Enamorada del papi de mi mejor amiga (Padres prohibidos nº 2) Samuel
16%

Samuel

No duermo.

No dejo de revivir el momento en que los labios de Dani rozaron mis nudillos. La sensación de su mano pequeña cubriendo la mía mientras me decía que merecía cosas buenas.

A las cinco de la mañana estoy sentado en el porche trasero con un café solo, intentando convencerme de que lo de anoche fue inocente. Solo una clase de cocina entre amigos. Nada más.

La mentira sabe amarga.

Cada vez que cierro los ojos, la veo recostada contra mí junto a la tabla de cortar, la suave curva de su cuerpo cediendo contra mi pecho. La forma deliberada en que tanteó los límites, presionando para ver hasta dónde podía llegar antes de que yo recordara que está fuera de mi alcance.

El problema es que estoy empezando a olvidar por qué debería estarlo.

El móvil vibra. Buenos días. Gracias de nuevo por lo de anoche. Fue perfecto.

Me quedo mirando la pantalla, el pulso desbocado ante unas palabras que podrían significar todo y nada. Gracias por enseñarme a cocinar. Gracias por quedarte a cenar. Gracias por casi besarme en la cocina de mis padres antes de que la realidad se interpusiera.

Gracias por hacerme sentir vivo de nuevo.

Respondo: Cuando quieras. ¿Necesitas ir de compras? Paso a recogerte a las ocho.

Sí, por favor.

Dos simples palabras que hacen que se me agite la polla y se me oprima el pecho con una anticipación que no sentía desde hace años.

Joder, ¿qué estoy haciendo?

***

Cuando aparco en su entrada, Dani sale con un vestido de verano que debería ser ilegal en al menos cuarenta y siete estados.

Algodón azul cielo que resalta sus ojos, tirantes finos que dejan sus hombros al descubierto, un dobladillo que le roza los muslos de una forma que me hace aferrarme al volante.

No lleva sujetador.

Lo noto porque la tela se le ciñe lo justo para marcar sus curvas, porque cuando se mueve hay un sutil vaivén que me hace la boca agua. Cuando se sube a mi camioneta, el aroma a vainilla y a sol inunda la cabina, y tengo que recolocarme antes de arrancar.

—Buenos días —dice mientras se abrocha el cinturón. Hay algo diferente en ella hoy, una seguridad que antes no estaba, como si hubiera tomado alguna decisión durante la noche.

—Buenos días. ¿Adónde vamos hoy?

—Sorpréndeme.

Las palabras me golpean en la boca del estómago. Me está dando permiso para elegir, para llevarla adonde yo quiera. La confianza implícita en esa oferta despierta algo primitivo en mi pecho.

—Primero la biblioteca —digo, saliendo de su entrada mientras intento no fijarme en cómo el cinturón le tensa el vestido sobre los pechos—. Luego ya veremos.

La Biblioteca Pública de Cedar Falls ocupa el mismo edificio de ladrillo desde hace sesenta años, con sus techos altos y rayos de sol polvorientos que se filtran por los ventanales.

Dani se mueve entre las estanterías como si perteneciera a este lugar, acariciando los lomos con reverente familiaridad.

—Prácticamente vivía aquí en el instituto —dice, cogiendo un ejemplar gastado de Jane Eyre—. Sobre todo cuando mis padres estaban de viaje. La señora White me dejaba quedarme después del cierre si estaba enfrascada en algo bueno.

La observo hojear las páginas y veo cómo se le ilumina el rostro cuando encuentra un pasaje que recuerda. Se mueve por este espacio con inteligencia, elige con propósito. Esta ya no es la amiga boba de Kristie. Esta es una mujer que sabe lo que quiere.

—¿Qué tipo de libros te gustan? —pregunta, alzando la vista de una novela romántica con un hombre sin camiseta en la portada.

La primera respuesta que me viene a la cabeza no es apta para todos los públicos. —Depende de mi estado de ánimo.

—Venga. Dame alguna pista —se acerca y se detiene justo dentro de mi espacio personal—. ¿Biografía? ¿Ficción? ¿Poesía?

—Historia militar, sobre todo. Algún thriller.

—Tiene sentido. El tipo fuerte y silencioso leería sobre estrategia y tácticas —su sonrisa es burlona, coqueta, y me inunda el pecho de calor—. ¿Y qué hay de los placeres culpables?

La forma en que dice «placeres culpables» me lleva la mente a lugares donde no debería ir. Pienso en decirle que mi placer culpable actual es verla agacharse para coger libros del estante inferior, que llevo fantaseando con esos labios haciendo cosas que escandalizarían a la anciana bibliotecaria.

En lugar de eso, carraspeo. —La verdad es que no tengo.

—Todo el mundo tiene placeres culpables, Samuel —da un paso más hacia mí, la voz convertida en apenas un susurro—. Cosas secretas que desean pero creen que no deberían tener.

Estamos de pie entre las secciones de novela romántica y misterio, rodeados de historias de amor prohibido y amoríos peligrosos, y Dani Forester me mira como si quisiera escribir unos cuantos capítulos propios.

—Dani —su nombre me sale tenso de la garganta.

—¿Qué? —Pura inocencia, salvo por cómo se le dilatan las pupilas cuando pronuncio su nombre.

Antes de que pueda responder a esa provocación, la señora White aparece por la esquina con un montón de libros devueltos, y mata de golpe el momento que se estaba gestando.

—¡Samuel! ¡Dani! Qué alegría veros —su sonrisa cómplice sugiere que ha notado la escasa distancia entre nosotros, que estamos el uno frente al otro como imanes—. ¿Leyendo juntos?

—Solo estamos mirando —dice Dani con naturalidad, y retrocede, pero no sin antes rozarme el brazo con la mano—. Samuel me estaba enseñando la sección de historia.

—Qué instructivo —el tono de la señora White está cargado de dobles sentidos—. Bueno, no os interrumpo más. Aunque quizá te interese echar un vistazo a las novedades de romántica, querida. Han llegado títulos muy... tórridos últimamente.

El rubor me sube por el cuello mientras la bibliotecaria se aleja con una sonrisa de satisfacción.

—¿Títulos tórridos? —murmuro.

—No lo critiques sin haberlo probado —la sonrisa de Dani es pura picardía—. Las novelas románticas son las que mejor documentan.

—¿Documentan qué?

—¿No te gustaría saberlo?

El desafío en su voz hace que la polla me palpite contra los vaqueros. Esta versión de Dani —audaz, coqueta, sin ninguna vergüenza de lo que quiere— va a ser mi perdición.

Pasamos otra hora curioseando, y me sorprendo fijándome en detalles que no debería notar.

Cómo balancea las caderas inconscientemente al caminar.

La forma en que se muerde el labio inferior cuando se concentra.

Cómo sigue encontrando excusas para tocarme: una mano en mi brazo cuando se ríe, sus dedos rozando los míos cuando me pasa un libro.

Para cuando nos vamos, mi autocontrol pende de un hilo.

—¿Adónde ahora? —pregunta mientras cargamos lo que ha elegido en mi camioneta.

Debería llevarla a casa. Debería acabar con esto antes de hacer algo de lo que ambos nos arrepintamos. En cambio, me oigo a mí mismo decir:

—¿Has estado alguna vez en Ridgeview Point?

Se le iluminan los ojos.

—¿El mirador? No desde el instituto.

—Buena vista del valle desde allí arriba.

—¿Solo del valle?

La pregunta queda suspendida entre nosotros, cargada de implicaciones. Ambos sabemos que Ridgeview Point no es solo por las vistas panorámicas. Es adonde van los adolescentes a enrollarse en el coche, adonde van las parejas cuando quieren intimidad.

—Supongo que lo averiguaremos.

El camino a Ridgeview Point serpentea entre bosques de pinos y curvas cerradas que ascienden sin parar hacia las montañas.

Dani baja la ventanilla, dejando que el aire veraniego le agite el pelo, y me sorprendo lanzándole miradas furtivas, observando cómo el viento hace ondear su vestido alrededor de los muslos.

—Había olvidado lo bonito que es esto —dice cuando llegamos al mirador. Cedar Falls se extiende a nuestros pies, casitas de juguete y carreteras como cintas que se alargan hacia picos lejanos—. Se ve todo desde aquí arriba.

Salimos de la camioneta y ella se acerca a la barrera de piedra que impide que los visitantes se despeñen por la ladera. La vista es espectacular, pero no estoy mirando el paisaje.

Estoy observando cómo la luz de la tarde juega sobre su piel, cómo el viento le ciñe el vestido a unas curvas que me hacen desear tocarla. Cuando se gira para sonreírme, con el pelo revoloteándole en la cara, algo primitivo y posesivo despierta en mi interior.

—Es perfecto —dice.

—Sí. Perfecto.

Pero yo tampoco estoy hablando de la vista.

—Samuel.

Se acerca a mí, acortando la distancia hasta que puedo ver las motas doradas en sus ojos azules.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Dispara.

—Anoche, en la cocina —hace una pausa, armándose de valor—, si mi teléfono no hubiera sonado, ¿qué habría pasado?

La pregunta directa me pilla desprevenido. La mayoría de las mujeres se andan con rodeos en temas difíciles, pero Dani va y lo suelta sin más, con su honestidad característica.

—Dani.

—Quiero saberlo. Porque llevo toda la noche dándole vueltas y necesito saber si me lo imaginé todo.

La vulnerabilidad en su voz me desarma. Aquí tengo a esta mujer increíble, joven, guapa y llena de vida, preguntándome si la deseo. Como si la respuesta pudiera ser otra que sí.

—No te lo imaginaste.

—Entonces, ¿qué habría pasado?

Le estudio el rostro: las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos, los ojos oscurecidos por algo que parece deseo. Estamos solos aquí arriba, rodeados únicamente de pinos y aire de montaña, con esa clase de intimidad que hace que las malas decisiones parezcan inevitables.

—Te habría besado —admito, con la voz enronquecida por la sinceridad—. Ahí mismo, en la cocina de tus padres, te habría besado hasta hacerte olvidar tu propio nombre.

Su brusca inspiración me dice que eso es exactamente lo que quería oír.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque tienes veintidós años y yo tengo edad suficiente para saber que no debo. Porque eres la mejor amiga de Kristie y se supone que debo cuidarte, no aprovecharme de ti.

Me paso una mano por el pelo, dejando que la frustración se me note.

—Porque una vez que empiece a besarte, no estoy seguro de poder parar.

—¿Y si no quiero que pares?

Las palabras me golpean como un puñetazo. No está retrocediendo, no se está haciendo la tímida. Lo está poniendo todo sobre la mesa, obligándome a enfrentar lo que ambos sabemos que está creciendo entre nosotros.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Sé exactamente lo que estoy pidiendo.

Da un paso adelante, eliminando los últimos centímetros entre nosotros.

—Te estoy pidiendo que dejes de tratarme como si fuera demasiado joven para saber lo que quiero. Te estoy pidiendo que me veas como una mujer, no solo como la amiga de Kristie.

Su nombre me sale estrangulado.

—Dani.

—Te estoy pidiendo que me beses como querías hacerlo anoche.

Mi control se hace añicos. Cuatro días luchando contra esto, fingiendo que no la deseo, intentando ser el adulto responsable cuando lo único que quiero es hacerla mía por completo.

—Joder —exhalo, y entonces mis manos se hunden en su pelo y mi boca busca la suya.

Sabe a menta y a posibilidad, a todo lo que me he estado negando durante cuatro años. Cuando sus labios se entreabren bajo los míos, cuando emite un pequeño gemido de satisfacción y se derrite contra mí, estoy perdido.

Este no es el beso tierno y exploratorio que había planeado. Es desesperado, voraz, un grito de deseo contenido. Ella me devuelve el beso con un entusiasmo que hace que la polla se me tense contra los vaqueros, con las manos aferradas a mi camisa como si temiera que fuera a desaparecer.

Cuando por fin nos separamos, los dos jadeamos.

—Joder —susurra.

—Esa boca.

—Joder, Samuel.

Pero sonríe mientras lo dice, con los labios hinchados y los ojos brillantes de satisfacción.

—Guau. Ha sido increíble.

—Un error.

—Y una mierda.

Su voz tiene ahora un filo de acero, una determinación que hace que algo feroz me suba por el pecho.

—Ha sido lo mejor que me ha pasado en años.

—Dani, no podemos.

—¿Por qué no? Dame una buena razón que no tenga que ver con lo que piensen los demás.

La miro fijamente, buscando argumentos que suenan cada vez más vacíos. ¿Porque es demasiado joven? Es licenciada y toma sus propias decisiones. ¿Porque se supone que debo ser el responsable? No me está pidiendo que sea responsable. Me está pidiendo que sea honesto sobre lo que quiero.

¿Porque me aterroriza lo mucho que ya me importa? Eso no es motivo para echarme atrás. Es motivo para tratar con cuidado algo precioso.

—No se me ocurre ninguna —admito.

—Bien.

Se pone de puntillas y vuelve a besarme, más suave esta vez, pero igual de devastador.

—Porque estoy harta de fingir que no quiero esto.

Cuando se aparta, sus manos siguen aferradas a mi camisa, su cuerpo pegado al mío como si ese fuera su lugar.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

—Ahora toca averiguar cómo llevar esto sin destruirlo todo.

Le aparto un mechón de pelo de la cara, asombrado de lo suave que es su piel bajo mis dedos curtidos.

—Pero, Dani, hablaba en serio. Una vez que empecemos, no hay vuelta atrás.

—No quiero volver atrás.

Su voz es firme, segura.

—Quiero seguir adelante. Contigo.

De pie en ese mirador, con Cedar Falls a nuestros pies y Dani Forester en mis brazos, sé que estoy a punto de complicar mi vida de maneras que jamás imaginé. Pero al mirarla, también sé que nunca he deseado nada tanto.

—De acuerdo —digo en voz baja—. Pero lo hacemos bien. Con cuidado. Porque si sale mal...

—No saldrá mal.

Se estira y me da un beso suave en la mandíbula.

—No lo permitiremos.

Su confianza es contagiosa, me hace creer que podemos sortear las complicaciones que nos aguardan. Me hace pensar que quizás, solo quizás, hay riesgos que merecen la pena.

Aunque uno de esos riesgos sea la amistad de mi hija. Aunque otro sea mi reputación en este pueblo. Aunque el mayor riesgo de todos sea enamorarme perdidamente de una mujer veinte años más joven que me hace recordar lo que es sentirse vivo.

Mientras bajamos la montaña con la mano de Dani en la mía, sé que ya no hay marcha atrás.

Para bien o para mal, hemos cruzado la línea.

Y que Dios me ayude, pero en mi vida he estado más seguro de nada.