Enamorada de un hombre despiadado (Equivocado para ti) Capítulo Dos
60%

Capítulo Dos

Fredericka

INVÍTAME A ENTRAR.

Las palabras de Sergei Grachyov resonaban sin cesar en mi mente mientras abría la puerta con llave.

—Bueno, aquí estamos.

Me salió un graznido tembloroso, y las preguntas se agolpaban en mi cabeza mientras él pasaba junto a mí. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué lo dejaba entrar?

No tenía ni idea de cómo responder a eso. Hacía un momento me estaba ayudando a bajar de su Rolls Royce cupé, y yo pensaba con bastante alivio que por fin podría empezar a olvidar que este hombre existía. Pero entonces me había mirado con esos ojos de voy-a-follarte—

Invítame a entrar.

Tres palabras simples, y sin embargo había algo en la forma en que Sergei Grachyov hablaba que me revolvía las entrañas.

Y esos ojos—

Dios, esos ojos tan oscuros que me hacían pensar en follar, follar, follar—

Me di unas palmadas en las mejillas, horrorizada para mis adentros por el rumbo de mis pensamientos.

—¿Pasa algo?

Ignorando el brillo de complicidad divertida en sus ojos, bajé las manos de inmediato, murmurando:

—N-nada.

Se estaba riendo de mí, el muy idiota . La frustración me hizo caer en un viejo hábito, y cerré la puerta de una patada sin pensar.

Los ojos de Sergei brillaron aún más.

Mierda. Se me encendieron las mejillas al darme cuenta de que prácticamente había hecho un berrinche delante de él.

—¿Segura de que todo va bien?

Su voz sonaba de lo más educada, pero la forma en que me miraba me decía que se estaba riendo de mí.

Levanté la barbilla.

—Perfectamente.

Y lo estaba.

No me importaba lo que pensara de mí.

¡No me importaba!

Mientras intentaba convencerme de ello, conseguí esbozar una sonrisa radiante para Sergei y preguntar:

—Entonces... ¿quieres, eh, algo de beber?

—Un café estaría bien.

Casi me quedé boquiabierta mientras soltaba: ¿En serio? Yo también era adicta a la cafeína, y según mi humor, tomaba té o café incluso por la noche. Que tuviera algo así en común con Sergei Grachyov me hacía sentir tan, tan—

Eufórica.

Parpadeé al darme cuenta.

¿Eufórica?

Quería matarme por ello. Tenía veintinueve años, por el amor de Dios. No tenía derecho a ponerme eufórica como una adolescente. Me aclaré la garganta y murmuré a modo de advertencia:

—Solo tengo instantáneo.

—Me parece perfecto.

—Oh. Vale.

Mierda. Había esperado que resultara ser un esnob y rechazara mi oferta.

Di un paso adelante, pero él no se movió, bloqueándome el paso.

—Umm... ¿perdona?

Como seguía sin moverse, levanté la vista—

MIERDA.

Esa mirada había vuelto a sus ojos.

Esa mirada de quiero-follarte .

—Seguro que cabemos —murmuró con pereza.

Sí, cabríamos... pero solo si dejaba que nuestros cuerpos se rozaran.

Y él lo sabía.

—¿Por qué no te apartas? —exigí.

—¿Por qué no pasas tú? —replicó sin inmutarse.

¡Porque...!

En lugar de responderle, pegué la espalda a la pared y, haciendo caso omiso de su ceja enarcada, fui deslizándome de lado para pasar junto a él, conteniendo incluso la respiración para asegurarme de que ni una sola parte de nuestros cuerpos entrara en contacto.

Sergei Grachyov soltó una carcajada.

Aunque se me encendieron las mejillas, seguí avanzando de lado, diciéndome que no me importaba que se riera de mí.

Es más, el sonido de su risa, tan pecaminoso como melodioso, era una prueba más de que hacía bien en ir sobre seguro. Este hombre me venía muy, muy, muy grande, y cuanto antes me librara de él, mejor.

Salí disparada hacia mi diminuta cocina e intenté ignorar cómo sus ojos casi negros seguían cada uno de mis movimientos, intenté que mi corazón dejara de latir tan deprisa, como si la velocidad fuera cuestión de vida o muerte.

Eres una abogada sensata y razonablemente inteligente de veintinueve años, Fredericka Spears , gemí para mis adentros mientras abría el armario y cogía los botes de café y azúcar. Que Sergei Grachyov esté bueno no te da excusa para comportarte como una idiota delante de él.

Al agacharme para sacar un cartón de leche de la nevera, lo oí murmurar:

—Solo una cucharadita de azúcar, por favor.

Me incorporé y asentí sin mirarlo:

—Entendido.

Pero mientras tanto pensaba: Sergei Grachyov era goloso. Otro descubrimiento nuevo, y me invadió otra oleada absurda de euforia.

Me mordí el labio con fuerza para no sonreír como una boba ante ese lado inesperadamente tierno del multimillonario.

¡Deja de obsesionarte con el tío, Fredericka Spears!

Preparé el café en menos de un minuto y me di la vuelta para mirarlo de frente, con dos tazas humeantes en las manos—

Oh.

Sergei estaba de pie en el centro de mi salón; su perfil componía una estampa elegante con aquel traje de tres piezas. Parecía estar estudiando los cuadros enmarcados en mis paredes, y con su ancha espalda vuelta hacia mí, no pude resistir la tentación de observarlo.

Su altura imponente hacía que cada metro cuadrado de mi ya de por sí abarrotado piso pareciera aún más agobiante de lo habitual, y como medía bastante más de metro ochenta, no podía evitar la sensación de que el techo bajo de mi apartamento podría desplomarse sobre nosotros en cualquier momento.

Lo miré fijamente, buscando en vano alguna imperfección, pero no la había. Este hombre era... perfecto. Entonces, ¿qué hacía aquí?

Como si percibiera mi escrutinio silencioso, se volvió hacia mí, y mis dedos se apretaron involuntariamente alrededor de las tazas al contemplar el despliegue completo del cuerpo poderosamente musculoso del multimillonario.

A pesar de la formalidad de su ropa, el aire que lo rodeaba resultaba de algún modo salvaje y sofisticado a la vez—

«¿Qué hacía un hombre así en mi apartamento?», me pregunté tragando saliva.

Durante el silencioso viaje a casa, había buscado a Sergei Grachyov en el móvil a escondidas, pensando que su nombre me sonaba porque quizá me lo había cruzado en mi trabajo.

Pensaba en conexiones con la mafia rusa o quizá en alguien implicado en una gran estafa piramidal, pero resultó ser algo más intimidante y completamente ajeno a todo eso.

Para empezar, era multimillonario, un multimillonario «legítimo», y no de los que yo perseguía para meterlos entre rejas.

Era un multimillonario que podía tener a cualquier mujer que quisiera, y sin embargo—

¿Qué hacía este tipo en mi apartamento?

Lo miré con una frustración nada elegante.

Él me devolvió la mirada, elegantemente divertido.

—Fredericka.

Casi di un salto; su tono suave me pilló desprevenida. —¿S-sí? —Intenté no pensar en cómo su marcado acento ruso envolvía tan sensualmente cada sílaba de mi nombre.

—¿Puedo tomar mi café mientras me miras?

Oh.

Mierda.

—No te estaba mirando —mentí... quiero decir, murmuré.

Riendo entre dientes, se acercó, y me apresuré a colocar su taza y la mía en lados opuestos de la mesa antes de sentarme junto a la nevera. Era una silla plegable de plástico que había conseguido gratis en Craigslist, la única que cabía en el espacio abierto de mi apartamento.

Sergei cogió la taza, todavía de pie, y dio un sorbo. —Está bueno.

—Gracias —dije con duda. Para mí el instantáneo estaba bien, pero dudaba que pudiera compararse con el café al que él estaba acostumbrado—. Puedes, eh, sentarte, ¿sabes? —Señalé la silla frente a mí, pero el multimillonario se sentó a mi lado.

Nuestras rodillas chocaron bajo la mesa, y el contacto fue como si me explotara una bomba en el pecho.

¡GAH!

Aparté las piernas y fingí no ver su sonrisa de suficiencia.

Compórtate como una adulta, Fredericka Spears.

—¿Todo bien? —preguntó el multimillonario con tono perezosamente divertido.

—Deja de preguntarme eso —murmuré. Tenía que saber que no estaba bien, tenía que notar que el calor palpable de su presencia me hacía sentir todo tipo de cosas locas. Era increíble lo mucho que se parecía a Julian Alexeyev físicamente y, sin embargo, me hacía sentir algo tan distinto.

Con el profesor, soñaba despierta con tomarnos de la mano, con pasar la eternidad en un mundo de arcoíris y rosas.

Pero con este hombre—

—Solo estoy preocupado, «pchelka». —El apelativo cariñoso, pronunciado en un tono bajo y acariciador, me pilló desprevenida. Quizá era porque a la mayoría de la gente le parecía distante o mordaz, pero ningún hombre me había llamado nunca con un apodo cariñoso.

Hasta Sergei Grachyov.

El pulso se me aceleró cuando nuestras miradas se encontraron y, mientras la sangre me subía a la cabeza, apreté las manos bajo la mesa en un intento instintivo de controlar la reacción de mi cuerpo.

«Exagerado», pensé mortificada. Era totalmente exagerado lo fácil que me afectaba cualquier cosa que dijera este hombre. .. pero era lo que era.

Cuando miré de reojo a Sergei, me observaba con expresión especulativa, casi calculadora, y mi inquietud aumentó.

—¿Eres así con todos los hombres —murmuró de repente— o solo conmigo?

Me limité a mirarlo. ¡Ja! Como si fuera a darle la respuesta que quería oír, aunque probablemente ya había adivinado la verdad.

El multimillonario se recostó en el asiento con los labios curvados, y tuve la desagradable sensación de que se estaba riendo de mí otra vez, como si ya supiera la respuesta a su pregunta y le pareciera gracioso que yo creyera poder ocultarle algo así.

—¿Conociste a Julian Alexeyev a través de Tropinka?

La pregunta me pilló por sorpresa, y respondí con cautela: —Así es.

Entrecerró los ojos. —¿Y cuánto hace que lo conoces?

—¿Alrededor de un año? —No veía problema en responderle con sinceridad, pero no pude evitar preguntarme por qué le interesaba tanto.

Quizá pensaba que yo era una de esas mujeres que solo querían al profesor por su dinero.

Julian había hablado de ese tipo de mujeres con desdén, la única vez que me había atrevido a llevar la conversación hacia sus líos amorosos.

—Ya veo. —Hizo una pausa y luego preguntó de golpe—: ¿Te gusta?

Abrí y cerré la boca mientras sentía que el aire a nuestro alrededor cambiaba de repente.

—¿Te gusta? —Su tono se había endurecido, pero fue su mirada lo que me hizo tragar saliva.

Quiero follarte.