Capítulo Siete
Fredericka
LA AMISTAD APESTA. Me quedé mirando el espejo, sabiendo que ni todo el maquillaje del mundo podría ocultar mis ojos hinchados, resultado de haberme dormido llorando.
Dios, qué vergüenza. Era una adulta hecha y derecha, y estaba llorando por un tío con el que ni siquiera salía.
¿Tenía veintinueve años o iba para trece?
Me lancé una mirada fulminante en el espejo. Contrólate, Fredericka Spears. ¿Y qué si había llorado anoche? Solo era... solo para tachar otro punto de nuestra lista de cosas por hacer entre mejores amigas.
Hacernos llorar la una a la otra.
Eso era todo.
Apartándome a regañadientes, terminé de cambiarme y opté por una sudadera negra con capucha y mallas para correr.
Si no fuera porque Sergei me había enviado un mensaje hacía una hora, me habría hecho la tonta y habría dado por hecho que la carrera matutina de hoy, programada hacía una semana, estaba cancelada.
La verdad es que no tenía ganas de verlo, sabiendo que seguía saliendo con Madeline Carter.
Pero eso no significaba que estuviera celosa, pensé a la defensiva mientras bajaba las escaleras corriendo. Solo estaba... decepcionada de que mi amigo saliera con una mujer que una vez había despotricado públicamente contra los musulmanes, comparándolos con plagas que había que exterminar.
Fuera de mi apartamento, encontré a Sergei vestido con una chaqueta deportiva negra y pantalones a juego, mil veces más guapo y elegante de lo que yo podría llegar a estar nunca. Lo miré y el corazón volvió a latirme con fuerza, pero esta vez de dolor.
¿Habría pasado la noche con Madeline Carter?
El multimillonario dio un paso hacia mí.
—Dobroye utro.
—Buenos días.
La breve sonrisa del multimillonario se desvaneció ante mi tono seco.
Empezamos a correr, dando vueltas a la manzana en silencio antes de dirigirnos al parque. La mayoría de los multimillonarios que conocía –o al menos sobre los que había leído– iban con un montón de guardaespaldas a todas partes, pero Sergei era diferente.
O más bien Rockton, California, era diferente.
Cada centímetro de la ciudad pertenecía directa o indirectamente a los Grachyov, y los lugareños sabían perfectamente que les debían su sustento al clan ruso.
En esta ciudad, los Grachyov eran dioses.
Nadie se atrevía a acercarse a ellos sin motivo, ni había nadie tan tonto como para siquiera plantearse hacerles daño.
Miré de reojo al dios que corría a mi lado.
¿De verdad éramos solo amigos?
¿Y se habría acostado con Madeline la noche anterior?
La pregunta me atormentó durante toda la hora que estuvimos corriendo e hizo imposible que mantuviera una conversación normal con el multimillonario.
Cada vez que hablaba, imaginaba esa misma voz susurrándole ternuras al oído a la modelo, y el corazón se me encogía tan dolorosamente que apenas podía respirar.
Cuando volvimos a mi casa, Sergei insistió en acompañarme hasta la puerta como siempre. Pero cuando lo invité a pasar, negó con la cabeza y dijo que tenía un desayuno.
—¿Con Madeline?
Las palabras se me escaparon antes de que pudiera contenerme.
El multimillonario me miró con su hermoso rostro inescrutable.
—¿Y qué si lo es?
Mierda. Mierda. Mierda.
—¿Te la tiraste anoche?
Me oí preguntar con voz tensa. Sabía que me estaba preparando para más dolor, pero al menos habría un cierre. Estaba tan cansada de pensar y esperar lo imposible. Solo quería oírle decir la verdad para poder pasar página.
Pero el multimillonario siguió mirándome con la mandíbula apretada, y fue entonces cuando vi la furia fría en su mirada oscura. Parpadeé desconcertada y tartamudeé su nombre, preguntándome por qué estaría enfadado.
—¿S-Sergei?
Me dio la espalda sin decir palabra, y cuando me di cuenta de que de verdad se iba así, sin más, alargué la mano hacia él por instinto.
—Espera.
Mis dedos se cerraron en la manga de su chaqueta.
—Sergei...
Se giró hacia mí con los ojos ardiendo y mi voz se apagó.
—¿Qué derecho tienes a hacer esa pregunta —siseó— cuando solo somos amigos?
Oh.
—¿Por qué iba a importarte siquiera —gruñó el multimillonario en voz baja— cuando está claro que piensas que Julian Alexeyev puede ayudarte más?
De repente avanzó hacia mí con una mirada salvaje y retrocedí sin querer; el corazón me dio un vuelco cuando mi espalda chocó contra la puerta.
—Sergei...
—Voy a responder a tu pregunta solo esta vez —dijo con voz áspera—, pero después de esto, no vuelvas a preguntármelo. Porque fuiste tú quien quiso esto.
Ah.
Quería apartar la mirada, pero sus ojos oscuros ya habían atrapado los míos y no había forma de protegerme de sus palabras.
—Fuiste tú quien pidió que fuéramos amigos .
Y por cómo me miraba el multimillonario, ya tenía mi respuesta. Y dolía.
Me di la vuelta con el corazón encogido y murmuré con dolor:
—No quiero seguir hablando.
Busqué la cerradura a tientas, desesperada por entrar antes de que dijera algo más hiriente. La llave entró y mi cuerpo se estremeció de alivio. Solo un segundo más , pensé febrilmente, y no tendría que saber...
—Sí —dijo Sergei detrás de mí con voz ronca—. Me la tiré.
La mano me cayó inerte a un lado y la puerta se abrió sola.
No.
No podía haber oído eso.
Que alguien me hiciera olvidar que había oído eso.
Cerré los ojos con fuerza mientras la parte patética de mí deseaba que los humanos pudiéramos provocarnos amnesia a voluntad.
Se la había tirado.
Se la estaba tirando.
Probablemente nunca había dejado de tirársela, y yo... yo no tenía derecho a quejarme.
Porque era lo que él había dicho. Yo lo había pedido.
—Di algo —gruñó el multimillonario a mi espalda, y me entraron ganas de soltar una carcajada histérica. ¿Qué iba a decir?
—Fredericka... —Sus dedos rozaron mi brazo.
—¡No! —Retrocedí violentamente, con la piel erizada ante su contacto. No me importaba si no tenía sentido. Solo sabía que no podía soportar que sus dedos me tocaran, sabiendo que esos mismos dedos habían acariciado la piel de otra mujer——
El pensamiento me destrozó el corazón y negué frenéticamente con la cabeza.
—Tengo que irme. —Sin mirar atrás, entré tambaleándome en mi apartamento y cerré de un portazo, apoyando la espalda contra la puerta.
Logré echar el cerrojo antes de deslizarme hasta el suelo, mientras toda mi energía se desvanecía en un instante.
Miré a mi alrededor sin ver nada, con la mente aún atrapada en un mundo de pesadilla donde solo veía al multimillonario haciendo el amor con Madeline Carter una y otra y otra vez.
Tú te lo buscaste, Fredericka Spears.
Respiré con dificultad, obligándome a calmarme. No podía dejar que me afectara. Esto era lo que yo quería. Así era como me protegía... pero, Dios, ¿cómo podía doler tanto ir a lo seguro?
EL RESTO DEL FIN DE SEMANA pasó como en una nebulosa. No podía recordar qué había hecho; solo sabía que el tiempo había volado sin que me diera cuenta. El domingo por la noche me sentía como un zombi y estaba en la cama a las siete de la tarde, letárgica y entumecida.
Si hubiera tenido las llaves de la oficina, habría ido allí en un instante a trabajar como una loca. Necesitaba algo que me mantuviera ocupada. Cualquier cosa para quitarme de la cabeza que Sergei Grachyov se había estado follando a otra mujer mientras era mi... amigo.
Mantuve los ojos bien abiertos al pensarlo, sabiendo que si me permitía parpadear, se acabaría todo y no podría contener las lágrimas.
Sergei, Sergei, Sergei.
Me dolían el corazón y el cuerpo, pero no era el mismo dolor. No había forma de aliviar el del corazón, pero mi cuerpo se sentía inquieto... me dolía en distintos lugares, anhelando un tipo particular de calor——
Un atisbo de pensamiento se deslizó insidiosamente en mi mente, y en cuanto se afianzó, no hubo forma de olvidarlo. No hubo forma de fingir que esa posibilidad no existía.
Me estiré en la cama, aún más inquieta, incómodamente acalorada a pesar de que el aire acondicionado estaba a tope. Miré a mi alrededor en la oscuridad y tragué saliva al pensar en lo que estaba considerando.
¿Podía hacer esto? ¿De verdad podía hacer esto?
Incluso con la habitación sumida en la más absoluta oscuridad, me sentía completamente expuesta, y con nerviosismo alcancé las sábanas para subírmelas hasta el cuello.
Solo entonces permití que mis piernas se separaran lentamente, más y más, hasta quedar completamente abiertas, y obligué a los pliegues de mi coño a abrirse.
La posición era incómoda y excitante, y se me encendió la cara al darme cuenta.
La culpa se agitó en mi interior, pero aun así ya no podía detenerme.
Mi mano se deslizó por el cuerpo, que se tensó cuando mis dedos rozaron el pezón.
Mientras mi mano continuaba su descenso, sentía cómo ambos pezones se ponían erectos, y la culpa se intensificó.
Esta vez no había forma de ocultar que me estaba dando placer.
Apreté los ojos con más fuerza.
Sergei.
Ambas manos comenzaron a moverse mientras fingía que era el multimillonario ruso quien acariciaba mi cuerpo.
Me ahuequé el pecho mientras la otra mano acariciaba los pliegues sobre las bragas, que ya estaban pegajosas y empapadas de deseo.
Comencé a pellizcarme los pezones, tan fuerte como imaginaba que lo haría Sergei Grachyov, y un gemido escapó de mi garganta.
Se sentía tan bien.
Esto se sentía tan, tan bien.
Los dedos sobre el coño se movieron hacia arriba, justo encima del clítoris tembloroso e hinchado. Imaginé a Sergei sujetando ese pequeño botón de carne, y mis dedos se movieron como lo harían los suyos. Comencé a frotarme, lentamente al principio y luego más rápido y más fuerte.
Aaaaaaaaaah.
Me apreté el pecho con fuerza.
Sergei. Oh, Dios, Sergei.
Comencé a pellizcarme los pezones mientras continuaba el dulce tormento sobre el clítoris. Era el cielo y el infierno, pero nunca quise que terminara.
Sergei, Sergei, Sergei.