Enamorada de un hombre despiadado (Equivocado para ti) Tiempo Presente #2
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Tiempo Presente #2

¿Cómo era posible que estuviera allí? ¿Acaso los multimillonarios tenían el don de moverse sin hacer ruido?

Cuando el príncipe enarcó una ceja, Fawn se dio cuenta de que seguía mirándolo boquiabierta.

Se puso roja y tartamudeó: —B-buenas noches, príncipe.

— Ahora, por favor, vete , pensó desesperada.

No era que le tuviera miedo al príncipe, pero le resultaba demasiado peligroso.

Algo en su interior parecía activarse en cuanto él estaba cerca, y le provocaba un hormigueo por todo el cuerpo.

Era verdaderamente alarmante, nunca mejor dicho.

—Ahora estás frunciendo el ceño.

Sus palabras hicieron que se apresurara a componer una sonrisa.

—Pareces un payaso.

Lo intentó una vez más.

—Ahora pareces una psicópata, pero servirá. —Su voz se volvió enérgica—. ¿No estás disfrutando de tu trabajo aquí?

Fawn negó rápidamente con la cabeza, se dio cuenta de que podría malinterpretarse y asintió. Luego se dio cuenta de que eso también podría malinterpretarse y graznó: —D-disfruto mucho de mi trabajo aquí.

—Es difícil saberlo —murmuró el príncipe tras un instante— después de que casi me mataras echándole sal a mi café.

¡Porque me pusiste nerviosa con esa forma de mirarme sin parar!

Ella murmuró:

—Lo siento, príncipe.

—No te he visto por aquí desde entonces.

Solo pudo esbozar una sonrisa débil. Lo había estado evitando.

Tras el fiasco de su primer día, Fawn estaba convencida de que no sobreviviría en el trabajo si seguía topándose con el príncipe.

Desde entonces, se había esforzado por conocer el horario y los movimientos del príncipe, asegurándose de no tener que trabajar nunca cerca de él.

Y lo había logrado... hasta ahora.

—Me hace pensar que me estás evitando.

Fawn sintió ganas de vomitar ante la pregunta directa. María, Jesús y José , ¿la había descubierto? Le lanzó una mirada cautelosa y casi se desploma.

¡Él sabía que lo estaba evitando!

El príncipe la miraba con curiosidad, y ella sabía que esperaba una respuesta. Lo sabía, pero no quería dársela, porque cuando estaba nerviosa, tendía a...

El príncipe enarcó una ceja.

—Nunca, príncipe. Nunca podría, o sea, en serio, nunca.

Tendía a hacer eso .

Parlotear.

—En realidad solo te estaba dando, umm, ¿ un amplio margen ? No es que esté diciendo que sea porque estés gordo porque obviamente no lo estás, y hablo por experiencia porque te he visto medio desnudo más veces de las que he visto a mi propio novio...

Al darse cuenta de lo que acababa de dejar escapar, Fawn se puso roja y se calló.

El príncipe estaba visiblemente atónito.

—¿Estás diciendo la verdad?

—¿Sobre qué, príncipe?

Con sus ojos verde esmeralda clavados en ella, el príncipe dijo con amabilidad:

—Deberías saber que despido a la gente que me obliga a repetirme.

Dulce Jesús, protege mi trabajo.

Con una mueca, tartamudeó:

—Es verdad, príncipe.

—¿Tu novio es gay entonces?

—¿Qué? ¡No!

Negó con la cabeza, incrédula, pensando que realmente era el Príncipe de la Oscuridad por asumir de inmediato que Grant tenía que ser gay solo porque le gustaba quedarse vestido.

—¿Entonces por qué?

¿La despediría si le decía que le estaba preguntando algo que no tenía nada que ver con el trabajo?

—Sí —dijo el príncipe.

Ella lo miró boquiabierta.

—¿Acabas de leerme la mente?

¡Realmente era el Príncipe de la Oscuridad!

Idiota , pensó el príncipe. Su cara era demasiado fácil de leer. Preguntó con impaciencia:

—¿Entonces por qué?

—¿P-por qué quieres saberlo siquiera? —preguntó ella, desvalida.

—Curiosidad quizás —respondió él encogiéndose de hombros—. O aburrimiento.

Se preguntó si él sabía lo insultante que sonaba aquello y pensó: Probablemente . No era como si insultarla fuera a afectar en algo la conciencia a prueba de golpes del príncipe. Dijo con reticencia:

—Porque me r-respeta.

O al menos eso era lo que le gustaba decirse a sí misma últimamente.

Así que todavía existían chicas como esta , pensó él. Puras como la nieve recién caída, convencidas de que podían guardar su virginidad hasta llegar al altar.

Idiota , pensó de nuevo.

—¿P-puedo irme ya?

—Por supuesto... parthena mou .

Lo último fue involuntario, pero como no pudo recordar su nombre en ese momento, el príncipe decidió usar el primer término que le vino a la mente para describirla.

Se dio la vuelta y agarró con fuerza el trapeador como si fuera un arma de defensa personal. Fawn se preguntó nerviosa qué significaban esas últimas palabras. ¿Qué había dicho?

Recordó las palabrotas que una de las otras criadas, una chica medio filipina, había intentado enseñarle. Realmente sonaba parecido , pensó con sospecha.

Pu...na...mo.

Hmm.

Realmente sonaba familiar.

¿Podría el príncipe estar maldiciéndola?

A solas en su estudio, el príncipe reflexionó un instante antes de dirigirse a su escritorio y acceder a la base de datos de empleados en su ordenador. El archivo de la chica apareció unos momentos después.

Fawn.

Su nombre era Fawn.

Y por un momento, el príncipe tuvo la inquietante sensación de que era un nombre que nunca volvería a olvidar.

LA SIGUIENTE VEZ QUE EL PRÍNCIPE se la encontró fue puramente accidental. Estaba en la torre de vigilancia, hablando con Noah, su jefe de seguridad, cuando oyó una voz inconfundible que decía alegremente:

—Tengo algo para ti, Noah.

Noah miró automáticamente al príncipe pidiendo permiso. Exmilitar y en la cincuentena, Noah lo era todo en cuanto a la cadena de mando. Aunque Fawn era buena chica, el príncipe era su prioridad.

—No te molestes en hacerle saber que estoy aquí —murmuró el príncipe.

Noah asintió y asomó la cabeza por la ventana abierta. Con una sonrisa alegre, dijo:

—Buenos días, Fawn. Llegas temprano hoy.

—Cancelaron las clases —respondió Fawn, devolviéndole la sonrisa a Noah—. Le pregunté a Igor si podía hacer un turno extra y me dijo que sí.

Levantó la bolsa de papel que llevaba.

—Bagels, como nunca los has probado.

Ante su mirada de duda, insistió:

—No exagero. ¿Los subo?

—No hace falta —respondió Noah.

Ante el asentimiento del príncipe, le dijo a Fawn:

—Ahora bajo.

El príncipe siguió escuchando la conversación.

—Están buenísimos . ¿Dónde los has conseguido?

—Una chica de mi clase de estadística. Le dije que la ayudaría con su plan de negocio si algún día decide venderlos.

—Entonces podría ser tu primera clienta.

—Me conoces demasiado bien, Noah. Eso mismo le dije —oyó el príncipe que decía Fawn con una risita—. En fin, me voy. También tengo para Igor y los demás.

Sabiendo que el príncipe seguía escuchando, Noah preguntó:

—¿Y para el príncipe?

Silencio.

Entonces Fawn susurró inquieta:

—Pero él siempre está durmiendo por las mañanas. No tengo por qué darle.

—¿Le tienes miedo al príncipe?

—No. Sí. O sea, no lo sé. Es que es diferente.

—¿Diferente de tu querido Grant?

—Nadie es como Grant.

Y esta vez, su voz sonaba orgullosa y feliz.

El príncipe apretó los dientes.

Cuando Noah volvió a subir, le bastó una mirada a su joven empleador para soltar una carcajada. La mayoría de empleados del príncipe no se habrían atrevido, pero él, como Igor, llevaba mucho tiempo a su servicio. Además, era mayor, lo que le otorgaba ciertos privilegios.

—Todavía puedo despedirte, ¿sabes? —dijo el príncipe con exasperación.

—Pero entonces tendría que contarle a Fawn que lo hiciste sin razón —señaló Noah—, y te tendría aún más miedo.

El príncipe lo fulminó con la mirada.

—Fawn es buena chica. Lástima que ya esté pillada.

El príncipe decidió cambiar de tema.

—¿Qué es eso de conseguir su primera clienta?

—Quiere montar una empresa de contabilidad cuando se gradúe —explicó Noah—. ¿No lo sabías?

—No me molesté en averiguarlo.

Porque se estaba mintiendo a sí mismo , se dio cuenta Noah.

—¿A qué viene esa mirada? —espetó el príncipe.

—Pensaba que la chica tiene razón. Eres diferente del gran Grant Bennett. Él tiene agallas para decir lo que siente, y por eso se ha quedado con ella. Señor.

EN SU TERCERA SEMANA , Igor anunció que la ascendían temporalmente: ahora también podía trabajar en el tercer piso.

Fawn miró a Igor con recelo, pensando que más bien parecía una forma elegante de que sustituyera a Paula, que había llamado diciendo que estaba enferma.

—Te pagarán extra por ello —insinuó Igor.

Se animó al instante.

—Voy para allá.

Total, no pasará nada , pensó. La fiesta acababa de empezar, así que el príncipe estaría ocupado mientras ella trabajaba.

Arriba, tardó menos de lo habitual en barrer y quitar el polvo.

A diferencia de las otras plantas, el tercer piso era territorio exclusivo del príncipe.

Como estaba vedado a la mayoría de invitados y empleados, no había colillas ni botellas vacías que recoger, ni vómitos ni bebidas derramadas que limpiar.

Al ver que había terminado media hora antes de lo previsto, Fawn se dirigió al balcón del tercer piso a tomar el aire. Allí arriba, el aire olía a limpio en vez de apestar a humo y alcohol. Casi se respiraba paz, si una fingía no oír los gemidos y el golpeteo de cuerpos desde abajo.

Miró el reloj. Se acabó el tiempo , pensó. Estaba a punto de salir del balcón cuando oyó una risa femenina.

Sin pensarlo, se apartó de las puertas del balcón y se escondió tras las cortinas, esperando que quien fuera se marchara del pasillo cuanto antes.

Fawn se mordió el labio. ¿O debería avisar? Al fin y al cabo, aquella planta era de uso exclusivo del príncipe.

Cuando oyó que la chica empezaba a jadear de forma obscena, Fawn se asomó con cautela...

Oh.

Era el príncipe, con una chica en brazos, las piernas de ella enroscadas en su cintura mientras se devoraban en un beso apasionado.

Oh.