se le llenan los ojos de lágrimas—. Por fin sé quién soy cuando estoy contigo, Samuel. No pienso renunciar a eso porque a Frank White no le parezca bien.
La feroz certeza de su voz hace que algo se afiance en mi pecho. Esta es la mujer de la que me enamoré. Una mujer con el valor suficiente para arriesgarse, con la fuerza suficiente para luchar por lo que quiere.
—No será fácil —le advierto—. La gente dirá cosas. Cosas crueles. De los dos.
—Que lo hagan. —Alarga la mano por encima del asiento para coger la mía—. Prefiero afrontar sus críticas juntos que pasarme el resto de la vida preguntándome qué podríamos haber tenido.
—¿Incluso Kristie?
Una sombra de dolor le cruza el rostro al mencionar a su mejor amiga.
—Ya lo resolveremos cuando llegue el momento. Pero, Samuel, no puedo tomar decisiones sobre mi vida pensando en lo que pueda molestar a los demás. Ni siquiera a quienes quiero.
Sus palabras resuenan con mis propios pensamientos de hace semanas, cuando decidí dejar de luchar contra lo que sentía por ella. A veces hay que elegir entre lo fácil y lo correcto. Entre lo seguro y lo auténtico.
—De acuerdo —digo en voz baja.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo, luchamos por esto. Por nosotros.
—Le llevo la mano a los labios y le doy un beso suave en los nudillos—.
Pero con cabeza. Se acabaron las demostraciones en público, se acabó darle a la gente motivos para especular.
Esto queda entre nosotros hasta que sepamos cómo gestionar las consecuencias.
—Completamente privado —acepta ella—. Solo nosotros.
—Solo nosotros.
Pero incluso mientras lo digo, sé que no es del todo cierto. La visita de Frank White hoy ha sido solo el principio. El rumor correrá, la gente nos vigilará más de cerca, y tarde o temprano alguien verá lo que anda buscando.
La pregunta es si lo que tenemos Dani y yo es lo bastante fuerte para resistir la tormenta que se avecina.
Al mirarla ahora —decidida, intrépida, entregada por completo a luchar por nosotros—, creo que sí podría serlo.
Solo espero que los dos estemos preparados para lo que nos va a costar esa lucha.
—Te quiero —dice sin más—. Pase lo que pase, diga lo que diga la gente, eso no cambia.
—Y yo a ti —respondo, y nunca lo he sentido con tanta fuerza.
Cueste lo que cueste, ella lo vale.
Lo nuestro lo vale.
Y que me condenen si dejo que Frank White o cualquier otro destruya lo mejor que me ha pasado en la vida.