Capítulo 53
JAQUE MATE
L a oscuridad lo envolvía. Las estrellas salpicaban el cielo, parpadeando como bombillas a punto de fundirse.
El aire a su alrededor era frío y sintió que el vello de sus brazos se erizaba en señal de protesta.
No estaba seguro de si se debía al gélido abrazo que le recorría el cuerpo o a la adrenalina que le corría por las venas.
Sampson Decker —S, su mentor, su buen amigo— lo había traicionado.
Por supuesto, Sampson le había enseñado todo lo que sabía, pero Lester no tenía ninguna duda de que Sampson se lo había contado todo a la policía: dónde estaba, qué había hecho y qué pensaba hacer.
Para Sampson, Lester era prescindible, un engranaje más en la maquinaria de La Comunidad, un medio para un fin.
Lester podía ser sustituido por cualquiera que estuviera en segunda posición, así de fácil. Nadie se enteraría de nada.
Aquello era inaceptable. Había que hacer algo al respecto.
Lester estaba de pie frente al bloque de pisos de Sampson.
La calle estaba mal iluminada y se servía de las sombras para ocultarse.
Estaba junto a un contenedor, justo detrás de un coche.
A lo lejos, a la derecha, había un grupo de adolescentes con capucha.
Algunos iban en bicicleta, dando vueltas unos alrededor de otros, fingiendo que iban a chocar para desviarse en el último momento.
Unos pequeños puntos naranjas brillaban en sus rostros como luciérnagas, con nubes de humo suspendidas en el aire sobre ellos.
Lester les prestó poca atención. Tenía otras cosas más importantes de las que preocuparse.
Esperó allí cinco minutos, con la mirada fija en la ventana de Sampson.
La luz estaba encendida y unas sombras envueltas en un resplandor azul cruzaban la cortina mientras las imágenes se sucedían en la pantalla del televisor de Sampson.
Con cada segundo que pasaba, Lester era consciente de que se estaba poniendo un obstáculo mayor.
No sabía si la policía estaba cerca, de camino, o si habían abandonado a Sampson por completo.
Intentó pensar con lógica. Pero no había ningún destello de lógica que inundara su cerebro.
No había ni rastro de calma o precisión en su pensamiento.
En su lugar, estaba lleno de rabia y del deseo de herir y desmembrar.
Tal vez trataría a Sampson como a la Jessica número 5.
Lester cruzó la calle y se adentró en el bloque de pisos. Subió los escalones del edificio y aminoró la marcha al llegar a la sexta planta. El viento arreció y silbó suavemente al azotar las galerías y los huecos de las escaleras. El frío acentuó su piel de gallina.
Lester se detuvo al final del tramo de escaleras y esperó. Escuchó.
Reinaba el silencio.
Dobló la esquina y caminó por el corredor exterior del edificio.
Un muro de hormigón le llegaba a la cadera a su izquierda.
Las luces de Londres centelleaban a lo lejos y, desde allí arriba, podía ver cualquier coche que pasara.
De momento, no había ninguno. Pero tomó nota mental de los coches y motos que eran visibles: tres de los primeros, una de las últimas.
Su respiración era pausada y, al llegar al piso de Sampson, el número cuarenta y dos, contuvo el aliento y llamó a la puerta.
El sonido de sus nudillos contra la madera resonó por toda la urbanización, amplificándose exponencialmente al reverberar en los distintos edificios y muros.
Se detuvo de nuevo y aguzó el oído por si había provocado alguna atención indeseada e indebida.
Tendría que guardar silencio si quería pasar desapercibido.
La puerta se abrió.
—¿Lester? —dijo Sampson, frotándose los ojos—. ¿Qué haces...? Es casi medianoche.
Lester entró de un empujón, ignorando al hombre que le cerraba el paso, y se precipitó hacia el salón.
—¡Lester! —gritó Sampson mientras cerraba la puerta de entrada de un portazo. Fue tras él hasta el salón a paso cojo y se detuvo en el marco de la puerta—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a hablar —dijo Lester con voz tranquila—. Solo quiero saber qué le has dicho a la policía. Eso es todo.
—Nada —dijo Sampson, negando con la cabeza. Los tubos que le colgaban de la nariz oscilaron de un lado a otro.
—Mientes.
—No miento. Te lo prometo. Lester, vamos. ¿Por qué iba a decirles nada?
—¿Entonces qué has dicho? No te habrás quedado ahí sentado en silencio.
La respiración de Sampson era casi inexistente, boqueando cada segundo en busca de aire. —No les he dicho nada de lo que querían oír. Les he hablado de La Comunidad. De lo que era. De cómo surgió. De lo bueno que eres. De que nunca te encontrarán.
—Y así seguirá siendo, ¿verdad, Sampson? Te asegurarás de ello, ¿no? —Lester dio un paso hacia Sampson y se puso la mano a la espalda—. Te asegurarás de que no sepan adónde voy ni qué voy a hacer después.
—¿Qué vas a hacer después? —preguntó Sampson, suplicando información. Aún se percibía una nota de miedo en su voz.
—Ya te gustaría saberlo.
Sampson volvió a negar con la cabeza. Esta vez pasó el tanque de oxígeno de un brazo al otro. —No hagas ninguna estupidez. Tienes que marcharte. Estás cerca, Lester.
—¿Cómo van a estarlo? Pensaba que no les habías dicho nada. —Lester esperó una respuesta, pero al no recibirla, continuó—: ¿Qué han dicho de mí? ¿Has preguntado? ¿Les has preguntado cuánto sabían?
Sampson se encogió de hombros. —Vinieron preguntando precisamente eso. No saben dónde vives. No saben quién eres en la tabla de clasificación. Ni siquiera saben tu nombre. Pero tienes que pasar desapercibido un tiempo. Especialmente en La Comunidad. Sin duda tendrán acceso a ella.
Lester sonrió con suficiencia. —Ahora me estoy alejando de La Comunidad. A algo más grande. Mejor.
—¿Adónde? ¿Qué vas a hacer?
Lester abrió la boca pero vaciló. Sus sospechas crecían. Sampson hacía demasiadas preguntas. Dio otro paso hacia S. Al acercarse, su mentor tosió y se limpió la mucosidad y la saliva de la cara. Tenían un matiz de color carmesí oscuro.
—¿A qué viene tanto interés de repente? —preguntó Lester—. ¿Por qué quieres saberlo?
—Te estás volviendo paranoico.
—¿Te han incitado ellos a esto? ¿Llevas un micrófono?
—Tienes que esconderte, Lester.
—No digas mi puto nombre.
—No... No quería... Yo...
Lester dio otro paso. Los separaban apenas unos palmos.
El sudor y el mal aliento de Sampson asaltaron sus sentidos; entonces, una sonrisa asomó al rostro de Lester.
Primero soltó una risita, que luego se transformó en una carcajada siniestra.
Veía el miedo en los ojos de su mentor, pero no era suficiente para despertar su compasión. Nada lo era.
—¿Por qué iba a traicionarte así? —suplicó Sampson, escupiendo más flemas y sangre en sus manos—. Ya cometí esos errores en el pasado y sufrí las consecuencias. No pienso volver a cometerlos.
Lester miró al suelo y sacudió la cabeza con asco.
—Eres un buen mentiroso —dijo—, pero ya he tenido suficiente de tus gilipolleces. No puedo creerme ni una palabra de lo que dices. Me has traicionado. Sé que lo has hecho.
Aquí estaban. Las Voces Crueles. En pleno apogeo. Lester sacó del bolsillo la cuchilla que había usado con Carl y gritó de rabia y frustración. Su cuerpo estaba empapado en sudor.
—No puedo escuchar más tus mierdas. ¡Lo has arruinado —el corazón le latía con fuerza y el pecho le subía y bajaba con esfuerzo—, lo has arruinado todo!
Al ver el arma, Sampson empezó a llevarse la mano al pecho. Su respiración se volvió corta y superficial, y el color abandonó sus mejillas. Entonces le flaquearon las piernas y se desplomó en el suelo, sin soltarse el pecho. Sampson abrió la boca para hablar, pero no salió nada.
Lester se acercó despacio, con cuidado. No quería perturbar la belleza y la serenidad de lo que estaba ocurriendo justo delante de él.
Quería saborear el momento. Era algo precioso.
Siempre había considerado a Sampson como una figura paterna.
Sampson lo había guiado desde sus inicios en La Comunidad hasta donde se encontraba ahora, y el hombre había hecho un buen trabajo.
Pero siempre faltaba algo, siempre había algo que no encajaba del todo.
Tal vez fuera el hecho de que Lester se sentía como un peón en el juego particular de conquistas sexuales de Sampson por toda la ciudad.
Y ahora Lester había hecho su último movimiento. Acarició la cara de Sampson y lo miró a los ojos mientras dejaba que el hombre muriera en el suelo, con el frío; para él, era un sufrimiento más largo y prolongado de esa manera. Las Voces Crueles podían esperar.
Jaque... mate.