Capítulo 19
JESSICA
L ester llamó al timbre y luego pegó la oreja a la puerta. El tañido resonó al otro lado, seguido del sonido de un vaso al ser posado sobre una superficie y de unos pasos que se aproximaban.
Cuando la puerta se abrió, Jessica Mann le dedicó una sonrisa radiante, luciendo una dentadura incandescente.
Llevaba un vestido negro ajustado y palabra de honor que terminaba justo por encima de las rodillas.
Su pelo castaño caía suelto, con las puntas moldeadas en rizos apretados.
Iba totalmente maquillada, resaltando sus pómulos y cejas, y se había sombreado los ojos de negro, lo que le confería un aire de misterio e intriga que a Lester le encantaba.
La Jessica Mann que tenía delante era una mujer completamente distinta a la que se había encontrado antes.
—No te pareces en nada a tu foto de perfil —dijo él, sosteniendo la botella de vino que había traído.
—¿Eso es algo malo? —preguntó ella. Se hizo a un lado para dejarle entrar.
—En esta ocasión, más bien todo lo contrario —respondió él, pensando en cuánto se parecía a Jessica Arnholt. Bajó la vista hacia la botella para distraerse—. Espero que te guste el Pinot.
—Es mi favorito. —Ella cerró la puerta tras él y señaló la cocina, al otro extremo del pasillo. Junto a la puerta de la cocina había un tramo de escaleras empinadas. Cuando Jessica pasó rozándole, él sintió su mano contra su entrepierna. Ella siguió por el pasillo con total naturalidad.
Entraron en la cocina. Jessica cogió dos copas de un armario, tomó la botella de vino de manos de Lester y sirvió. Mientras esperaba, Lester observó su entorno. La cocina estaba inmaculada y era moderna. Limpia. Blanca. El color perfecto para limpiar manchas de sangre.
—Tienes un sitio muy bonito —dijo él. Por la puerta del comedor a su izquierda, entró un gato con la cola erguida—. Espero que no te hayas tomado tantas molestias solo por mí.
Jessica le pasó su copa de vino. —Tienes suerte de que mi compañera de piso sea una maniática de la limpieza. Dice que tiene un trastorno obsesivo-compulsivo, pero yo creo que solo es una excusa para ser una tiquismiquis con todo; trabajar en un hospital no ayuda.
—Entonces, ¿en qué te convierte eso a ti? ¿En la desordenada? —Lester bebió. El vino estaba templado y le escocía en los labios agrietados, pero bajaba suave por la garganta y dejaba un regusto dulce en la boca. Nada mal por siete libras.
Jessica bebió también y, al posar la copa en la encimera, dijo: —Soy desordenada más allá de lo que puedas imaginar.
Lester sonrió con suficiencia. Tenía hambre.
Estaba famélico. El monstruo que había descubierto de niño estaba hambriento, y no deseaba nada más que arrancarle la ropa, partirla por la mitad y saciarse con las Cochinadas .
Pero tenía que esperar. Primero necesitaba realizar una inspección de la casa; con Steven y Jessica no había sido necesario porque los conocía y confiaba en ellos de sus visitas anteriores.
Pero este era territorio nuevo para él, una nueva compañera, una nueva Comunión, y no se sabía qué estaba pasando entre bastidores.
Si le estaban tendiendo una trampa para derrocarlo en la tabla de clasificación.
O, peor aún, si ella trabajaba secretamente para la policía y le estaba preparando una caída monumental.
Los ojos de Lester se posaron en una fotografía en el alféizar de la ventana.
—Espero que no estemos esperando a que se nos una algún novio —preguntó Lester, mirando la foto de Jessica rodeando con los brazos los hombros de un hombre con una chica al lado.
Jessica se apoyó contra el horno, cruzó los brazos y las piernas y dio un sorbo. —No —dijo, dirigiendo su atención a la fotografía—. Ese es el hermano de mi compañera de piso; vive en Escocia. Y esa es mi compañera con nosotros.
—¿Ah, sí?
—Sí. Eres un hombre con mucha suerte.
—¿Ah, sí?
—Me costó siglos convencerla para que saliera de casa. La llamaron para hacer un turno de noche extra, pero les dijo que no. Yo la convencí de que le vendría bien ir. Necesita el dinero.
Las preocupaciones de Lester aumentaron.
—¿Sabe ella que estoy aquí? ¿Sabe que he venido?
Jessica posó la copa en la encimera y se acercó a él. Le acarició el brazo y le apretó los músculos de la misma forma que había hecho cuando se tropezó con ella en la cafetería.
—Relájate —dijo ella—. No sabe ni una palabra. Si lo supiera, haría mil preguntas. Todo va bien. Nuestro secreto está a salvo. Confía en mí. Puedo hacer que te relajes.
Jessica se inclinó para darle un beso, pero Lester la contuvo. Sus impulsos eran tan fuertes que le costó cada fibra de su ser refrenarse.
—¿Por qué tantas prisas? —preguntó él—. Tenemos el vino. Tenemos tiempo. Vamos a tomarnos las cosas con calma. Quiero que dure toda la noche.
Una sonrisa burlona creció en el rostro de Jessica. Él la estaba desarmando con su encanto, y sabía que era impecable cuando adoptaba ese enfoque.
—Empiezo a entender por qué eres el mejor —dijo ella, volviendo hacia su copa, recogiéndola y dirigiéndose al salón.
—Ten cuidado, señorita Mann: los halagos solo te llevarán hasta cierto punto —dijo él.
—Estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para llegar hasta el final.
El salón estaba limpio y ordenado. En la esquina había un televisor de pantalla plana con mandos de PlayStation apoyados al lado.
Unos sofás de felpa gris para dos personas miraban al televisor como si lo adoraran en un santuario.
Había obras de arte colgadas en la pared y, por un momento, Lester las observó, pero se distrajo con otra cosa: Jessica acomodándose en el sofá.
Al sentarse, cruzó una pierna sobre la otra lentamente, dejando ver su ropa interior y dándole a Lester, supuso él, la oportunidad de mirarle bajo la falda.
Lester se sentó en el sofá junto a ella. Bebió un poco más de vino e ignoró la fina capa de sudor excitado que se formaba en su espalda.
—¿Pintaste eso tú misma? —preguntó Lester, señalando el cuadro de la pared. Le resultaba familiar.
—Soy tan artística como una tortuga con una horquilla por pincel. Soy un desastre. —Hizo una pausa—. No, es una obra de un marchante local. ¿Steven Arnholt? ¿Has oído hablar de él?
Lester se tensó. Abrió la boca para hablar, calculando cuidadosamente sus palabras, pero no salió nada. Dio un sorbo a su bebida para ganar tiempo.
—Me ha parecido reconocer el estilo —dijo finalmente.
—Me lo dieron como regalo.
—¿Regalo?
—Ellos también forman parte de La Comunidad.
Son CandidCouple. Me lo dieron por ofrecer una actuación estelar ; palabras de Steven, no mías.
No he sabido nada de ellos últimamente. Suelen querer quedar una vez al mes más o menos.
Deberías probar con ellos. Me enseñaron cosas que nunca habría imaginado.
Una amplia sonrisa asomó al rostro de Lester y apretó con fuerza la copa que tenía en las manos, poniendo a prueba su resistencia. —Yo puedo enseñarte aún más.
—No habría respondido de no ser por tu alta puntuación. Quiero aprender mucho .
—Solo funcionará si aprendes bien.
—También soy rápida.
—Mejor aún —dijo Lester. Terminó lo que quedaba de su bebida y dejó la copa sobre la alfombra—. ¿Tienes algún sitio a donde podamos ir?
Jessica asintió. —Mi dormitorio. Lo he equipado especialmente para esta noche. Es raro que una Comunión ocurra en mi habitación. Suele ser en la de la otra parte. En algún lugar mejor, con mucho más espacio para jugar.
—Para mis métodos particulares, no necesitamos mucho espacio.
Jessica subió la empinada escalera, seguida de cerca por Lester.
Llegaron al rellano y giraron a la derecha.
Lester echó un vistazo rápido al otro dormitorio y al cuarto de baño, que eran visibles a través de sus puertas abiertas.
Consideró que era seguro proceder. No había nadie allí, y tampoco había nada inmediatamente sospechoso en la casa.
Pero eso no significaba que no hubiera nada sospechoso en Jessica.
—¿Qué tal en la habitación de tu compañera? —preguntó Lester, justo cuando Jessica entraba en la suya—. Parece más grande. Además, resulta más morboso.
Jessica negó con la cabeza violentamente. Todo su comportamiento coqueto había desaparecido como una estrella fugaz en el cielo nocturno. —No. No podría hacer eso. Su habitación es sagrada. Ni siquiera me deja entrar durante el día cuando ella está aquí, mucho menos cuando no está.
—Venga —dijo Lester, acercándose a la habitación de la compañera de Jessica—. No se enterará si tenemos cuidado. Tenemos tiempo para recoger si ensuciamos algo. Vamos, Jess… lo hará más emocionante. Te dan más puntos si lo haces en un lugar diferente al habitual.
—¿En serio? —Jessica abrió mucho los ojos.
—¿No lo sabías? Te dan cien extra por hacerlo en un lugar que no sea tu Área de Comunión Designada. Por eso te obligan a introducir esa información cuando te registras.
Jessica negó con la cabeza. —Esos cabrones. No me dijeron eso. Si lo hubiera sabido antes, podría haber conseguido casi mil puntos extra.
Encogiéndose de hombros, Lester dijo: —Una pena. Estarías más cerca de mí en la clasificación. —Cruzó el umbral de la habitación de la compañera y miró dentro—. Ahora tienes la oportunidad de conseguir doscientos más.
—¿Doscientos?
—Conozco al fundador. Puedo negociar un trato.
—¿Por qué no vamos a la tuya? Ya tienes puntos suficientes.
«No, no los tengo», pensó él. En su mente, la distancia entre él y la segunda posición no era lo bastante grande.
Era de poco más de tres mil, y eso, Lester lo sabía por experiencia, podía lograrse en tan solo cinco Comuniones.
Pero eso requeriría algunas actividades depravadas; del tipo que solo una persona había cometido: él.
—¿Por qué crees que estoy aquí? —empezó Lester—. Tengo una puntuación alta que mantener. En el momento en que me descuide, en el momento en que caiga al segundo… tercero… cuarto… No puedo permitir que eso ocurra.
Durante un largo momento, Jessica no dijo ni hizo nada.
Parecía atrapada en un conflicto interno.
Lester supo la respuesta antes que ella.
Sabía que se daría por vencida y aceptaría.
Sabía que ella quería —no, necesitaba — esos puntos extra que él podía conseguirle.
Sabía que ella se desvivía por subir en el escalafón.
Hacerse miembro de La Comunidad era como una droga.
Una vez que la probabas un poco, querías más y más.
Se convertía en una obsesión. Una adicción.
Solo que esta no te consumía ni te hacía menos humano.
En todo caso, tenía el efecto contrario.
Creaba vínculos entre las personas, relaciones.
Y Lester era la versión de carne y hueso de esa obsesión.
—A la mierda —dijo Jessica—. Ya lidiaré con ella mañana. Ahora mismo, te quiero a ti.
Jessica cruzó el rellano a toda prisa, agarró a Lester por el cuello y lo lanzó sobre la cama. Cerró la puerta de un portazo y gateó sobre él. Lester se excitó al instante, y luchó contra el impulso de quitarse los pantalones.
Ya no quería aquel viejo placer. No, buscaba algo más.
Algo nuevo. Algo que, hasta hacía poco, nunca había creído posible.
La otra noche, con Steven y Jessica, había experimentado un nivel de sensación completamente distinto.
Había estado en comunión con sus cadáveres; más de lo que jamás podría haber dicho de alguien vivo.
Jessica se subió el vestido y dejó caer su cuerpo con fuerza sobre su entrepierna, lo que hizo que Lester gimiera de dolor.
—Pensé que tú eras la masoquista —dijo él con dificultad para respirar.
—Lo era, pero ahora quiero cambiar de bando.
—No puedes.
Jessica se apartó de él, salió de la habitación y regresó unos segundos después. Llevaba un látigo y unas esposas en las manos.
—Voy a hacerte lo que Steven y Jessica Arnholt me hicieron a mí.
Ahí estaba. Esos nombres otra vez. Los que no quería oír. Los que le hacían sospechar. Los que le provocaban paranoia cada vez que se los oía mencionar a otra persona.
Jessica se quitó el vestido, dejando el látigo y las esposas sobre la cama.
Lester se incorporó sobre los antebrazos y miró a su lado, hacia la mesita de noche.
No había nada allí que pudiera usar como arma.
Decidiendo un plan mejor, se desnudó, arrojando su ropa al suelo, y saltó de la cama, desnudo de cintura para abajo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jessica.
Lester fingió lanzarse a por el látigo en la cama con el brazo izquierdo.
Anticipó la reacción de Jessica —ella alargó la mano con la misma rapidez— y, usando su mano derecha, le propinó un puñetazo en la mandíbula.
Ella soltó un aullido y se desplomó en el suelo.
Se llevó la mano a la boca. En cuestión de segundos, estaba ensangrentada.
—¿Qué estás—?
Lester volvió a golpearla en la cara, esta vez con la izquierda. Su cabeza rebotó y golpeó contra el suelo. Lester se puso a horcajadas sobre ella, inmovilizándola contra el suelo. Ella lo arañaba mientras empezaba a atragantarse con su propia sangre.
Lester le dio un último puñetazo, dejándola casi incapacitada.
Los ojos de Jessica se pusieron en blanco mientras su cabeza se ladeaba de un lado a otro.
Entonces Lester le apretó la garganta con las manos.
La sentía pequeña, delgada, estrecha, como un rodillo de cocina.
Aplicó el peso de su cuerpo sobre su cuello y apretó simultáneamente.
Ella boqueó y jadeó por aire, arañándole la cara, intentando obligarle a parar.
Sus esfuerzos fueron inútiles. Lester tenía hambre, las Cochinadas estaban de camino, y no tenía intención de rendirse. Nada podía detenerlo ahora.
Nada.
Él le sonrió mientras la vida abandonaba gradualmente su cuerpo.
—Todo forma parte de esto —dijo él, babeando de excitación—. Piensa en los puntos.
Jessica jadeó, pero no salió nada. Más sangre y flema rodaron por su garganta y volvió a tosérselas encima.
Lester aumentó la presión y, tras unos minutos de forcejeos y resistencia, Jessica Mann murió.
Y ahora era suya para jugar con ella durante las próximas ocho horas, hasta que su compañera de piso volviera a casa.
Levantó el cuerpo de la alfombra y lo dejó caer sobre la cama.
—Oh, Jessica —dijo él—. Estaba deseando que llegara este momento.