BARE WIT ME
MARIA ROSA
Abrí la puerta.
Gustavo estaba exactamente donde lo había dejado: de pie junto al escritorio, con una mano apoyada en el respaldo de la silla y la expresión de un hombre que no tenía ni idea de si había vuelto para besarlo otra vez o para presentar una denuncia formal ante el departamento de Cumplimiento.
Cerré la puerta tras de mí.
Eché el pestillo.
El clic sonó demasiado fuerte.
Miró el pestillo.
Luego me miró a mí.
—¿Has cambiado de idea sobre irte?
—He cambiado algunas reglas.
Aquella respuesta lo dejó completamente inmóvil.
No tenso en el mal sentido.
Atento.
—Algunas —repitió.
—Algunas.
Gustavo no se acercó a mí.
No me tendió la mano.
No dio por sentado ni una maldita cosa.
Se limitó a esperar.
Lo cual era, a la vez, exasperante y tremendamente sexy.
—¿Y tengo que adivinarlo? —preguntó.
—No. Ya hemos establecido que se te da fatal la telepatía.
—Qué alivio.
Me acerqué al escritorio.
—Besarnos está permitido.
Su boca amagó una sonrisa.
—Entendido.
—Las manos también.
—¿Dónde?
Me detuve.
Claro.
Los detalles.
Adultos funcionales.
Podía hacerlo.
—Sobre mí, siempre que pueda decirte que pares y tú pares.
Su expresión se volvió seria.
—Siempre.
—Lo sé.
—Quiero escuchar el resto antes de tocarte.
El estómago me hizo esa cosa ridícula.
Respiré.
—Quiero jugar. Quiero besarte. Quiero tus manos sobre mí. Quiero poder usar las mías sobre ti. Si quiero sexo oral, lo diré. Si quieres algo diferente, preguntas. Y sigues sin poder penetrarme.
Gustavo sostuvo mi mirada.
—¿Vaginalmente?
—Sí.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale.
—¿Sin quejas?
—Te deseo. Eso no me da derecho a renegociar cada límite hasta que te canses.
El calor que se extendió por mi cuerpo no era solo deseo.
Lo cual era inoportuno.
—Podrías dejar de ser razonable durante cinco minutos —murmuré.
—Puedo intentarlo luego.
—Y una cosa más.
—Adelante.
—Yo decido cuándo cambia esa última regla. No es una recompensa por portarte bien, ni porque te la hayas «ganado», ni porque haya perdido una apuesta. Cuando quiera, te lo diré.
—Perfecto.
—Has aceptado demasiado rápido.
—¿Quieres una presentación de PowerPoint?
—Al menos un poco de sufrimiento.
Sonrió.
—Sufro en silencio.
—Cobarde.
Di un paso más.
Gustavo permaneció inmóvil.
Aquel hombre iba a hacer que lo hiciera yo todo.
Me gustaba.
—Ahora puedes besarme —dije.
—¿Puedo?
—Puedes.
Dio un paso.
Solo uno.
Fue suficiente.
Su mano derecha se posó en mi cintura, sobre la blusa, y la izquierda en mi brazo, y su boca encontró la mía sin la urgencia del beso anterior.
Esta vez no hubo sorpresa.
Hubo permiso.
Y expectación.
Enredé los dedos en su pelo y tiré un poco, solo para probar.
Gustavo soltó un sonido grave.
Interesante.
—¿Te gusta eso? —pregunté contra su boca.
—Me gusta que lo descubras.
—Respuesta de abogado.
—¿Puedo tirar del tuyo?
Mi cuerpo respondió antes que yo.
—Sí. No demasiado fuerte.
—¿Así?
Su mano subió por mi nuca y se cerró en mis rizos con la firmeza justa para sujetar, no para hacer daño.
Gemí.
—Así.
—Bien.
—No te vengas arriba.
—Imposible.
Lo besé para que se callara.
Me empujó hacia atrás hasta el lateral del escritorio y noté la madera en la parte de atrás de los muslos. Todavía llevaba la americana puesta. El bolso seguía colgado de mi hombro.
Ridículo.
Estaba a dos pasos de cometer varias indecencias y seguía con el bolso encima, como si fuera a coger el autobús.
Aparté la boca.
—Espera.
Gustavo se detuvo de inmediato.
—¿Todo bien?
—Me molesta el bolso.
Por un segundo siguió demasiado serio para procesarlo.
Entonces se rio.
Yo también.
Me quité el bolso, lo dejé en una silla y me quité la americana de un tirón.
—Mucho mejor.
—De acuerdo.
—Los ojos, aquí arriba.
—Te has quitado la americana delante de mí.
—¿Y eso significa que te has olvidado de tus modales?
—Temporalmente.
Aproveché su sonrisa de excusa para tirarle de la camisa.
—Siéntate.
—¿Dónde?
Señalé la silla que había detrás del escritorio.
—Ahí.
Obedeció.
Dios mío.
Gustavo sentado seguía siendo demasiado alto, pero al menos no necesitaba equipo de escalada.
Me puse de pie entre sus rodillas.
Sus manos se posaron suaves en mi cintura.
—¿Y ahora? —preguntó.
Sonreí.
—Ahora voy a descubrir si todo lo que he visto a través de tus pantalones era publicidad engañosa.
Soltó una risa corta.
—Eres increíble.
—Y tú hablas demasiado.
Me subí a su regazo.
Por iniciativa totalmente propia.
Una pierna a cada lado de la silla, los pantalones de vestir de ambos como barrera contra cualquier contacto directo, la blusa todavía abrochada, su camisa intacta.
Aun así, en cuanto me senté y noté la erección dura bajo la tela, todo mi discurso mental sobre el control se evaporó.
—Joder… —murmuré.
Gustavo cerró los ojos.
—¿Opinión jurídica?
—Informe preliminar.
Moví las caderas despacio.
Su respiración cambió.
Ahí estaba.
Ahí estaba mi entretenimiento.
—Maria Rosa.
—¿Mmm?
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
—Por fin, reconocimiento profesional.
Se rio, pero el sonido acabó en un gemido cuando repetí el movimiento.
Sus manos me apretaron la cintura.
—¿Más fuerte? —preguntó.
—Puedes.
Sus dedos apretaron más fuerte.
Me gustaba el peso de sus manos ahí.
Y me gustaba aún más que preguntara antes de convertir el deseo en certeza.
Me incliné para besarlo.
Esta vez el beso se volvió más sucio, más caliente, sin el freno de una oficina abierta y un pasillo todavía lleno de gente. Mis manos empezaron en su nuca, bajaron por los hombros y encontraron el primer botón de la camisa.
—¿Puedo?
—Puedes hacer lo que quieras con la camisa.
—Afirmación peligrosa.
Abrí uno.
Después otro.
Y luego el tercero.
Separé la tela lo justo para tocarle el pecho.
Cálido.
Firme.
—Eso también debería aparecer en tu acreditación.
—¿El qué?
—Una advertencia.
Le pasé las uñas por el pecho con suavidad.
La cabeza se le fue hacia atrás, contra el respaldo.
—No estás ayudando.
—No lo intento.
La mano de Gustavo subió por mi costado, todavía por encima de la blusa.
Se detuvo bajo mi pecho.
Me miró.
—¿Puedo?
—Puedes.
Me cubrió un pecho por encima de la tela y lo apretó despacio.
El gemido se me escapó antes de que pudiera censurarlo.
—Oh.
—¿Sensible?
—No uses información privilegiada en mi contra.
—Tú acabas de abrirme la camisa.
—En defensa propia.
Lo hizo otra vez.
Moví las caderas sobre su regazo.
La combinación casi me deshizo.
Esto era lo que quería: placer sin tener que precipitarme hacia algo que aún no había decidido hacer. La libertad de elegir paso a paso en lugar de aceptar todo el guion solo porque mi cuerpo estaba gritando.
Y mi cuerpo estaba gritando.
Los pantalones que nos separaban ya eran un insulto personal.
Tiré de su corbata, que todavía llevaba suelta al cuello.
—Quítatela.
Gustavo apartó las manos de mí y se la quitó.
La lancé sobre el escritorio.
—La camisa también.
Él arqueó una ceja.
—Pensaba que te gustaba el traje.
—Me gusta el envoltorio. Ahora estoy inspeccionando el producto.
Se rio y se bajó la camisa por los hombros sin levantarse.
Me quedé mirándolo.
Abdominales definidos.
Pecho ancho.
Piel cálida bajo mis manos.
Ni tatuajes secretos, ni cicatrices misteriosas con forma de pasado traumático, ni pruebas de que el universo hubiera decidido apiadarse de mí.
Solo un hombre increíblemente atractivo.
—Me estás analizando —dijo.
—Estoy comprobando el cumplimiento de las normas.
—¿Y?
Le pasé las dos manos por el abdomen.
—Rechazado.
—¿Rechazado?
—Exceso de especificaciones.
Me agarró el culo por encima de los pantalones.
—¿Quieres devolverlo?
—Todavía no.
Lo besé y volví a mover las caderas.
La tela de mis pantalones y la de los suyos creaban demasiada fricción y, al mismo tiempo, no la suficiente. Podía sentir la presión, la forma, el calor, pero quería algo más preciso.
Bajé la mano entre los dos.
Gustavo me sujetó la muñeca.
No con fuerza.
Solo me detuvo.
Alcé la mirada.
—¿Qué?
—¿Quieres hacerlo?
La pregunta me hizo sonreír.
—Quiero.
Me soltó.
Le abrí el cinturón.
El botón.
Bajé la cremallera.
Cuando deslicé la mano dentro de sus pantalones y encontré su erección a través de los calzoncillos, Gustavo inhaló como si le hubiera asestado un golpe.
—Dios mío —murmuré.
—¿Comentario técnico?
—Retiro la acusación de publicidad engañosa.
Su boca encontró mi cuello.
—Me alegra saberlo.
Lo acaricié por encima de la tela y sentí su reacción inmediata.
Gustavo me besó debajo de la oreja.
—¿Puedo abrirte los pantalones?
Se me tensó el estómago.
—Puedes.
Encontró el botón de la cintura y lo abrió despacio, sin dejar de mirarme.
—¿Sigo?
—Sigue.
Bajó la cremallera.
Metió la mano lo justo para tocarme a través de las bragas.
Me estremecí.
—Joder.
—¿Así?
—Más.
Sus dedos presionaron a través de la tela húmeda.
Apoyé la frente contra la suya.
—¿Más dónde?
—Lo haces a propósito.
—Estoy preguntando.
Le cogí la mano y la guié.
—Aquí.
—Vale.
El primer movimiento circular y preciso me arrancó un gemido tan fuerte que miré automáticamente hacia la puerta.
Gustavo se detuvo.
—¿No queda nadie en la planta?
—Hay gente en el bufete.
—¿Quieres que pare?
Lo miré.
—Quiero que consigas que no haga tanto ruido.
Se le curvaron los labios en una sonrisa.
—Eso sí puedo intentarlo.
Me besó justo en el momento en que sus dedos volvieron a moverse sobre mis bragas.
Le mordí la boca para ahogar el siguiente sonido.
La mano de mi cadera me mantuvo firme en su regazo mientras la otra trabajaba despacio, sin prisas idiotas, como si entendiera que velocidad y pericia no son lo mismo.
—¿Mejor? —preguntó.
—No me pidas una evaluación a mitad del proceso.
—Necesito feedback.
—Cinco estrellas. Cállate.
Se rio contra mi boca.
Le tiré del pelo.
—¿Más fuerte? —pregunté.
—Puedes.
Tiré.
La reacción fue deliciosa.
Gustavo me apretó el culo y empujó las caderas hacia arriba sin salir siquiera de su propia ropa.
La presión contra mí me hizo cerrar los ojos.
—Eso —gemí.
—¿Eso?
—No te pongas chulito.
—Difícil, con ese tipo de feedback.
Podría haberlo estrangulado.
En lugar de eso, le deslicé la mano dentro de los calzoncillos.
El sonido que hizo Gustavo valió por toda la semana de provocaciones.