Durante años, un psiquiatra ejerce sin levantar sospechas. Sus pacientes no son víctimas indefensas ni criminales evidentes. Llegan con decisiones ya formuladas, buscando algo más preciso que ayuda: coherencia.

La violencia no aparece de forma abrupta. Se articula. Se justifica. Se vuelve funcional.

Cuando una serie de muertes empieza a revelar un patrón imposible de ignorar, la investigación no apunta a un culpable claro, sino a una estructura que ha aprendido a delegar la responsabilidad sin asumirla nunca del todo.

Esta novela no sigue la caída de un monstruo ni la redención de un investigador.Acompaña el desmontaje de un mecanismo: el modo en que el lenguaje, la eficiencia y el silencio permiten que lo intolerable funcione sin fricción.No hay confesión final. No hay cierre limpio.Solo una certeza incómoda: Algunas cosas no ocurren porque nadie las detenga, sino porque demasiados saben cómo justificarlas.

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