Tiempo Presente #11
El príncipe se volvió de repente hacia Fawn, y su mirada verde esmeralda encontró infaliblemente la de ella.
Santo. Cielo.
La habían pillado.
—H-hola —balbuceó—. Príncipe.
Él esbozó una sonrisa.
—Hola.
Hizo una pausa.
—Por cierto, estás babeando.
Fawn ahogó un grito y se llevó la mano a los labios automáticamente.
El príncipe sonrió con suficiencia.
—Era mentira.
—¡Príncipe!
No sabía si darle un puñetazo o salir corriendo muerta de vergüenza.
—Pero supongo que si te lo has creído, es que disfrutabas mucho de las vistas.
—¡No!
—¿De verdad?
—¡Sí!
Y, Dios mío, ¿por qué solo era capaz de hablar a base de exclamaciones?
—¡Para ya! ¡Vale!
Y, Dios mío, ¡lo! ¡seguía! ¡haciendo!
—De acuerdo, parthena mou , paro.
El brillo burlón de su mirada contrastaba con su tono tranquilizador.
Mientras él cogía la toalla y empezaba a secarse, supo que tenía que marcharse ya.
Pero no podía.
Las piernas se negaban a obedecerla.
Lo observó terminar de secarse y tirar la toalla sobre la mesa.
Por favor, coge el albornoz , pensó. Por favor, por favor, coge el albornoz y tápate...
El príncipe echó a andar hacia ella. Sin el albornoz.
...y estaba muerta.
Muerta del todo.
Cuando llegó hasta ella, con su figura alta y poderosa ocupándole todo el campo de visión, Fawn le espetó:
—Prometiste que n-no me seducirías.
Al príncipe se le escapó una carcajada.
—No lo estoy haciendo.
Fawn vio que no mentía y casi se murió de vergüenza. Dios mío, si esto no era seducirla, ¿cuánto mejor... no, peor... sería cuando lo hiciera de verdad?
Theo. La forma en que ella lo miraba hizo que el príncipe apretara los dientes, luchando contra el impulso de atraerla de nuevo a sus brazos para que supiera exactamente lo que era cuando él se proponía seducirla en serio.
Eso era lo que quería hacer, lo que su cuerpo se moría por hacer.
Pero no podía.
Porque se lo había prometido, y aquel maldito diamante que centelleaba en su mano izquierda era un recordatorio innegable de que romper su palabra también acabaría rompiéndola a ella.
—Será mejor que me vaya —dijo ella por fin, y casi hizo una mueca al oír lo entrecortada que le había salido la voz.
Cuando el príncipe se limitó a asentir, se dio cuenta con sorpresa de que una parte de ella había esperado —y deseado— que él le impidiera marcharse.
Se le revolvió el estómago ante aquella revelación, y Fawn se dio la vuelta a toda prisa para bajar las escaleras corriendo, con la sensación de que intentaba engañarse a sí misma creyendo que huía de sus problemas.
El príncipe la vio marcharse con la mandíbula apretada.
Cómo caen los poderosos , pensó con desprecio hacia sí mismo.
Se suponía que ella iba a ser solo una novedad, un desafío, porque le parecía tan jodidamente atractivo Grant Bennett, mientras que a él parecía no verlo ni en pintura.
Entonces, le había importado un carajo arruinar su relación con Grant, le había importado un carajo que traicionar a su prometido pudiera destrozarla para siempre.
Pero ahora.
Sí le importaba.
Y eso le tenía las manos atadas.
No podría dar ningún paso con ella hasta que rompiera por su cuenta con Grant Bennett.
PASÓ EL TIEMPO, Y UN acuerdo tácito se estableció entre el príncipe y su cervatilla. Él dejó de hablarle, y ella dejó de mirarlo. Pero aun así, había cosas que no podían negar.
Cosas que lo empujaban a darse duchas frías cada noche, y cosas que la hacían revolverse en la cama...
Cosas que lo llevaban a darse placer cuando el deseo se volvía imposible de ignorar, y era una cervatilla de ojos castaños la que imaginaba en su mente, cabalgándolo, con su largo y sedoso cabello rubio derramándose por su esbelta espalda.
Y por último, cosas que la empujaban a aferrarse aún más desesperadamente a Grant, pero su silencioso grito de atención caía en saco roto mientras el hombre al que había amado primero se volvía cada vez más distante.
Te quiero.
Te echo de menos.
¿Sigues enfadado conmigo?
Fawn había perdido la cuenta de los mensajes que le había enviado, de las llamadas que habían quedado sin respuesta. Pero aun así, no se permitía perder la esperanza.
Las cosas volverían a estar bien.
Puede que esto fuera solo el karma en acción, puede que el destino la estuviera castigando por sentirse atraída por otro hombre.
Pero seguro que algún día la perdonarían, ¿no?
Seguro que algún día recuperaría a Grant, ¿no?
Seguro que algún día podría mirar al príncipe sin que el corazón le latiera desbocado, ¿no?
Fue en el cuarto mes de Fawn al servicio del príncipe cuando estas cosas cambiaron una vez más. Era fin de semana, y Fawn había aprovechado de nuevo la oportunidad de hacer horas extras, no porque necesitara el dinero, sino sobre todo porque le permitía escapar de la realidad.
Mientras avanzaba por el pasillo, la última zona que quedaba por fregar, cogió la fregona y estaba a punto de pasarla cuando lo oyó.
Fawn palideció.
Otra vez no.
Tenía que estar soñando. Quizá estaba demasiado cansada, quizá estaba demasiado deprimida, pero era imposible que...
Otra carcajada.
Dios mío, ¡este lugar sí que estaba embrujado!
Cuando lo escuchó por tercera vez, Fawn supo que provenía de la pared justo frente a ella, lo que confirmaba aún más que estaba oyendo un fantasma. Con el corazón martilleándole en el pecho, dio un paso adelante.
—¿H-hola? —Su voz resonó en la sala de estar.
Tocó la pared.
Y jadeó.
Porque en lugar de un fantasma, había encontrado una entrada oculta: la pared se abrió y reveló un tramo de escaleras.
«No debería bajar. Todas las películas de terror que he visto me dicen que sería un suicidio».
«Me alegra que lo sepas».
«Pero necesito averiguar qué es ese sonido».
«¡Fawn!»
«¡Lo siento!»
Con la decisión tomada, puso fin a su conversación interna y cerró los ojos.
«Dios, protégeme».
El descenso fue lento, arduo y angustiante por la oscuridad. A cada segundo esperaba perder el equilibrio y caer rodando hacia vete tú a saber dónde. Pero de algún modo, Fawn logró llegar al final de los escalones.
Tanteó el suelo con el pie antes de dar un paso cauteloso.
Más oscuridad la aguardaba, pero las carcajadas también se hicieron más fuertes.
«La curiosidad mató al gato, Fawn».
«Pero ¿y si hay otra chica herida como la última vez? ¿Y si el príncipe no logró atrapar a todos los malhechores en sus fiestas? ¿Y si es un fantasma que busca justicia?»
Siguió caminando a ciegas.
Otra carcajada.
Dios, aquello le daba unas ganas tremendas de salir huyendo aterrorizada.
—¿H-hola?
Las luces se encendieron y se encontró frente a una mujer con cicatrices entrecruzadas en el rostro, antaño hermoso, que le sonreía desde detrás de una celda con barrotes de acero.
Fawn gritó.
DÉJÀ VU , pensó Fawn mientras se encontraba una vez más acurrucada en la silla frente al escritorio del príncipe, temblando de miedo, mientras él le ordenaba en silencio que bebiera brandy. Esta vez, ni siquiera pensó en negarse.
Se lo bebió de un trago y, como no había aprendido de la vez anterior, acabó atragantándose aún más.
—Te lo mereces —dijo el príncipe sin compasión—. Tenías que beberlo a sorbos, parthena mou .
—Eras más amable antes —murmuró ella.
—¿Perdón?
—Mi primer susto —le dijo con voz trémula mientras le devolvía el vaso vacío—. Eras mucho más amable.
—Ah —el príncipe ocupó también su lugar habitual, sentándose en el borde del escritorio—. Eso fue porque te di el beneficio de la duda.
—¿Para qué?
—Por tener cerebro —le lanzó una mirada de desdén—. Pero está claro que no lo tienes.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿De verdad me estás echando la culpa a mí?
—Sí, te estoy echando la culpa —gruñó. Incluso ahora, el corazón aún no le latía con normalidad y todavía no podía quitarse de la cabeza el sonido de su grito aterrorizado.
Fawn estaba incrédula.
—¿Y cómo va a ser culpa mía?
—Porque esto no habría pasado —siseó— si no hubieras dejado que la curiosidad te venciera desde el principio.
—¿Hablas en serio? —jadeó—. ¡Lo tienes al revés!
¡Esto no habría pasado si no tuvieras tantos malditos secretos que ocultar!
¡En serio! —los fue contando con los dedos—.
Uno: tienes una mazmorra – una mazmorra, Dios mío – como sótano.
Peor aún, dos: tienes a una mujer prisionera en tu mazmorra.
Y lo peor de todo, tres: ¡esa mujer está loca de remate e intentó estrangularme!
Se le quebró la voz.
Se miraron, y cuando los labios de ella empezaron a temblar, el príncipe contuvo una maldición. ¿Cómo diablos podía seguir enfadado – aun sabiendo que tenía derecho a estarlo – cuando ella tenía esa expresión?
—Lo siento —dijo en voz baja.
La disculpa la pilló por sorpresa y, antes de darse cuenta, ya estaba llorando; las lágrimas la fueron aliviando poco a poco del terror.
El príncipe se sentó frente a ella, la levantó a la fuerza para sentarla en su regazo y, haciendo caso omiso de sus débiles forcejeos, le apretó la cabeza contra el pecho.
—Lo siento.
Aquellas palabras hicieron que dejara de forcejear, y se encontró llorando aún más fuerte.
—Estaba t-tan asustada.
—Lo sé. Lo siento.
La dureza de su tono atravesó la conmoción de Fawn, que luchó por controlarse. Se sorbió las lágrimas y alzó la mirada hacia él.
—Yo también lo siento. Sé que no fue culpa tuya.
—Sí lo fue.
—No lo fue.
—¿Nunca estaremos de acuerdo en nada?
El tono del príncipe era sardónico, pero su mirada era tierna, y fue eso lo que hizo que a ella le temblaran los labios de nuevo. Con los ojos brillantes por las lágrimas que luchaba por contener, Fawn esbozó una sonrisa trémula y encantadora.
—P-probablemente.
Ah.
¿Tenía ella idea de cómo estaba en ese momento? A cualquier hombre se le habría perdonado besarla, y él estaba tentado.
Y Dios, cómo lo estaba.
Tremendamente tentado.
El príncipe respiró hondo, se obligó a levantarla de su regazo y volvió a sentarla en su silla.
Se miraron; los ojos de ella estaban llenos de preguntas.
Cuando el príncipe por fin habló, lo hizo con voz deliberadamente neutra.