En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

EN ALINKA’S

L as sombras se alargaban por la calle mientras los pájaros despertaban y cantaban desde sus posaderos entre las ramas.

Un ligero escalofrío crispaba el aire, haciendo que le dolieran las articulaciones de los dedos y los músculos de la nariz.

Los coches pasaban a toda velocidad a su lado, levantando parte del agua de la lluvia que había caído durante todo el día de ayer y la noche anterior.

Lester estaba sentado en el borde de un banco frente a la casa de Jessica Mann.

Había dado con su dirección a través de diversos contactos que había hecho en la Dark Web , quienes siempre estaban dispuestos a echarle una mano a cambio de algunas de las grabaciones que tenía de sus anteriores Comuniones.

Estaba sentado inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza gacha y el sombrero calado hasta los ojos.

Habían pasado varias horas desde que le envió el mensaje y no había vuelto a tener noticias.

Empezaba a preocuparse. ¿Y si ella le había echado un vistazo a su perfil y había decidido no conocerlo?

Lester decidió que todo lo que ella necesitaba era un pequeño empujón, un incentivo.

Algo que la animara a responder, y luego, si seguía sin haber respuesta, tendría que tomar cartas en el asunto.

Lester vestía su mejor conjunto. Una camisa Hugo Boss de color azul claro, con los dos botones superiores desabrochados revelando su pecho pálido.

Una fina americana azul marino de Guess y pantalones a juego.

Un par de zapatos Christian Louboutin de un negro azabache tan limpios que estaba casi seguro de que podía ver el reflejo de su cara en ellos.

Y un juego de gemelos Mont Blanc que remataba el atuendo.

El conjunto le había costado más de dos mil libras, y siempre se esforzaba por ponérselo en ocasiones especiales.

Funerales. Bodas. Bautizos. Y, más habitualmente, cuando conocía a otro miembro de la Comunidad por primera vez.

Su padre siempre le había enseñado una cosa que se le quedó grabada: que la primera impresión lo era todo.

Y si había algo que a Lester le gustaba más que hacer que la primera impresión contara, era dejar una impresión duradera , ya fuera a través de su ropa o de su personalidad única.

Pasaron unos minutos de nada, salvo por unos cuantos corredores que pasaban por su lado, sincronizando sus alientos jadeantes con sus pasos pesados.

Verlos le recordó que aún tenía que hacer su rutina de ejercicios del día; ayer se había visto obligado a saltársela porque había pasado demasiado tiempo pensando en Jessica y en la piel todavía caliente de Steven Arnholt bajo la suya.

La rutina consistía en veinte flexiones, veinte dominadas, veinte repeticiones de bíceps y luego veinte sentadillas.

Era una rutina que había empezado cuando era adolescente y que se había mantenido.

Y los resultados tampoco habían sido malos.

Estaba satisfecho con su cuerpo, con su presencia física en el dormitorio.

Y le encantaban especialmente los cumplidos que recibía de otros miembros de la Comunidad.

La forma en que masajeaban sus músculos.

La forma en que lo tocaban, excitando cada rincón de su cuerpo. No podía permitirse descuidarlo.

Después de que pasaran otros diez coches y dos corredores más, la puerta de la pequeña casa adosada de Jessica Mann finalmente se abrió.

Lester la reconoció al instante por su perfil.

Era incluso más guapa en persona: más alta, más delgada y más llamativa de lo que sugería su foto.

De hecho, se parecía mucho más a Jessica Arnholt de lo que él había imaginado originalmente. Y eso le excitaba.

Lester la siguió durante la siguiente media milla, manteniendo las distancias y separándose de ella al otro lado de la calle.

Su pelo se balanceaba a izquierda y derecha en una coleta mientras caminaba, y el bolso que llevaba al costado rebotaba contra su cadera.

Lester admiraba la forma en que su figura se movía al compás de su cabello. Era casi demasiado perfecto.

Cuando se acercaron a una tienda de bicicletas independiente en la esquina de la calle, Jessica aminoró el paso. Lester igualó su ritmo y se mantuvo rezagado. La vio cruzar la calle y entrar en una cafetería llamada Alinka’s. El hogar del café artesanal. Significara lo que significara aquello.

Era el momento. Su oportunidad de presentarse ante ella por primera vez. Su oportunidad de causar la mejor primera impresión de la que sabía que era capaz.

Lester se apoyó en una farola cercana con las manos relajadas a los costados. Le empezaban a sudar las palmas mientras esperaba. Observó a través de los amplios ventanales del edificio cómo Jessica pedía su bebida.

Había llegado la hora.

Con las manos en los bolsillos del pantalón, Lester cruzó el cruce prestando poca atención a los coches, taxis y autobuses que pasaban a toda velocidad.

Al subir al bordillo, sacó el teléfono y bajó la mirada hacia la pantalla justo cuando Jessica salía de Alinka’s.

Ella también estaba con el móvil, atendiendo una llamada.

Ninguno de los dos miraba por dónde iba, y Lester no tenía intención de detenerse.

A pocos pies de la entrada, chocaron. Lester dejó caer su teléfono a propósito, dejando que se hiciera añicos contra el hormigón, y el vaso de Jessica salió volando de sus manos.

El líquido de color marrón turbio manchó el teléfono de imitación que Lester había comprado de segunda mano por internet, destruyéndolo por completo, y salpicó por todo el suelo.

—¡Madre mía! —exclamó Jessica—. Lo siento muchísimo. ¿Estás bien?

Jessica le tocó el brazo y luego se agachó. Recogió el teléfono con el pulgar y el índice. Gotas de café caían de una esquina.

—Cielo santo —repitió ella. Cortó la comunicación y se guardó su teléfono en el bolsillo—. Lo siento de veras. Tu teléfono… yo… no quería…

—No pasa nada —dijo Lester, intentando desarmarla con su sonrisa.

—Pero se ha roto.

—Está bien. De verdad. No es mío. Es un teléfono de empresa. Lo paga mi trabajo. —Se lo quitó de las manos—. Así que puedes hacer lo que quieras con él. Pártelo por la mitad si te apetece. De todos modos ya no sirve para nada.

Jessica se quedó mirando el teléfono un momento y luego el suelo. Lester siguió su mirada.

—¿Qué estabas bebiendo?

—Té chai.

—Deja que te compre otro.

Jessica negó con la cabeza.

—No. Ha sido culpa mía.

—Bueno, no voy a pedirte que me compres un teléfono nuevo, sobre todo cuando ni siquiera es mío. Vamos, deja que te invite a otra bebida.

—Déjame a mí. Por favor. Es lo menos que puedo hacer. —Jessica se agachó, recogió el vaso del suelo y volvió hacia la cafetería.

Lester no perdió el tiempo en seguirla. Al entrar, se desplazó hacia un lado del local y encontró un montón de servilletas. Limpió el teléfono, lo envolvió en unas cuantas hojas y se lo volvió a guardar en el bolsillo.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó Jessica cuando él se unió a ella en la cola.

—Té chai. Lo mismo que tú. —Olfateó el aire.

El aroma que la rodeaba era delicioso: un perfume que no le resultaba familiar.

Afrutado. Dulce. Diferente al Chanel que Jessica Arnholt llevaba la otra noche.

Si todo salía según lo previsto, tendría que comprarle el mismo.

La experiencia debía ser perfecta, inmaculada, exacta.

Jessica sonrió y le dio la espalda. Le dio el pedido al camarero, le dijo su nombre y luego se desplazó con él hacia el otro lado de la caja.

—Escucha —dijo ella, volviéndose hacia él—. Siento lo de tu teléfono, otra vez. No ha sido mi intención… yo… no te he visto. Has salido de…

—¿Qué te he dicho? No pasa nada. No te preocupes. Me alegro de que no me haya caído nada en el traje.

—¿No se enfadará tu jefe? ¿No tendrán que comprarte uno nuevo?

Lester negó con la cabeza.

—No, no creo que se enfade.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo soy mi propio jefe, y estoy bastante seguro de que no puedo estar enfadado conmigo mismo durante mucho tiempo. Y desde luego no puedo estar enfadado contigo; después de todo, no ha sido culpa tuya. Ha sido toda mía. Y ya está.

Jessica sonrió y se sonrojó. Bajó la mirada al suelo y se reajustó el bolso en el hombro para que quedara apoyado contra su cadera.

—Bueno, gracias —dijo ella.

Lester extendió la mano y se presentó.

Jessica la estrechó.

—Encantada de conocerte. Soy Jessica.

Antes de que pudiera responder, el camarero llamó a Jessica y puso los dos vasos en el mostrador frente a ellos. Lester cogió el suyo y le entregó el de ella.

—Ahora estamos en paz —dijo él con una sonrisa—. Ya no tienes que sentirte culpable por nada.

Salieron de Alinka’s y, al llegar a la calle, Lester se dirigió a la izquierda y Jessica a la derecha.

—Bueno, yo voy por aquí —dijo él.

—Y yo por aquí —dijo ella, señalando en su dirección.

—Nos vemos —dijo él, y echó a andar.

Apenas dio dos pasos cuando ella lo llamó.

—Espera —dijo—. Perdona. Esto va a sonar completamente extraño, raro y de acosadora. Pero… ¿te conozco de algo? Me resultas vagamente familiar…

Lester le sonrió con suficiencia y se lamió los labios. El aroma de su perfume empezaba a gustarle. Quizá dejaría que se saliera con la suya.

—No lo creo. —Se encogió de hombros—. Me acordaría de una cara tan bonita como la tuya.

Jessica se ruborizó, bebió un sorbo de su té, se disculpó y se marchó.

Lester esperó un rato y la vio alejarse antes de dirigirse a casa. Su operación había sido un éxito. Ella lo había reconocido. Y él había plantado la delicada semilla de la curiosidad en su interior. Ahora todo lo que tenía que hacer era dejarla crecer.