Capítulo 69
MOMENTO OPORTUNO
F ueron cinco minutos muy largos. En ese tiempo, el cielo se había oscurecido, y las nubes con él, y había empezado a caer un ligero chaparrón que le rociaba el rostro con suavidad.
Mientras esperaba a un lado de la carretera, se cruzó de brazos para conservar el calor corporal.
Dio golpecitos con el pie contra la acera y se balanceó de un lado a otro.
La emoción iba en aumento. La adrenalina iba en aumento.
La anticipación iba en aumento. Los Demonios iban en aumento.
Así que, ¿por qué cojones tardaba tanto el taxista?
Justo cuando Lester estaba a punto de llamar a la compañía de taxis para meterles prisa, un coche se detuvo. Estaba cubierto de pegatinas y logotipos de Stratford Cab y parecía sacado de un juego de Hot Wheels.
La ventanilla bajó y Lester se asomó.
—¿Qué pasa, jefe?
—¿Un taxi para Jake Tanner?
Lester sonrió con suficiencia. —Ese soy yo.
El taxista le indicó con el pulgar que subiera atrás y él hizo lo que le decía. El interior del vehículo era de cuero y olía intensamente a fresas y frambuesas; un ambientador de Jelly Bean colgaba del espejo retrovisor y se balanceaba mientras Lester cerraba la puerta tras de sí.
—¿A dónde va, amigo? —preguntó el conductor.
—Al centro, por favor —dijo Lester con una sonrisa forzada.
El taxista giró a la derecha por Colegrave Road y empezó a avanzar por la calle.
Lester se golpeó la pierna con voracidad mientras se acercaban más y más a la casa de Jessica Tanner.
El pulso le pitaba y resonaba en los oídos, el corazón le latía con furia contra el pecho.
Se lamió los labios, saboreando el gusto de su propio sudor.
—¿Qué tal va la noche? —preguntó el taxista, interrumpiéndolo con rudeza de su estupor.
—Bien —respondió él. Lo último que quería era entablar una conversación innecesaria.
Lester siguió mirando por la ventana. Observó las casas y contó los números en sentido descendente. Cuarenta y nueve. Cuarenta y siete. Cuarenta y cinco.
Algo despertó el interés de Lester en el lado derecho de la carretera. Era una casita unifamiliar, diez números antes de la supuesta residencia de Jessica Tanner. Tras el ventanal delantero, a través de un fino velo de tela, se veía a una mujer menuda atendiendo a un bebé en una trona.
Antes de que pudiera fijarse más en la mujer de la ventana, la atención de Lester se desvió hacia la casa de Tanner. Al acercarse, notó un coche estacionado que no estaba allí por la mañana, ocupado por dos personas en los asientos delanteros. Sabía exactamente quiénes eran y para qué estaban allí.
—Hoy no —susurró Lester para sí mismo.
—¿Cómo dice? —preguntó el taxista, frenando al llegar a un badén. Sus ojos relampaguearon en el espejo retrovisor.
—Nada.
El taxista tenía una última oportunidad. Si hablaba una sola vez más, Lester le rebanaría el cuello al hombre con la misma hoja que había usado con Carl y Jessica. Tenía que callarse si quería sobrevivir. Así de sencillo.
Mientras el taxi pasaba por delante de la casa de los Tanner, Lester sonrió de oreja a oreja.
La casa quedaba a su izquierda, y él estaba sentado en el lado derecho.
Se inclinó sobre los asientos para ver mejor.
Era hermoso. La policía se había tomado considerables molestias.
Habían preparado una habitación roja, con iluminación ambiental roja, en la ventana superior izquierda, y habían apagado todas las demás luces.
Suponían que aquello actuaría como un faro para él; un faro de lujuria en medio del abrumador mar de negro y azul.
Se equivocaban.
Lester saludó levemente a la casa con la mano, como burla final, antes de que esta desapareciera de su vista.
Al final de la calle, la lluvia empezó a azotar las ventanillas, creando un repiqueteo sordo en el techo del coche. Lester cerró los ojos y se dejó envolver por lo terapéutico del sonido.
El taxista giró a la izquierda por Major Road, acercándolos al centro.
Pero había un problema. Lester no estaba satisfecho.
No era suficiente. No se sentía contento solo con ver la casa.
Tampoco le bastaba con haber saludado. Quería estar cerca.
Quería estar lo más cerca posible. Quería dedicarle a la policía un último corte de mangas.
A menos de medio kilómetro de la casa de Jessica, fingió que le sonaba el teléfono.
—¿Estás bien, amor? —dijo al teléfono, fingiendo su mejor acento cockney de Londres. El taxista echó un vistazo por el retrovisor y cruzaron las miradas. —Sí. Dios mío, ¿estás bien? No. Sí, claro. Por supuesto que puedo. Llego en un momento.
Lester se puso el teléfono en el regazo.
—Lo siento, jefe, pero ¿podríamos dar la vuelta? Mi mujer se acaba de cortar y creo que tengo que llevarla a urgencias.
—¿Qué? —preguntó el taxista, desinteresado.
—Es una faena, lo sé. Pero no hace falta que se quede por allí. Yo mismo puedo llevarla al hospital.
El taxista dio un volantazo para hacer un cambio de sentido. —No hay problema —dijo.
Condujeron en silencio mientras regresaban hacia la casa de los Tanner.
—¿Qué número era, amigo? —El taxista se inclinó hacia delante y estiró el cuello para ver por el parabrisas.
—El cuarenta y uno —dijo Lester justo cuando la casa apareció a la vista. La luz seguía encendida, pero afortunadamente no había nadie allí.
El taxista se detuvo delante y paró el taxímetro: 5,60 £.
Lester le lanzó un billete de diez, le dio las gracias por las molestias, le dijo que se quedara con el cambio y salió del coche.
Se bajó a la acera y se acercó a la casa —con cuidado—, mentalizándose.
Todo residía en la actuación. En la confianza: hacer que pareciera que sabía lo que estaba haciendo, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí.
Lester caminó despacio hacia la casa con el brazo protegiéndose la cara de la lluvia y de cualquier posible método que la policía pudiera tener para identificarlo. Para cuando llegó a la puerta, el taxi ya se había perdido de vista y ya no se oía el motor.
Esperó. Petrificado. El cuerpo empezó a hormiguearle. El pulso le rebotaba bajo la piel. Sus músculos se tensaron. La boca se le llenó de saliva y la lluvia le golpeaba el rostro. A los pocos segundos de estar allí parado, ya estaba empapado. El pelo. Los hombros. Las piernas. Los pies.
Lester llamó a la puerta con fuerza, ignorando la sensación de adormecimiento que le recorría el cuerpo.
No hubo respuesta.
Llamó de nuevo, esta vez aún más fuerte. Al otro lado de la puerta llegó el sonido de un bebé llorando.
Seguía sin haber respuesta.
Lester lo intentó de nuevo. Sopesó la idea de gritar pidiendo ayuda, pero sabía que eso atraería una atención no deseada; aunque comprendía que había policías apostados dentro de vehículos, no sabía cuántos eran ni a qué distancia podrían estar.
Al menos, el sonido de sus golpes quedaba amortiguado por la lluvia que repicaba sobre los techos de los coches cercanos.
Justo cuando Lester levantaba el puño para llamar otra vez, la puerta se abrió de par en par.
Lester no dio a la mujer que tenía delante ninguna oportunidad de reaccionar.
Arremetió hacia dentro, la empujó contra la pared y cerró la puerta de un portazo.
Antes de que ella pudiera abrir la boca para gritar, la mano de Lester la sofocó.
Luego presionó su otro brazo contra la garganta de la mujer y pegó su cuerpo contra el de ella, inmovilizándole las piernas con los muslos.
A ella se le salieron los ojos de las órbitas, revelando el asombro y el horror que aparecen en el rostro de alguien instantes antes de darse cuenta de que algo malo le va a suceder.
A él le encantaba esa mirada. El blanco de los ojos.
Las pupilas haciéndose cada vez más pequeñas, más pequeñas, más pequeñas.
El aliento entrecortado. El pecho agitado.
Todo trabajaba en armonía como en un coro de muerte. Y él era el director.
Lester olfateó y sintió el miedo que emanaba de sus poros.
Se acercó más y, en cuanto lo hizo, ella cerró los ojos.
Sonriendo, le lamió la frente, moviendo la lengua de izquierda a derecha, y luego de derecha a izquierda.
La mujer gritó bajo su mano y se retorció.
Sabía bien; no era lo mejor del mundo, pero sabía bien. Satisfactorio.
—Shh —chistó Lester, poniéndole el dedo en los labios. En la otra habitación, el llanto del bebé empeoró. Si te callas, todo irá bien, ¿de acuerdo? No quiero hacerte daño. De verdad. No quiero. Solo tienes que calmarte. Asiente con la cabeza si entiendes lo que acabo de decirte.
Con los ojos muy abiertos, la mujer inclinó la cabeza.
—Voy a quitar mi mano de tu boca ahora, vale, y cuando lo haga, quiero que te quedes callada. Puedes hacerlo, ¿verdad?
La mujer volvió a inclinar la cabeza y Lester aflojó la presión en su boca, pero la mantuvo en todo lo demás.
—¿Hay alguien más en casa?
Ella negó con la cabeza frenéticamente; Lester le creyó.
—El bebé... necesito que lo calles. Por favor.
La mujer gimió, abriendo la boca para protestar, pero no salió nada.
—Por... Por favor...
—No pasa nada —dijo Lester, rodeándola con el brazo—. No tienes por qué tener miedo. Solo tenemos miedo cuando nos asomamos a lo desconocido. Mírame a mí, ¿acaso tengo miedo?
La mujer no sabía cómo reaccionar, así que Lester respondió por ella. —No tengo miedo porque sé exactamente qué va a pasar, y tú tampoco tienes por qué tenerlo.
El bebé seguía en su trona en la cocina, en la parte delantera de la casa. La carita de la criatura se había puesto roja y su boca estaba cubierta de restos de comida y bebida. En cuanto él aflojó el agarre, la madre corrió hacia el bebé y lo cogió. Lo acunó en sus brazos y le acarició la mejilla.
—Dámelo —dijo Lester—. Por favor .
La mujer retrocedió, apretando al bebé contra su pecho hasta que chocó con la pared. Lester sonrió. No tenía a dónde ir. Él estaba en el umbral, entre ella y la salida. Su mirada se posó en el bebé. Nunca había hecho nada con uno todavía. Esa era una experiencia que estaba deseando tener.
—Por favor —dijo ella, señalándolo con el dedo, como si eso pudiera mantenerlo a raya—. Por favor, llévate lo que quieras. ¿Dinero? Tenemos mucho. Por favor, no nos hagas daño.
Lester negó con la cabeza. —Tu seguro te devolvería todo el dinero por los daños. No... Yo quiero algo más especial que eso. Quiero tu coño.
Lester agarró a la criatura, la arrancó de los brazos de la madre y la lanzó al suelo. El bebé rebotó sobre el suelo de piedra y se quedó inmóvil. La madre gritó, con un tono que le perforó los oídos. Tenía que silenciarla.
Lester le dio un puñetazo en el estómago, le estampó la cara contra la encimera de la cocina y dejó que cayera al suelo. Se quedó allí de pie con el pecho jadeante sobre los dos cuerpos inertes.