En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Amigos. Solo amigos. Probablemente.

Addy

Frunzo el ceño cuando Gage saca una nevera portátil grande de su vehículo. —Pensaba que íbamos a comprar comida para la barbacoa.

—Y lo vamos a hacer. —Levanta la nevera—. Esto es para la carne.

Abro mucho los ojos. —¿A cuánta gente piensas alimentar?

Él se ríe y me empuja hacia la puerta principal de Mariner’s Market. —Los jugadores de fútbol comen mucho.

—No sé si en Mariner’s Market tienen tanta carne.

—Hice el pedido por adelantado.

Cojo un carrito. —Puedes meter la nevera aquí dentro.

—Estoy bien así.

—Si estás intentando impresionarme, no está funcionando.

Se levanta la nevera por encima de la cabeza. Sus bíceps se tensan y su camiseta se ajusta contra su pecho. —¿Y ahora qué?

—Estoy impresionada por la capacidad elástica de tu camiseta.

Se ríe mientras vuelve a posar la nevera en el suelo. —A mi pequeño pajarcillo no se la impresiona fácilmente.

—Que te crezca una cola de sirena y cruces una laguna nadando, entonces hablaremos.

—Ha sido bastante impresionante lo rápido que has nadado tú.

Hago una reverencia. —Gracias.

Me guía hasta el mostrador de la carne. Cuando llega su turno, el carnicero acerca un carrito. Se me abren los ojos de par en par al ver cuánta carne hay apilada. Gage mete rápidamente toda la carne en la nevera.

Cuando levanta la nevera esta vez, sí que me impresiona. Debe de pesar veinticinco kilos.

—Gage, pon la nevera en el carro. Te vas a provocar una hernia cargando con un gritón de kilos de carne.

—¿Un gritón de kilos? —Esboza una sonrisa burlona—. Le diré al equipo que ahora soy el que más peso levanta.

—Deja de bromear. No quiero que te hagas daño.

—Me gusta que te preocupes, pero no hay motivo.

Pongo mala cara. —Eres un cabezota.

—Vamos. —Me hace un gesto para que lo siga—. Cojamos unas patatas fritas y ensaladilla.

¿Patatas fritas y ensaladilla? Para cuando terminamos de comprar, el carro rebosa de todo tipo de aperitivos.

—Pensaba que teníais pesajes —digo mientras cargamos la comida en el SUV de Gage.

—¿Estás diciendo que estoy gordo?

Recorro su cuerpo con la mirada. Gordo es la última palabra que usaría para describir a Gage Edwards. En forma, musculoso, sexy. Esas son las palabras que me vienen inmediatamente a la mente.

Finjo indiferencia. —Supongo que no.

Sacude la cabeza mientras cierra el maletero de un golpe. —Voy a tener que esforzarme mucho para impresionar a mi pajarcillo.

Nadie se ha esforzado nunca por impresionarme. Ni siquiera mis anteriores novios. Estaban demasiado ocupados quejándose por todos los mensajes que recibía durante las citas. Como si fuera culpa mía que mis hermanas se peleen como si fuera un evento olímpico en el que planean ganar una medalla.

Me acompaña a la puerta del copiloto, pero dudo. —¿Debería ir en mi coche? No quiero que tengas que volver al pueblo después de la barbacoa.

—Estaré encantado de llevarte.

Arrugo la nariz. —Pero así no puedes beber.

—Estoy entrenando. De todas formas no bebería más de una cerveza o dos. —Abre la puerta y me empuja suavemente al interior.

—Si estás seguro...

Me da un toquecito en la nariz. —Es un privilegio llevarte, pajarcillo.

¿Privilegio? Se está esforzando demasiado.

Excepto que, cuando lo miro a esos ojos de color marrón chocolate con destellos verdes, solo veo pura honestidad.

Cedo. —Vale.

—¿Estarán Tanner, Nolan, Brock y Corbin en la barbacoa? —pregunto una vez que salimos del pueblo hacia el complejo turístico.

—No sé qué decirte de Brock y Corbin, pero Tanner y Nolan estarán allí seguro. Tanner porque es un bromista que no puede resistirse a una fiesta. Nolan, porque como quarterback, cree que es su deber mantenernos alejados de los líos.

Suelto un bufido. —Dudo que haya alguien capaz de mantener a Tanner alejado de los líos.

Me mira de reojo. —Tanner tiene sus problemas.

—¡Sammy! —Señalo la carretera—. ¡Para! ¡Para! ¡Para!

Gage frena y consigue detenerse en seco, chirriando las ruedas, a pocos pies de la foca. —Madre mía. ¿Eso es una foca en mitad de la carretera?

—Te hablé de Sammy.

—Pensaba que te estabas inventando una historia.

—Pues no. Sammy es real. Vamos a moverlo. —Salgo del SUV y Gage corre tras de mí.

—¿Deberías tocarlo? Es un animal salvaje.

—No voy a tocarlo. ¿A que no, Sammy chico?

Sammy me lanza un graznido.

—Perdona. Sammy el machote.

Él asiente con la cabeza.

Gage se queda boquiabierto. —¿Entiende lo que dices?

Sammy le sisea. Y él levanta las manos. —Perdona. ¿Acabo de pedirle perdón a una foca?

Me río. —Sí, lo has hecho.

—Esta isla es salvaje.

—Y a mucha honra. —Señalo a la foca—. Ahora, vamos a quitarlo de la carretera antes de que algún turista lo atropelle.

Sammy gruñe.

Suspiro. —Ya sé que hace un día precioso para tomar el sol en el asfalto. Pero ya sabes cómo son los turistas. Nunca prestan atención.

Sammy sisea.

—No, no podemos odiar a los turistas. Son importantes para la economía de la isla.

Sammy grazna.

—Ahora, ¿quieres hacerme el favor de quitarte de la carretera?

Gage se acerca un poco más a mí para susurrarme: —¿Se lo pides y se mueve?

Señalo a Sammy. No se ha movido ni un centímetro. —Sammy —gruño—. Quítate al borde de la carretera o llamaré a los de la perrera.

Me sisea antes de avanzar torpemente un par de metros. Sigue en la calzada, pero ya no está justo en medio. Me sirve.

—Gracias, Sammy el machote. ¡Que tengas un buen día!

Ladra y agita la aleta en el aire.

Como Gage se queda ahí parado en mitad de la carretera mirando a la foca, le tomo de la mano y lo guío de vuelta a su SUV. Él sacude la cabeza.

—Pensaba que ya lo había visto todo después de ver a las mujeres competir hoy con colas de sirena.

Me río. —Pues no. Smuggler’s Hideaway tiene más sorpresas preparadas para ti.

Su mirada se caldea y aparecen esos destellos verdes. —Eso espero. Eso espero.

Un escalofrío me recorre la espalda. No creo que se esté refiriendo a la isla. Amigos, me recuerdo a mí misma. Gage y yo solo somos amigos.

Cuando llegamos al complejo, Brock y Corbin nos están esperando. En cuanto aparcamos, cruzan el parking hacia nosotros.

—Ya era hora —refunfuña Brock.

—No le hagas caso. Se pone gruñón cuando tiene hambre —dice Gage.

—Siempre está gruñón —añade Corbin.

Gage abre el maletero y Brock saca la nevera mientras Corbin coge todas las bolsas de la compra. Se marchan sin decir una palabra más.

—Podemos ayudar —les grito.

—No querríamos que el pequeño Gage se hiciera daño —dice Brock.

—¿El pequeño Gage? —Le miro—. Mides bastante más de un metro ochenta.

Él saca pecho. —Uno ochenta y ocho para ser exactos, pero ellos dos me sacan casi quince centímetros. Eso les hace creer que son superiores. Se equivocan.

—¿Es que el vacile no se acaba nunca?

—Nunca. —Me agarra de la mano y una descarga de electricidad me recorre al contacto con su piel. Me pregunto qué se sentiría si me tocara en otros lugares. Preferiblemente mientras los dos estuviéramos desnudos. Se me ponen los pezones como piedras y se me humedecen las bragas.

Amigos. Solo amigos. Obligo a mis pensamientos sexis sobre Gage a salir de mi mente.

Intento soltar mi mano de la suya, pero él aprieta el agarre. Abro la boca para gritarle, pero llegamos a la playa y donde están sus amigos. No voy a discutir delante de sus compañeros de equipo. No dudarían en meter las narices en nuestros asuntos.

—¡Gage! —Nolan me saluda—. Ven a jugar al voleibol con nosotros.

—Estoy bien.

—¿No quieres jugar al voleibol? —pregunto.

—Quiero pasar el tiempo contigo.

—Ve. —Suelto mi mano de la suya—. Diviértete. Yo miraré.

—¿Estás segura? Te he invitado yo hoy. No quiero abandonarte.

—Estoy bien.

Él frunce el ceño. —Las mujeres que dicen que están bien no lo están.

Señalo a Alaia y Terri. —Me quedaré con ellas mientras juegas.

Como todavía duda, lo empujo hacia delante. —No soy una damisela en apuros. Puedo divertirme sola.

—Pero es más divertido cuando estamos los dos. —Mueve las cejas de forma sugerente antes de quitarse la camiseta de un tirón.

Aprieto los labios para no babear. El pecho de Gage es magnífico. Los escultores podrían usarlo como modelo. Los ángulos marcados. Esos abdominales de infarto. La piel suave.

Me lanza su camiseta. —Suéltame esto.

Se va trotando. La parte de atrás es tan magnífica como la de delante. Sus hombros parecen lo suficientemente fuertes como para cargar con todos los pesares del mundo.

Alaia y Terri se reúnen conmigo. Alaia se cruza de brazos sobre el pecho. —Nunca antes había entendido el atractivo de Top Gun , pero ahora lo pillo.

—Todo se resume en la escena del voleibol en la playa —dice Terri.

—No puedo creer que estés saliendo con Gage Edwards, la estrella de la NFL —dice Alaia—. Tú odias a la gente del continente.

Nadie puede odiar a Gage. Es demasiado amable, atento y sexy. De verdad que tengo que dejar de babear por él. Es mi amigo. Nada más.

—Gage y yo no estamos saliendo.

Terri resopla. —¿Sabe él que no estáis saliendo?

—Somos amigos.

Ella sonríe con sorna. —¿Amigos? ¿Así es como lo llaman los jóvenes ahora?

—Hablo en serio. Solo somos amigos.

—Addy, te quiero. —Alaia suspira—. Pero si no saltas sobre ese hombre y lo montas como a un poni, me sentiré muy decepcionada contigo.

Siento un cosquilleo en el estómago ante la idea de saltar sobre Gage.

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que tuve sexo.

Me había rendido con el tema porque mis novios anteriores resultaron ser más agotadores que satisfactorios.

Sus quejas sobre lo ocupada que estaba y sus egos heridos cuando mi vida no orbitaba alrededor de ellos no los hacían muy atractivos.

Pero Gage no es un novio.

Él no me exige tiempo. No me hace sentir culpable por elegir a mi familia primero. Me mira como si fuera algo excepcional. Algo que él desea.

Es mi amigo.

Y los amigos... los amigos pueden tener sexo, ¿verdad?

No tengo espacio en mi vida para una relación. Pero quizá sí tenga espacio para esto. Para una decisión temeraria y egoísta que sea solo para mí.

¿Y si después las cosas se complican? Ya me preocuparé de eso más tarde.