KISS ME MORE #2
—Hoy has estado insoportable.
Incliné la cabeza.
—¿Hoy?
—Más de lo habitual.
—Y, aun así, has sobrevivido.
—Por los pelos.
La respuesta llegó sin asomo de sonrisa.
Se me contrajo el estómago.
Gustavo se recostó en la silla.
—Pero admitiré una cosa.
—Te escucho.
—Tu autocontrol es impresionante.
Crucé los brazos.
—Por fin, un reconocimiento.
—Me he pasado la semana pensando que te cansarías de esta guerra en dos días.
—¿Guerra?
—Tu juego.
—Ah.
—Ahora empiezo a creerte.
—¿A creer qué?
Me miró despacio.
—Que te vas a resistir solo para poder decir que te has resistido.
Era una provocación.
Clara.
Calculada.
Aun así, algo dentro de mí se erizó.
No porque se equivocara.
Sino porque estaba demasiado cerca de tener razón.
Podía marcharme.
Podía sonreír, darle las buenas noches y prolongar aquello otra semana.
Dos.
Un mes.
Podía convertir el deseo en una competición y proclamarme campeona de una carrera que nadie me había obligado a correr.
O podía hacer lo que me diera la gana.
La elección era mía.
Siempre lo había sido.
—Hablas demasiado —murmuré.
Gustavo arqueó una ceja.
—Tiene gracia que lo digas tú.
Rodeé el escritorio.
Siguió cada paso con la mirada.
No se levantó.
No me tocó.
Solo esperó.
Me detuve entre su silla y el lateral del escritorio.
Lo bastante cerca para sentir el calor de su cuerpo.
—¿Sigues creyéndolo?
Me salió la voz más grave.
—¿Creer qué?
—Lo de mi autocontrol.
Sus ojos bajaron hasta mi boca.
—Menos.
Di un paso más.
—Bien.
Fue lo único que dije antes de agarrarle la corbata y tirar.
La boca de Gustavo chocó con la mía con un sonido ahogado de sorpresa que duró medio segundo.
Después me devolvió el beso.
Dios santo.
Había imaginado esa boca las suficientes veces como para montar una empresa especializada en simulaciones, y ninguna de mis versiones mentales se acercaba ni de lejos.
Caliente.
Firme.
Sin una sola vacilación en cuanto le dejé claro lo que quería.
Mantuve una mano aferrada a su corbata mientras la otra iba a su nuca. Gustavo me sujetó por la cintura, por encima de la blusa, como si pidiera permiso sin romper el beso.
Me acerqué más.
Permiso concedido.
Su mano se deslizó por mi espalda, todavía por encima de la tela, y me atrajo entre sus piernas.
Gemí contra la boca de aquel cabrón.
Mala idea.
Porque Gustavo respondió a ese sonido profundizando el beso y, en ese instante, comprendí que había subestimado la magnitud del problema.
Besaba igual que negociaba los contratos.
Prestando atención.
Adaptándose.
Averiguando enseguida qué funcionaba y usando la información en mi contra.
—Hijo de puta —murmuré cuando nos separamos apenas un centímetro.
—Lo has empezado tú.
—Y volvería a empezarlo.
Y lo hice.
Esta vez sin la corbata.
Le sujeté la cara y lo besé con más fuerza; mi lengua se encontró con la suya, mi cuerpo se apretó contra su pecho y mi dignidad presentó su baja inmediata.
Gustavo se puso de pie.
El cambio me obligó a levantar la cara, porque aquel hombre era una torre ridícula.
—Esto no es justo —me quejé contra su boca.
—¿El qué?
—Tu altura.
Se rio en medio del beso.
—¿Quieres que me siente?
—Quiero que te calles.
—Mejor.
Su mano subió hasta el costado de mi cuello.
Se detuvo.
—¿Puedo?
La pregunta, justo en medio de aquel incendio, me hizo algo peligroso en el pecho.
—Puedes.
Sus dedos se deslizaron hasta mi nuca y se hundieron suavemente entre mis rizos. No tiró. No dio nada por hecho. Solo una mano cálida sosteniéndome mientras volvía a besarme.
Le puse las manos en el pecho.
Tela de camisa.
Calor debajo.
Quería más.
Mucho más.
Y justo por eso me detuve.
Aparté la boca.
Los dos respirábamos deprisa.
Gustavo no intentó atraerme de nuevo.
Dejé las manos en su pecho dos segundos, quizá solo para asegurarme de que el planeta seguía existiendo.
Seguía.
Por desgracia.
—Ya está —dije.
La voz me salió ronca.
Parpadeó.
—¿Ya está?
—Sí.
—Acabas de agarrarme de la corbata.
—Técnicamente, eso ya ha pasado.
—¿Y ahora?
—Ahora, nada.
La incredulidad en su cara casi me hizo reír.
—Nada.
—Ha sido un beso.
—Me he dado cuenta.
—Un beso que no significa nada.
Me miró.
Durante un largo instante.
Sin burlarse.
Eso me puso aún más nerviosa.
—Si es así como quieres llamarlo —dijo.
—Es exactamente lo que es.
—Vale.
Esperaba una provocación.
Él se limitó a aceptarlo.
Otra vez.
Ese hombre tenía la terrible costumbre de respetar lo que yo decía, incluso cuando decía estupideces para protegerme de mí misma.
Cogí el bolso.
—Buenas noches.
—Maria Rosa.
Me detuve en la puerta.
—¿Qué?
—Nada.
Entrecerré los ojos.
—Eso me lo has robado tú esta mañana.
—Estoy aprendiendo.
Salí.
Cerré la puerta.
Me apoyé en la pared del pasillo.
Y me quedé allí.
Respirando.
Me palpitaba todo el cuerpo.
Me ardía la boca.
Mis bragas habían dejado de cumplir su función de prenda de vestir para convertirse en prueba forense.
—No significa nada —susurré.
Por suerte, el pasillo no me discutió nada.
Di tres pasos hacia el ascensor.
Me detuve.
Miré atrás, hacia la puerta de su despacho.
Eso había sido un beso.
Solo un beso.
Y acababa de descubrir que mi viejo límite ya no me funcionaba.
El problema era que también había descubierto otra cosa.
Todavía no quería irme.
Cerré los ojos.
«Ay, joder».
Me di la vuelta.
Volví por el pasillo.
Me detuve delante de la puerta.
Cerré la mano sobre el pomo.