Epílogo 2
Dos años después
—No estoy segura de poder hacer esto, Cenk.
—Ophelia, solo necesito que me digas que no quieres estar aquí y damos media vuelta.
—¿Y si me odia?
—Entonces quedará demostrado que tu medio hermano tiene muy mal gusto.
—No vas a poder hacerme sonreír. Voy a desmayarme —dice, pero yo ya veo cómo una esquina de su boca se levanta.
—Esposa, no te estoy obligando a nada, pero tienes que tomar una decisión. Hace seis meses que descubrimos sobre él y ya aceptaste conocerlo. Entra y mira si vale la pena invertir en esta relación. Si no es una buena persona, seguiremos adelante, juntos, sin mirar atrás.
—Te amo, Cenk, y quisiera tener aunque sea la mitad de tu valentía.
—No es valentía, es determinación. Estás sufriendo porque tienes miedo al rechazo, pero yo también puedo ver que quieres conocerlo.
Desde que nos casamos y Ophelia me contó sobre su infancia en hogares temporales, he estado obsesionado con la idea de encontrar a su familia biológica.
Tal vez si hubiera sido adoptada por una sola familia de forma definitiva, habría llenado el vacío de su primera infancia.
Ese sistema de tomar y devolver es cruel, pero creo que lo más dañino ocurrió cuando la pareja que la adoptó a ella y a Gladys la dejó sola en el convento.
Eso le rompió la confianza en sí misma, en creer que es digna de ser amada.
Fueron muchas conversaciones hasta que logré convencerla de que al menos debíamos intentar descubrir si tenía parientes vivos.
Revolvimos el planeta entero con la ayuda de Odin y Sage, y finalmente encontré a su madre, pero ya había fallecido.
Estaba a punto de rendirme cuando Sage sugirió una prueba de ADN en un laboratorio que podía encontrar familiares por coincidencia genética. Tal vez así podríamos descubrir quién era su padre.
Lo único que quedó fue un medio hermano, porque trágicamente el padre había muerto en un accidente de auto apenas un año después de la madre biológica de Ophelia.
Ahora estamos aquí, en Londres, frente a la entrada de la casa del hombre para el encuentro entre ambos, pero Ophelia todavía duda en entrar.
—Voy a hacerlo —dice ella y, como si estuviera pactado, en ese mismo instante su celular suena con un mensaje de su hermano: Lewis Johnstone-Docherty[30].
Responde rápidamente, luego toma mi mano y la besa.
—Vamos, esposo. Puedo hacerlo.
Bajo del auto y le abro la puerta, ayudándola a salir.
Ophelia tiembla y me pregunto si hice bien en insistir en que viniera. Yo no dejo nada a medias en mi vida, pero tal vez la presioné para algo para lo que todavía no estaba preparada.
Antes de que tenga tiempo de arrepentirme, la puerta de la residencia, tan grande como la nuestra en Estambul, se abre y aparece un mayordomo.
—Señor y señora Yavuz Aydin, tengan la amabilidad de entrar. Su Excelencia, Lewis Johnstone-Docherty, Duque de Cullbarton, los está esperando.
Ophelia ya sabía que su padre era un noble y que su hermano había heredado el título, pero escuchar al empleado repetirlo no hizo más que aumentar su nerviosismo.
Entramos en la casa, que más parece un palacio real, y caminamos casi cinco minutos hasta llegar a la sala principal, donde un hombre rubio está de espaldas, observando la tarde afuera.
—Su Excelencia, le solicito permiso para presentar a los invitados, el señor y la señora Yavuz Aydin.
Mi esposa me aprieta la mano y me importa una mierda las convenciones sociales; paso un brazo por sus hombros, protegiéndola.
Nuestro anfitrión finalmente se da vuelta y entonces estamos frente a uno de esos casos en los que ningún juez pediría una prueba de ADN, porque el duque tiene los ojos del mismo tono violeta exacto que los de mi esposa.
Para mi sorpresa, ella se suelta de mi abrazo y camina hacia él.
—Ensayé muchas veces frente al espejo lo que te diría, pero lo olvidé todo, así que voy a decir lo que siento: todavía no puedo creer que tengo un hermano y no puedo explicar lo feliz que estoy.
Parece que, una vez que decidió ignorar toda formalidad, fue hasta el final, porque enseguida lo abraza.
Él se mantiene pasivo y yo le doy diez segundos para que le corresponda el gesto, porque si lastima sus sentimientos, sea duque o lo que sea, lo mataré.
Para mi alivio, él le devuelve el abrazo y por fin puedo respirar de nuevo.
Ella necesitaba esto. Un pedazo de sí misma. La referencia de su familia.
Ahora todo va a estar bien.
Un año después
—Tío duque, ¿voy a ser rey? —pregunta Balian y mi esposa se ríe.
—Eres un lord. Lord Balian, ¿qué te parece? —responde el tío.
Zehra incorporó a Lewis a nuestra familia.
Él nos contó que la madre de Ophelia fue su niñera y que, cuando quedó embarazada de ella, creyendo que sería rechazada, huyó sin dejar rastro. El padre la buscó durante años, pero nunca pudo encontrarlas.
Lewis insistió en exhumar el cuerpo del duque fallecido para confirmar que Ophelia era realmente su hija, no porque dudara, sino para que tuviera oficialmente no solo derecho a parte de la herencia, sino también al título de Lady.
Ahora mi esposa es Lady Ophelia Corbyn Johnstone-Docherty Yavuz Aydin, y yo bromeo diciendo que su nombre se convirtió en un verdadero trabalenguas.
A ella le importa muy poco el título, pero el brillo en sus ojos cada vez que llama a mi cuñado “hermano” me demuestra que hice bien en empujar sus límites para que lo conociera.
—Estás muy callado.
—Estoy observando tu felicidad, esposa.
—Los niños no lo dejan en paz —dice riendo, señalando a nuestros tres hijos, que compiten por la atención del duque.
Decidimos que, junto a los tres biológicos, adoptaremos otros tres para completar el número que queríamos. En poco tiempo, una niña se unirá a nuestro clan. Ya iniciamos el proceso de adopción.
—Creo que a él no le importa —digo y ella asiente.
—La vida que tengo hoy supera cualquier sueño o cuento de hadas, Cenk. Y pensar que todo empezó con un plan de venganza.
—Tú eras mi destino, Ophelia. No importa el comienzo, sino el ahora y nuestro para siempre.
¡FIN!