Epílogo
LA SALA DE ESPERA estaba otra vez abarrotada cuando llegué a mi cita de las tres y cuarto, y para colmo, lo primero que vi en el monitor de la pared fue una entrevista en directo a Elsa Nilsson.
—Esa mujer es mayor, más fea y aburridísima —dijo con desprecio la belleza sueca.
Las cabezas se giraron y las miradas fueron del monitor a dicha mujer mayor, más fea y aburridísima, es decir, yo.
—Estoy convencidísima —continuó la mujer con su inglés de marcado acento— de que fue un matrimonio forzado. Sergei y yo teníamos algo precioso, y estoy segura de que solo es una fiera conmigo...
De repente cambiaron de canal, y la recepcionista vino corriendo hacia mí, con el rostro enrojecido de vergüenza.
—¡Lo siento muchísimo, señora Grachyov!
El ruido en la sala de espera aumentó de golpe, y todo el mundo apartó la mirada.
—No pasa nada, Carla —le aseguré con una sonrisa forzada. Me senté en el último asiento libre, cogí una revista y fingí estar absorta en ella mientras maldecía a la modelo mentalmente. Maldita fuera, tan guapa y delgada, justo cuando yo me sentía como una ballena.
Estaba ya en el último trimestre, y casi sin darme cuenta, mi barriga se había convertido en una bola enorme y dura que parecía pesar una tonelada. Me dolía casi todo el cuerpo, y solo me sentía bien cuando dormía, cuando me bañaba o cuando follaba...
El último pensamiento me hizo sonrojar, y levanté la revista rápidamente para taparme la cara. El embarazo me había vuelto increíblemente sensible y cachonda, y últimamente el multimillonario solo tenía que mirarme y, lo juro por Dios, ya quería tirármelo.
Querer , esa era la palabra clave, porque lanzarme no podía.
Ni siquiera podía ponerme de puntillas, y todas esas limitaciones me estaban volviendo loca de paranoia y celos.
¿Cómo podía el multimillonario ruso seguir queriéndome con esta pinta? ¿Cómo podía seguir queriendo follarse a esto? Sentía que se me cerraba la garganta y tenía la horrible sensación de que iba a echarme a llorar en cualquier momento.
El móvil sonó de repente y rebusqué en el bolso, agradecida por la distracción.
—¿Sí?
—Voy para allá, pchelka .
Sorbí por la nariz.
—No te molestes. Para cuando llegues, ya será tarde.
—Me encanta cuando te pones dramática —murmuró el multimillonario con voz ronca—. Es extrañamente sexy.
—Pervertido.
Pero no pude evitar reírme un poco.
—Nos vemos enseguida, pchelka . Te quiero.
—Lo mismo digo, lyubov maya .
Se rio entre dientes.
—¿Te da vergüenza decir «te quiero» con gente delante?
Colgué sin responder, aunque fuera infantil. Ya estaba acostumbrado, y además, estaba embarazada. Todo el mundo sabe que las embarazadas siempre tienen razón.
Cuando mi doctora salió a saludarme en persona, se sorprendió visiblemente al verme sola.
—¿No la acompaña su marido?
—Solo se ha retrasado un poco, nada más —dije con alegría. Notaba que los demás pacientes me miraban otra vez, y casi podía sentir cómo rezumaban lástima.
Me senté en mi sitio de siempre en la consulta mientras mi doctora se disculpaba para atender una llamada. Cuando volvió, sonreía de oreja a oreja.
—La llevaré a la sala de rayos X, si le parece bien, señora Grachyov.
—Oh.
Me quedé desconcertada.
—¿Por qué necesito una de repente?
—Procedimiento estándar —me aseguró—. No tiene de qué preocuparse, se lo prometo.
—Tendremos que apagar las luces —dijo la doctora después de que me pusiera la bata de hospital—. Es el procedimiento estándar, así que no se preocupe.
Me ayudó a tumbarme en la camilla.
—Relájese. Será rápido e indoloro.
Cuando la doctora se fue, pasó un tiempo indefinido y me quedé dormida. Me desperté al oír que se abría la puerta. Abrí los ojos, adormilada, para ver quién era, y los cerré en cuanto vi que entraba alguien con pijama y mascarilla quirúrgicos.
De pronto, unas manos fuertes me agarraron los tobillos y me quedé paralizada.
¿Esto formaba parte del procedimiento?
Las manos subieron por mis piernas y me colocaron una en cada estribo elevado.
Me dejó incómodamente abierta de par en par, y traté de contener el rubor al darme cuenta de cuánto podía verme el técnico de rayos X.
Una parte de mí quería preguntar si esto era realmente necesario, pero entonces pensé en los titulares que provocaría. ..
Fredericka Spears se comporta como una diva solo porque es la esposa de un multimillonario...
Me obligué a mantener la calma. Es el procedimiento estándar.
El hombre metió las manos entre mis piernas y traté de no tensarme. De vez en cuando, sus manos enguantadas me rozaban la cara interna de los muslos, y cerré los ojos con fuerza al sentir cómo mi coño se estremecía involuntariamente con el contacto.
El hombre me separó los pliegues y cerré los puños.
Cada vez más abiertos...
Dios mío, notaba cómo me mojaba. Estaba tan mal, pero ¿cómo iba a evitarlo si estaba tan sensible?
Y entonces lo sentí...
Un dedo que se deslizaba dentro...
Me incorporé de golpe, a punto de gritar que me estaban violando...
Una mano me tapó la boca y empecé a forcejear.
—Relájate.
Abrí los ojos de par en par al reconocer aquella voz y solté con un hilo de voz:
—¿Sergei?
En vez de responder, el multimillonario se limitó a separar más mis pliegues—
Gemí.
Y entonces lo sentí agacharse justo antes de que su lengua se adentrara en mí.
Grité.
Aun sabiendo que las paredes eran finas y que la gente de fuera podía oírme—
No podía dejar de gritar.
Era tan jodidamente bueno.
Justo cuando estaba a punto de correrme, mi marido apartó la boca, y gemí al oírlo bajarse la cremallera. Un instante después, me penetró con su polla hinchada, y volví a gritar. Se hundía en mí una y otra vez, y Dios, Dios, Dios, no quería que parara. Era tan bueeeeeno——
Nos llegaron voces.
—Esto es escandaloso, absolutamente escandaloso —oí jadear furiosa a alguien, probablemente otra paciente—. ¡No tiene derecho a entrar aquí!
Al reconocer la voz de la Dra. Jacobs, intenté apartar a Sergei y dije con voz débil:
—Para.
Pero eso solo hizo que embistiera con más fuerza, y caí de espaldas sobre la cama.
Imposible , pensé aturdida. Absolutamente imposible pensar cuando me estaba follando tan bien—
—¡Que esta mujer esté casada con Sergei Grachyov no significa que pueda hacer lo que le dé la gana! Seguro que su marido nos agradecerá que expongamos la verdad sobre ella——
—Sra. Thompson, usted no lo entiende——
La puerta se abrió de golpe y se encendieron las luces.
Carla, la Dra. Jacobs y una mujer desconocida irrumpieron en la habitación, todas boquiabiertas de la impresión. Detrás de ellas, más mujeres se detuvieron en seco, con los ojos clavados en el multimillonario y en mí.
Con las piernas en alto y la polla del multimillonario todavía enterrada hasta el fondo dentro de mí, solo podía imaginar qué pinta tendría, y me tapé la cara con las manos soltando un gemido.
Pero el multimillonario no estaba avergonzado. Al contrario, su voz destilaba furia e impaciencia.
—¿Les importa? Todavía tengo que terminar de follarme a mi esposa.
Oí a la gente salir a toda prisa, y luego el portazo.
—Oh, Dios mío, Sergei, tenemos que——
Pero mi grito de consternación se transformó en otro muy distinto. El multimillonario había traído mi pequeño juguete, y lo tenía sobre mi clítoris, vibrando a toda potencia, mientras reanudaba sus embestidas.
DE VUELTA EN LA SALA de espera, las otras futuras madres seguían en sus asientos, debidamente avergonzadas y envidiosas, todas incapaces de dejar de escuchar – y fantasear – mientras el otrora muy serio Sergei Grachyov seguía follándose a su esposa.
Y así, de pronto, lo comprendieron todo.
Que Sergei Grachyov, un hombre antes tan formal, pudiera comportarse así—
Las futuras madres no tardaron en sacar los móviles para tuitear y publicar en sus redes sociales, y en cuestión de minutos #ElsaNilssonMintió se convirtió en tendencia mundial.
Sergei Grachyov era una bestia, tal como había dicho Elsa, pero también estaba claro que ahora era la bestia de su esposa , y que así seguiría.
Fin