Capítulo 9
La calma no les duró mucho. Al cabo de unos minutos entró Ross Wallett en el establo y se plantó delante del box de Dancer.
—¿A qué ha venido eso, Vivian? ¡Me has convertido en el hazmerreír de la gente!
—¿De qué gente? Yo no he visto que nadie se riera.
Claro, se reirán un poco de Samson, seguramente ya sabes que lo he encerrado en el cuarto de las escobas.
Pero por mí podemos decir que ha cedido el testigo por voluntad propia.
Porque quería montar sin falta mi caballo antes de que volviera al criadero. Y no lo he hecho mal, ¿no? —Sonrió.
Ross se frotó la frente.
—Lo has hecho de maravilla —reconoció—. Pero tú…
las mujeres no pueden participar en carrera, pero en nuestra propia casa, con nuestro criadero de caballos, ¡podrías entrenarlos tú!
Vivian, he sido un idiota. Jamás debería haberte dejado, juntos lo habríamos conseguido.
De algún modo habríamos hecho realidad nuestros sueños, tú y yo.
Era nuestro destino, no podía ser de otra manera, y podemos hacerlo ahora, ¡debemos hacerlo!
¡Vuelve conmigo, Vivian, por favor! No le devuelvas el caballo a Jane Parson, comprémonos nuestra finca, abramos nuestro propio criadero, ¡como siempre quisimos!
Estamos hechos el uno para el otro. ¡Tú sientes lo mismo!
Vivian lo miró con frialdad.
—¿Y Giselle? —le preguntó para provocarlo—.
Como siempre, sigues sin pensar en que tienes una hija.
Ah, sí, claro, ahora la atraerás con un poni y con lo de que quieres enseñarle a montar.
Eso, Ross Wallett, hace mucho que lo dices, pero yo no veo ningún poni por aquí.
Por suerte, tampoco lo va a echar de menos.
Ni al caballito ni a ti, Ross. Porque ya tiene un padre.
Uno que no es un estafador, ni necesita engaños ni adivinar el futuro para lograr el éxito.
¡Quiero el divorcio, Ross! Sin más dilación. ¡O haré público lo que oí aquí ayer!
A Ross se le cambió esa cara que suplicaba amor.
—¿Nos… nos oíste? ¿Por eso todo este numerito? ¿Querías… dejarme en evidencia?
—He tenido el detalle de renunciar a eso —apuntó Vivian—.
Puedes quedarte con tu establo de carreras, no voy a delatarte.
Habéis salido bien parados. Puede que Samson tenga el orgullo un poco herido, y tu Kinmitu tendrá que admitir un error.
Quizá hayáis perdido todos algo de dinero, habréis hecho que vuestros hombres de paja apuesten por Neptuno.
Por lo demás, podéis seguir como hasta ahora.
No os molestaré más. Me iré con mi caballo.
Y ahora, disculpa. Jean-Luc me estará esperando.
Vivian quiso hacer una salida triunfal, pero, cuando se volvió hacia la entrada del establo, apareció un mozo de cuadra con Neptuno, que había quedado segundo en la carrera. Tras el precioso ejemplar vio a su dueño, que hablaba con Kinmitu hecho una furia. Estaba fuera de sí.
—¡Me dijo que ganaría Neptuno! —le reprochó a la joven, con el rostro ancho rojo de la rabia—. Hemos apostado dinero por él. Y ahora… ¡un miserable segundo puesto!
Kinmitu, un poco atribulada, procuraba mantener la compostura y quiso contestar cuando Samson apareció por detrás de los dos.
—¡Tenemos la resolución de la dirección de la carrera! Han explicado las consecuencias de la flagrante infracción de las reglas por parte de la señora Wallett. First Dance ha sido descalificado. Han declarado ganador a Neptuno.
El dueño de Neptuno lo miró irritado.
—Pero es innegable que el caballo de la señora Wallett ha sido más rápido.
Kinmitu se irguió. Le lanzó una mirada tan digna como de reprobación a sus clientes.
—Señor Hollander, yo no le dije que Neptuno sería más rápido que los demás. Los espíritus no me hablaron de eso. Solo me dijeron que ganaría. Debería hacer preguntas detalladas si quiere saberlo con tanta precisión.
Ross también se volvió hacia él con una sonrisa.
—Ya la ha oído. Nuestra chamana es infalible. ¿Celebramos la victoria?
Vivian aún se reía cuando llegó al palco de propietarios para reunirse con Jean-Luc. Unos cuantos espectadores se dieron la vuelta al verla, otros aplaudieron. Robert Winchester y Elinor Torrence se acercaron a ella. Elinor la felicitó, Winchester parecía un poco molesto.
—Una carrera fantástica, señora Wallett —afirmó aun así—. ¡Pero ya sabía dónde se estaba metiendo! Ahora pierde el importe del premio y, si ha apostado por Dancer, tampoco verá ese dinero.
Vivian le restó importancia con un gesto.
—Sabía lo que hacía. Algún día se lo contaré, y a ti, Elinor. Pero antes agradecería poder llevar a Dancer a casa lo antes posible, al criadero, con su hija. Antes de que le pase algo más. Hoy he hecho enfadar a mucha gente.
Winchester quiso hacer más preguntas, pero Vivian los dejó a él y a Elinor Torrence con un breve gesto de disculpa cuando vio a Jean-Luc.
Se arrimó a él y se deleitó en su sonrisa.
—¡Vamos! ¡Larguémonos! —le pidió antes de que pudiera decir nada.
Él la miró con ternura.
—¿No quieres cambiarte primero? —le preguntó—. Esta vez no hay un incendio. ¡No hace falta que huyas con la ropa de baile!
Vivian se miró molesta y comprobó que aún llevaba la cazadora de montar de Samson con los colores de Ross Wallett.
—Me temo que mi vestido está en una despensa —confesó—. Ahí he encerrado al jinete al que…
—¿Has metido a ese tipo en una despensa? —Jean-Luc soltó una carcajada—. Eres increíble. Aunque la cazadora te queda bien. —Recuperó la seriedad—. Pero ¿no estarás pensando en llevar esos colores más a menudo en un futuro?
Vivian frunció el entrecejo.
—¿Los colores de correr de Ross Wallett? ¡Eso seguro que no!
Jean-Luc la escudriñó con la mirada.
—¿Y otros colores? ¿Los tuyos? ¿A lo mejor hay hipódromos donde admiten que las mujeres sean amazonas?
Hoy parecías muy feliz con tu caballo. ¿Tantas ganas tenías de volver a participar en una carrera que tenías que dinamitar todos los puentes con tus amigos del hipódromo?
Al fin y al cabo, sabías que jamás ibas a volver a poner un pie aquí si forzabas tu participación. ¿Por eso llorabas tanto ayer?
Vivian le agarró de la mano y lo apartó hasta donde no pudieran oírles los demás dueños de los caballos.
Solo quedaba la cocina anexa al palco donde se preparaban las pequeñas delicias que se servían con el champán y el vino.
Dos cocineras y un camarero los miraron confusos, pero Vivian no se dejó amedrentar.
—Necesitamos un rincón muy tranquilo —aclaró—. ¿Tienen algo como… un cuarto de escobas?
—¡Pero no nos cierren! —rogó Jean-Luc cuando, en efecto, encontró una despensa donde podían retirarse un ratito—. Será mejor que dejes la puerta con una rendija, o pensarán…
—¡Me da igual lo que piensen! —repuso Vivian con contundencia—.
Solo me importa lo que pienses tú. —Luego le contó lo que había oído el día antes en el establo—.
Por eso lo he hecho, por eso he montado a Dancer.
Porque no quería dejarlo pasar, que Ross y su Kinmitu se fueran de rositas con otro engaño.
Aunque… ¡ella lo ha vuelto a conseguir! —Le contó la actuación de Kinmitu con el dueño de Neptuno, y Jean-Luc se echó a reír de nuevo.
—¡Tómatelo por el lado divertido! —le recomendó—. Kinmitu y tu Ross, ¡están hechos el uno para el otro! Ella encaja mucho mejor con él que tú.
—¿En qué sentido? —le preguntó Vivian a la defensiva—. ¿Crees que yo no tendría visiones? ¿Que no lo habría apoyado? Yo… compartíamos nuestros sueños…
Jean-Luc sacudió la cabeza.
—No, mi amor, no me refiero a eso, porque Ross nunca tuvo sueños.
Tiene deseos, eso sí. Y tú te esforzaste mucho en cumplirlos, mientras que él nunca fue un apoyo para ti.
Por suerte, tampoco le necesitas, a diferencia de Kinmitu.
Ella lo necesita. Los dos se aprovechan el uno del otro, se complementan.
—¿Como nosotros dos? —le preguntó Vivian en tono conciliador.
Jean-Luc asintió y le acarició la mejilla.
—Kinmitu siempre fue muy inquieta —prosiguió—. No tenía tiempo para sueños. Por eso tampoco era buena bailarina. Pero creo que quiere a Ross.
Vivian frunció los labios.
—Y cumple sus deseos gracias a sus visiones. Tienes razón. Se merecen el uno al otro. Entonces ¿me concedes unos cuantos sueños?
—Espero que compartas los míos —dijo él con calma.
Vivian buscó en su mente la imagen que ya la embelesaba en la época lejana en que discutió con su padre. La sílfide . El baile con su príncipe.
Jean-Luc le leyó el pensamiento porque supo interpretar la luz en su rostro.
—¿El pas de deux del primer acto de La sílfide ? —preguntó con ternura—. Te oigo tararear la música a menudo. El baile es maravilloso. Pero tendrás claro que aún queda mucho camino…