Capítulo 60
MONEDA DE CAMBIO
J ake redujo la velocidad de su coche hasta detenerse en un apartadero frente a un supermercado Co-op.
La cadena de tiendas bullía de vida y de clientes que cargaban con bolsas de la compra y botellas de alcohol recién compradas.
Jake apagó el motor y se apeó. A pocos metros, tras él, había una cabina telefónica en la esquina de la High Street con Carpenters Road.
Jake observó los alrededores, girando la cabeza a izquierda y derecha, estudiando a los personajes que lo rodeaban, asegurándose de que no lo seguían ni de que estaba interrumpiendo nada...
ni a nadie. Luego, con cautela y las manos en los bolsillos, se acercó a la cabina.
A medida que se aproximaba al objeto, un olor a orina y alcohol le subió por las fosas nasales.
Le hizo poner una mueca y, por un momento, se preguntó cuánta gente habría usado la cabina como refugio nocturno.
Jake cerró la puerta tras de sí y miró el tablón de anuncios lleno de tarjetas de visita que había sobre el teléfono.
Había docenas. Albañiles que buscaban trabajo.
Casinos que acababan de abrir en la misma calle.
Y las que más le llamaron la atención: clubes de alterne locales con fotos de mujeres vestidas de forma provocativa y sus números de móvil impresos en letras blancas y gruesas debajo.
Jake buscó la que Archie le había recomendado: Diamond Geezers.
La encontró en la parte inferior del tablón, la cogió y marcó el número.
El tono de llamada sonó en su oído.
—¿Diga? —preguntó una voz. Tenía acento de Europa del Este, aunque Jake no lograba discernir de dónde exactamente. Posiblemente ruso. Posiblemente letón. Posiblemente rumano.
—Eh... Sí... —dijo Jake, tartamudeando. Nunca había hecho algo así—. Me... Me preguntaba si podría concertar una cita para esta noche.
—Lo siento, ya no nos quedan. Adiós.
—¡Espere! ¡Por favor! —dijo Jake. Se apoyó contra el lateral de la cabina y se apretó el auricular contra la oreja. La persona al otro lado de la línea seguía allí. Aún podía oír su respiración. —Esto es importante. Lo siento. Nunca he hecho esto antes.
Vaciló de nuevo, intentando pensar cuál era la mejor manera de proceder. —Necesito saber si recibieron una llamada el otro día, el veinte. ¿Un hombre preguntando por una prostituta llamada Jessica?
Hubo silencio al otro lado y, por un instante, Jake se asustó. Pensó que se había acabado el tiempo de la llamada.
—¿Qué es esto? —preguntó la voz—. ¿Quién es usted?
—Por favor. No tiene problemas ni nada de eso. Estoy investigando el asesinato de Jessica-Anne. Estamos muy cerca. Solo necesitamos su ayuda para atrapar al tipo.
—¿Policía? ¡Me está jodiendo! ¡Nosotros no hablamos con policía!
Mierda. Esto no estaba saliendo como él esperaba.
—¿Acaso no quiere atraparlo? ¿No quiere saber qué le pasó, ayudarnos a detener al responsable?
—No. Nosotros no fiamos de policía. No llame más a número.
—Está bien —dijo Jake con calma—. No volveré a llamar a este número. Llamaré al otro en su lugar. Y luego al siguiente. Y al siguiente. Somos la policía. ¿Cree que no podremos volver a contactar con usted? Seguiremos llamando, y la próxima vez no será de forma tan amable como esta.
La voz soltó una risa profunda. —¿Cree que encontrarnos? Ni encuentra a puto asesino.
—Con tiempo lo haremos. Con tiempo le encontraremos a usted y al asesino.
—Si eso es verdad, ¿por qué necesita de nosotros?
Jake tragó saliva. Había llegado el momento. La moneda de cambio.
—Necesitamos su ayuda. Tengo que pedirle un favor. No hace falta que nos cuente nada. No hace falta que nos veamos. Solo necesito que haga algo...
Jake dejó la frase en el aire. Esperaba haber puesto suficiente intriga en su voz como para captar la atención del hombre al otro lado.
—¿Qué necesita que yo haga?
Jake soltó un suspiro de exasperación. —Creemos que va a intentar ponerse en contacto de nuevo —mintió Jake—. Creemos que pronto pedirá otra chica. Si lo hace, quiero que me avise. Eso es todo. Solo tiene que decirme dónde se reunirá con la chica y cuándo. Sencillo.
—¿Eso es todo?
—Sí —dijo Jake—. Puede llamar desde un número diferente si lo prefiere. No se rastreará.
El hombre tosió. —Bien. Por Jessica.
—Y otra cosa —añadió Jake.
—¿Qué?
—Si llama a alguien más, quizás a algún competidor suyo, haga que me llamen también. El asesino va a utilizar todos los canales a su disposición. Tenemos que asegurarnos de encontrar el correcto. No podemos permitir que mate a otra persona.
—¿Y yo qué saco de esto? ¿Qué hay para mí?
Jake suspiró para sus adentros. —Puedo asegurarle que la policía les dejará en paz. No interferiremos en su negocio. Ustedes van por su lado y nosotros por el nuestro. Sencillo.
—Sencillo.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Jake le dio al hombre su número de móvil del trabajo y colgó. Suspiró profundamente mientras colocaba el auricular en su sitio. Ya estaba hecho y agradecía que hubiera terminado.
Jake cerró la puerta de la cabina y esperó, conteniendo el aliento.
Sus sentidos se agudizaron y de repente se sintió muy vulnerable.
Como si lo estuvieran vigilando. Desvió la mirada del hombre que cargaba con las bolsas de la compra y se alejaba de él hacia la pareja que cruzaba la calle cogida del brazo, y después hacia el chico del patinete a cien metros de distancia.
Ninguno de ellos lo vigilaba; ninguno de ellos miraba siquiera en su dirección.
Solo era paranoia: miedo a que Lester lo observara desde la distancia, o a que fuera la gente de la que Bridger le había advertido, calculando cada uno de sus movimientos.
Al final decidió que estaba siendo un estúpido y se dirigió de nuevo a su coche. Pero cuando iba a arrancarlo, lo interrumpió el sonido de su teléfono. Era su móvil personal.
Jake respondió sin comprobar la identificación de llamada. No le hacía falta; sabía perfectamente de qué se trataba.
—¿E-Elizabeth? —preguntó tartamudeando, esforzándose por articular las palabras.
—¡Jake! ¡Jake! ¡Jake! Voy de camino al hospital. Ven rápido. Estoy con tu madre. ¡Voy a tener al bebé!