En manos del CEO (En tus manos nº 2) VIBRAS DE REINA
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VIBRAS DE REINA

MARIA ROSA

El lunes volví a M quizá justo la edad que yo sabía, vagamente, que tendría la madre de Gustavo.

Había algo en sus ojos y en la forma de la boca que ya había visto en él, aunque el resto era mucho más...

Antonella. Ocupaba el espacio como si cada sala se hubiera construido ya a la espera de su llegada.

—¿Te lo ha contado Gustavo?

—No lo suficiente. Mi hijo ha heredado de su padre esa absurda idea de que reservarse información es distinto de ocultarla.

—Entonces, ¿cómo...?

—Maria Rosa, mi apellido está en la puerta. Sigo conociendo mi empresa.

Claro.

Evidentemente.

—Además —continuó—, Leonardo habla de ti. Lígia mencionó tu trabajo en el caso. Y después del viernes me propuse saber exactamente a quién habían atacado dentro del edificio que ayudé a construir.

Se me borró la sonrisa de la cara.

Antonella también se puso seria.

—Ven conmigo.

No me tocó.

Simplemente echó a andar por el pasillo.

La seguí.

Entramos en una sala de reuniones más pequeña y cerró la puerta.

Antonella fue directa.

Enseguida comprendí de dónde lo había sacado Gustavo.

—Primero: Fernando ya no trabaja en M&MD.

Parpadeé.

—¿Lo han despedido?

—La investigación interna confirmó una serie de comportamientos incompatibles con este despacho. El ataque del viernes forma parte de ellos, pero no es lo único.

Se sentó frente a mí.

—Había denuncias por abuso de jerarquía, comentarios discriminatorios, trato inapropiado a los becarios y fallos profesionales que ya se estaban documentando. Lo que te ocurrió aceleró la necesidad de cerrar las medidas de protección y la revisión. Las grabaciones confirmaron la agresión.

Respiré despacio.

—¿Y los demás?

—Tres abogados cuyo comportamiento fue inapropiado o que incumplieron sus obligaciones internas recibieron sanciones proporcionales. No voy a darte detalles laborales que no te corresponden, pero habrá formación obligatoria, supervisión y consecuencias documentadas.

—¿Los han despedido?

—No. Los hechos no fueron los mismos.

Asentí.

Curiosamente, aquello me dio más confianza que una purga teatral. No era «despidamos a todos para parecer fuertes». Era distinguir conductas.

—¿Y la policía?

Antonella apoyó las dos manos sobre la mesa.

—Eso sigue su curso por separado. El despacho ha conservado las grabaciones y los documentos, colaborará con cualquier requerimiento legal y te apoyará.

Pero nosotros no determinamos los resultados penales.

Ni siquiera yo, aunque a veces pienso que el mundo sería más eficiente si me concediera esa autoridad.

Me reí sin fuerzas.

—Me lo imagino.

—Sé que volver hoy no puede ser sencillo.

—Quería volver.

—Gustavo me lo ha dicho.

—¿Ha hablado contigo?

—Mi hijo sí habla conmigo, a pesar del intensivo programa de adiestramiento de su padre en el arte de responder solo a la mitad de cualquier conversación.

Sonreí.

Antonella suavizó la expresión.

—No tienes que demostrar que eres valiente por volver. Ni que eres frágil por quedarte en casa. Cualquiera de las dos decisiones habría sido tuya.

La frase me alcanzó en algún punto sensible.

—Gracias.

—Lígia sigue siendo la responsable de todo lo relacionado con tus prácticas. Eso no cambia porque tengas una relación con Gustavo.

Me atraganté.

—Dios mío.

Antonella sonrió.

—Ah, tenía ganas de ver esa cara.

—¿También te ha contado eso?

—Digamos que a los hombres Marins se les da muy mal disimular cuando una mujer les ocupa demasiado espacio en la cabeza.

—No estamos... no es...

—Relájate. No te pido nietos, matrimonio ni un informe sexual. Tengo más dignidad que eso.

Pausa.

—Aceptaría un informe sexual si quisieras ofrecérmelo voluntariamente.

—Dios mío.

Se rio.

Yo también.

Y, por primera vez desde el viernes, sentí dentro de aquella empresa algo que no era tensión.

La firma se estaba tomando mi caso en serio.

No me estaba convirtiendo en un escándalo.

No me estaba ocultando.

No me estaba culpando.

En serio.

Eso importaba.

—Tenía miedo de volver —admití antes de que el orgullo pudiera impedírmelo.

Antonella no reaccionó como si le hubiera confesado una debilidad.

—Yo también habría tenido miedo.

—Pero no quería que él me arrebatara este lugar.

—Entonces no se lo permitas. Pero no conviertas quedarte en una penitencia. Si mañana necesitas marcharte antes, márchate. Si quieres trabajar ocho horas y quejarte de todo el mundo, hazlo. No le debes a nadie de este edificio una demostración de recuperación.

Tragué saliva.

—Se te da irritantemente bien esto.

—Cobro mucho. Disfruta de la cortesía.

Sonreí.

Ella también.

La puerta se abrió sin que llamaran.

—Antonella, te has esfumado de mi...

Leonardo se detuvo.

La miró.

Me miró.

Casi de inmediato, su expresión pasó a ser de pura diversión.

—Ah —dijo.

—Nada de «ah» —respondió Antonella—. Llama a la puerta.

—La sala es mía.

—La firma es mía en un cuarenta y cinco por ciento.

—Y mía en otro cuarenta y cinco.

—Entonces que llame a la puerta la mitad de ti.

Me mordí el labio.

Leonardo me señaló.

—¿Ves por qué dejé de discutir?

—No metas a la chica en tu cobardía —dijo Antonella.

—La cobardía me mantuvo con vida.

Unos pasos se acercaron por el pasillo y Gustavo apareció detrás de su padre.

Su reacción fue mejor que cualquier regalo.

Vio a su madre.

Me vio.

Vio que las dos sonreíamos.

Se detuvo como un hombre que acabara de detectar una amenaza nuclear.

—No.

Antonella arqueó una ceja.

—Buenos días a ti también.

—¿Qué estáis haciendo juntas?

—Hablando —respondí.

—¿Sobre qué?

—Cosas de mujeres —dijo Antonella.

Gustavo miró a su padre.

Leonardo casi se reía.

—¿Lo sabías?

—Llevo días deseando que llegara este momento.

—Traidor.

—Hijo, acéptalo. Se acabó.

Crucé los brazos.

—¿Qué se ha acabado?

Gustavo me lanzó una mirada ofendida.

—Mi paz.

—Qué dramático —dijo Antonella.

—No lo entiendes.

—Yo te di a luz. Por desgracia, entiendo demasiado.

Leonardo por fin se rio.

La tensión que llevaba dentro cedió otro poco.

Era absurdo, pero su dinámica me hacía sentir bien. No porque quisiera que me integraran en la familia. Dios me libre de un romance prematuro. Solo porque allí había vida normal. Discusiones de poca monta. Amor de muchos años. Gente que se tomaba el pelo.

Antonella me miró.

—¿Comes conmigo mañana?

Gustavo cerró los ojos.

—Mamá.

—No te estaba hablando a ti.

—Me apunto —respondí de inmediato.

Abrió los ojos.

Traición absoluta.

En el pasillo, Gustavo me alcanzó.

—¿Qué te ha dicho?

—Muchas cosas.

—Maria.

—Gustavo.

—Mi madre no tiene filtro.

—Me he dado cuenta. Me ha gustado.

Parecía preocupado de verdad.

—Eso es justo lo que me asusta.

Antonella salió de la habitación detrás de nosotros.

—¿Estás interrogando a la chica?

—Intento proteger mi intimidad.

—Demasiado tarde. Saliste de mí.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Casi todo lo que dice tiene sentido si aceptas que resistirse es inútil —comentó Leonardo al pasar junto a nosotros.

Antonella me lanzó una mirada.

Yo se la devolví.

Complicidad instantánea.

Gustavo lo vio.

—No hagáis eso.

—¿Hacer qué? —pregunté.

—Esa mirada.

—¿Qué mirada?

—Esa mirada de que las dos sabéis algo que yo no sé.

Antonella sonrió.

—Quizá mañana sepamos más.

Gustavo palideció de una forma casi gratificante.

Me eché a reír.

Su madre se rio conmigo.

Leonardo negó con la cabeza, como un hombre que ve repetirse su propio destino.

Y Gustavo comprendió, con un horror muy justificado, que dos de las mujeres más peligrosas de su vida ahora se caían bien.