En manos del CEO (En tus manos nº 2) BARE WIT ME #3
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BARE WIT ME #3

Durante unos segundos, ninguno de los dos tuvo nada que alegar.

Lo que quizá fuera la prueba más impresionante de todo lo que acababa de pasar.

Entonces empecé a reírme.

No pude evitarlo.

Gustavo abrió los ojos.

—¿Qué?

—Tu silla.

Bajó la mirada.

La silla se había alejado casi sesenta centímetros del escritorio.

La corbata estaba en el suelo.

Mis pantalones, junto a un zapato.

Su camisa colgaba de uno de los brazos de la silla.

—Parece la escena de un crimen —dije.

—Tú has empezado.

—Esa defensa no te va a servir.

—Tengo un testigo.

—¿Quién?

—La víctima.

—No tienes credibilidad. Estás sin camisa.

—¿Eso resta credibilidad?

—En un tribunal, no lo sé. Conmigo, considerablemente.

Me bajé de su regazo.

Me fallaban las piernas.

Gustavo me agarró por la cintura.

—Con cuidado.

—Estoy bien.

Casi se me dobló la rodilla.

Arqueó una ceja.

—Excelente.

—Ni una palabra.

Recogí los pantalones del suelo y me los puse, intentando recuperar algo de aspecto humano. Gustavo se recompuso la ropa, cogió la camisa y empezó a abotonársela.

Me quedé mirándolo.

—¿Puedes dejar de ponértela tan bien?

—Creía que el problema era cuando me la quitaba.

—Las dos cosas.

Se rio.

Entré en el baño del despacho, me lavé las manos, me arreglé el pelo lo mejor que pude y me miré en el espejo.

El pintalabios, destrozado.

Las mejillas, ardiendo.

Los ojos brillantes, como si hubiera cometido un delito grave y lo hubiera disfrutado.

—Perfecto —murmuré.

Cuando volví, Gustavo ya se había puesto la camisa y se estaba haciendo el nudo de la corbata.

—No te hace falta la corbata.

—Voy a salir del edificio.

—¿Y?

—Hay cámaras y empleados.

—Ah.

Aquello me devolvió al planeta Tierra.

El trabajo.

El bufete.

Las prácticas.

El riesgo.

Gustavo terminó el nudo y me miró.

—Tenemos que acordar algunas cosas.

—Estaba a punto de decir lo mismo.

No me invitó a volver a su regazo.

Gracias a Dios.

Nos sentamos en sillas distintas, al otro lado del escritorio, como dos personas respetables que no habían estado a punto de desmontar una de esas sillas.

—El trabajo es el trabajo —dije yo primero.

—Sí.

—Si me equivoco, me corriges. Si meto la pata, me lo dices. No quiero tareas mejores, ni trato especial, ni accesos especiales, nada de eso.

—De acuerdo.

—Y nadie tiene por qué saber nada de nuestra vida sexual.

—En eso también estoy de acuerdo.

—Esto no es salir juntos.

Gustavo me miró un segundo.

—Esto no es salir juntos.

—Sin celos, sin exigirme respuestas, sin tener que dar cuentas de dónde estoy, nada de ese paquete.

—No pensaba pedirte cuentas.

—Estoy fijando las condiciones.

—Continúa, abogada.

—No me llames abogada. Todavía no.

—Vale.

—Y si cualquiera de los dos quiere parar, paramos.

—Por supuesto.

Se puso serio.

—Hay algo por mi parte.

Esperé.

—Yo no hago tu evaluación formal, pero participo en las reuniones del equipo y mis valoraciones podrían llegarle a Lígia de algún modo. No quiero zonas grises.

Se me volvió a cerrar el estómago, esta vez sin nada de deseo.

—¿Qué vas a hacer?

—Hablar con ella. Sin dar detalles personales. Le diré que hay una situación privada que genera un conflicto de intereses y que, por integridad, no debo participar en ninguna evaluación, ni en decisiones de contratación, ni en nada que afecte a tu desempeño.

Parpadeé.

—¿Hoy?

—El lunes por la mañana, antes de la próxima reunión del programa.

—¿Y mi trabajo en el caso?

—Sigue, si Lígia está de acuerdo y si tú quieres. Puedo dar orientación técnica al equipo, que es parte de mi papel, pero cualquier evaluación sobre ti queda fuera de mis manos.

Me quedé mirándolo.

Aquello importaba.

Más que cualquier frase bonita.

—Quiero seguir en el caso.

—Me lo imaginaba.

—No porque tú estés en él.

—Lo sé.

—Importa que lo sepas.

—Lo sé, Maria Rosa.

La respuesta fue sencilla.

Nada de ofensa.

Nada de «yo puedo cuidar de ti».

Solo reconocimiento.

Asentí.

—Entonces, lo apruebo.

—Bien.

—¿Y si Lígia cree que tengo que cambiar de equipo?

—Esa decisión es de ella y tuya. Yo no me meto.

—De acuerdo.

Silencio.

Probablemente debería haberme preocupado por lo mucho que me gustó esa respuesta.

Decidí no hacerlo.

Me levanté.

Cogí el bolso.

—Entonces, tenemos un acuerdo.

—Eso parece.

—Sexo sin penetración, nada de citas, nada de favores y nada de dramas.

—Te olvidas de la discreción.

—Y de la discreción.

Gustavo se cruzó de brazos.

—«Nada de dramas» parece la cláusula menos exigible.

—Falta de fe.

—Experiencia contigo.

—Hace doce días que nos conocemos.

—Exacto.

Le hice una peineta.

Él se rio.

En la puerta, me volví.

—Y no creas que esto significa que has ganado.

—No sabía que seguíamos compitiendo.

—Siempre estamos compitiendo.

—¿Cuál es el premio?

—Te lo diré cuando gane.

Me fui antes de que pudiera contestar.

En el pasillo, aún me flaqueaban un poco las piernas y la boca quería sonreír sola.

Era perfecto.

Sencillo.

Adulto.

Con límites claros.

Tenía deseo, orgasmo, autonomía, una carrera protegida y ninguna obligación romántica.

Había inventado la relación ideal.

Y, lo más importante, lo tenía todo bajo control.

Pobre de mí.