En la mente de un Psicólogo (Preston Aldridge 1) El hombre razonable #2
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El hombre razonable #2

_        Que me explico muy bien —dijo—. Que tengo siempre una razón convincente para no hacer aquello que me incomoda. Y que casi siempre suena… ética.

No usó la palabra “moral”. Usó “ética”. No era casual.

_         ¿Eso le inquieta? —pregunté.

_        Un poco —respondió—. Porque empiezo a sospechar que no todas esas razones son tan desinteresadas como me gusta pensar.

Se quedó en silencio unos segundos. No un silencio vacío. Uno en el que algo se reorganiza.

_        Por ejemplo —añadió—, he recordado una situación de hace años. Nada grave. Una discusión con un amigo. Yo tenía razón, objetivamente. Los hechos me respaldaban. Pero recuerdo haber notado, durante la discusión, una especie de satisfacción fría. No por aclarar nada, sino por ganar.

_         ¿Y qué hizo con esa sensación? —pregunté.

_        La racionalicé —dijo—. Me dije que era normal sentirse aliviado cuando la verdad se impone. Que no había nada reprochable en ello.

_         ¿Y ahora?

_        Ahora me pregunto si no fue una forma elegante de justificar algo menos presentable —respondió—. El placer de imponerme.

No hablaba de culpa. Hablaba de revisión.

_         ¿Cree que eso le convierte en alguien peligroso? —pregunté.

Negó con la cabeza.

_        No —dijo—. Pero sí en alguien que quizá se ha contado una historia demasiado pulida sobre sí mismo.

Esa frase era importante. No la celebré.

_        Las historias pulidas suelen ser funcionales —respondí—. El problema no es tenerlas, sino confundirlas con la totalidad.

Asintió.

_        Eso es lo que me inquieta —dijo—. Que haya partes de mí que no encajan bien en ese relato, y que yo haya preferido dejarlas fuera antes que integrarlas.

_         ¿Integrarlas cómo? —pregunté.

Se encogió de hombros.

_        Aceptando que también soy capaz de actuar de formas que no me gustan —respondió—. No solo pensarlas. Hacerlas.

La frase quedó suspendida. No la empujé.

_         ¿Qué diferencia ve entre pensar y hacer? —pregunté.

_        Que pensar todavía me permite seguir creyendo que, llegado el momento, elegiría bien —dijo—. Hacer… elimina esa posibilidad retrospectiva.

_         ¿Le preocupa perder esa coartada? —pregunté.

_         Sí —respondió—. Y al mismo tiempo empiezo a cansarme de ella.

Había ambivalencia. Era buen signo.

La sesión avanzó hacia terrenos menos abstractos. Habló de su pareja, de pequeñas renuncias cotidianas que había convertido en pruebas de madurez. De discusiones evitadas “por el bien de la relación”. De decisiones postergadas en nombre de una estabilidad que empezaba a sentirse hueca.

_         No quiero hacer daño —dijo—. Eso sigue siendo importante para mí.

_        No querer hacer daño no siempre equivale a no hacerlo —respondí—. A veces se hace daño por omisión.

No reaccionó de inmediato. Luego asintió.

_        Eso también me ha rondado —dijo—. La idea de que evitar conflictos no es lo mismo que ser justo.

No añadí nada más. No hacía falta.

Cuando la hora se acercaba al final, le pedí que intentara formular, con sus propias palabras, qué estaba buscando aquí. No una meta terapéutica, sino una orientación.

Pensó unos segundos.

_        Quiero poder mirarme después de tomar una decisión difícil y no tener que engañarme para seguir adelante —dijo—. Aunque eso signifique aceptar cosas de mí que no encajan con la imagen que he construido.

_         Eso no es poco —respondí.

_         No —dijo—. No lo es.

Se levantó con más lentitud que la semana anterior. Antes de salir, se giró.

_        Hay algo que no le he dicho —añadió—. Cuando hablo de miedo a contradecirme, no me refiero solo a pequeñas incoherencias. Me refiero a la posibilidad de descubrir que, llegado el extremo, podría elegir algo que ahora mismo juzgo inaceptable.

No dramatizaba. No pedía absolución. Exponía un límite teórico.

_        La mayoría de la gente prefiere no mirar ahí —respondí—. No porque sea peligroso, sino porque obliga a renunciar a ciertas certezas cómodas.

_         ¿Y usted cree que mirar ahí sirve de algo? —preguntó.

No respondí enseguida.

_        Sirve para reducir la sorpresa —dije al final—. No elimina el riesgo, pero evita la ilusión de que “eso” solo les pasa a otros.

Asintió. No sonrió esta vez.

Cuando se fue, escribí algunas notas. No muchas. No había prisa por fijar nada. Era un proceso que todavía estaba en fase exploratoria.

Cerré el archivo y me quedé un momento mirando la pantalla en negro. Pensé en algo que había aprendido hace tiempo: los pacientes más estables no son los que menos pensamientos oscuros tienen, sino los que no necesitan negarlos para seguir funcionando.

Esa tarde, entre sesiones, volví a abrir el documento de la lista. Añadí una palabra más, casi por inercia: “Coherencia.”

La escribí tanto en la columna de fuera como en la de dentro.

No hice nada más con ella.

La última sesión del día fue anodina. Un joven preocupado por su rendimiento académico. Una conversación previsible, sin aristas. Al despedirse, dijo algo que había oído demasiadas veces últimamente.

_         Hablarlo ayuda —dijo.

_         Depende de cómo —respondí.

No preguntó a qué me refería.

Al cerrar la consulta, salí a la calle con la sensación de haber avanzado un paso que todavía no sabía en qué dirección apuntaba. No había ocurrido nada extraordinario. Ningún gesto alarmante. Ninguna frase que exigiera intervención inmediata.

Y, sin embargo, algo se estaba afinando.

De camino a casa, en el metro, un hombre discutía en voz baja con su pareja por el teléfono. Palabras medidas. Controladas. Ningún grito. Ningún exceso. Solo una tensión sostenida, como un hilo a punto de romperse.

Miré alrededor. Nadie parecía prestar atención.

Pensé, sin especial énfasis, que la mayoría de los conflictos más serios no empiezan con estallidos, sino con una acumulación paciente de decisiones “razonables”.

La idea no me inquietó.

Me pareció una observación neutral.

En casa, antes de dormir, repasé mentalmente las sesiones del día. La del hombre razonable destacaba, no por lo que había dicho, sino por lo que había estado dispuesto a considerar sin defensa inmediata.

Eso, en clínica, suele ser buen pronóstico.

Apagué la luz convencido de que el trabajo iba por buen camino.

Y, en ese momento, lo iba.