En la línea de fuego 707
98%

707

—Muy buena aportación, pelirroja —dijo Nils con sarcasmo—. Excepto por un pequeño detalle. . ¡Y es que no tenemos armas!

Entreabrí los labios para iniciar lo que sería una absurda discusión, pero escuché que Landon decía en apenas un bal-buceo:

—En la. . guantera.

Le lancé una mirada triunfante a Nils, antes de abrir la guantera. Removí apresuradamente los objetos que había: manuales de usuario, pañuelos de papel arrugados, algunos caramelos sueltos. . Hasta que finalmente mis yemas rozaron algo metálico.

Con cuidado, saqué el arma y la sostuve entre mis manos temblorosas.

Era una Glock 19, compacta y pesada. Examiné el cargador, asegurándome de que estuviera bien enganchado, y luego accioné el seguro con un clic sutil. Deslicé la corredera hacia atrás para comprobar que había munición.

—Hay quince balas —informé—. Así que tenemos quince intentos para dar con una de las ruedas del furgón y detenerlo forzosamente. Es la única manera.

Nils, que había estado observando con asombro cómo desmontaba el arma, levantó una ceja.

—¿Cómo sabes tanto de armas?

—Porque tengo experiencia con ellas —respondí, encogiéndome de hombros.

—¿Y luego el sospechoso aquí soy yo? —cuestionó, incrédulo.

Abrí la ventanilla del coche y me impulsé hacia arriba, sintiéndome expuesta al aire que pasaba a gran velocidad. Sentada en el borde de la ventana, me aseguré de mantener un buen equilibrio antes de sostener bien el arma para que no 708

se resbalara de mis manos. Era la única arma que teníamos.

—¡Amelia, baja de ahí! ¡Te vas a caer! —gritó Nils.

Ignoré sus palabras, pues tenía que concentrarme únicamente en mi objetivo. Inhalé profundamente, bloqueando to-do sonido excepto el latido acelerado de mi corazón. Alcé la pistola hacia el furgón que se aproximaba, enfocándome en una de las ruedas delanteras.

Mi dedo se deslizó sobre el gatillo y, con un movimiento rápido y preciso, disparé.

La bala ni siquiera pasó cerca del furgón.

Maldije por lo bajo, frustrada.

El hombre, que había permanecido oculto hasta ese momento, se asomó apenas por encima del borde del vehículo, apuntando su pesada arma hacia mí. Pero no lo vi a tiempo, pues estaba demasiado concentrada en darle al dichoso neumático.

Nils, en cambio, sí que lo vio a tiempo, y pegó un volanta-zo, haciendo que la bala pasara silbando por mi lado a apenas unos centímetros.

—¡Gracias, Nils! —le agradecí en voz alta para que pudiera oírme a través del viento.

—¡Qué gracias ni qué gracias! ¡Baja de una puta vez!

Pero no me rendí.

Volví a apuntar, bloqueando cualquier distracción que pudiera surgir. Sin embargo, mis manos seguían temblando ligeramente por la adrenalina que recorría mi cuerpo. Y eso fue lo que me hizo fallar cuando presioné el gatillo una vez más. La bala volvió a desviarse, aunque esta vez rozó una de las puertas traseras del furgón. Me había acercado un poco más al objetivo.

La frustración me envolvía, pero me obligué a mantener la 709

calma y concentrarme.

El hombre, utilizando el furgón como escudo, emergió nuevamente. Esta vez, sus movimientos no pasaron desapercibidos para mí, y pude apuntar con precisión. La bala se incrustó por completo en su brazo, haciendo que el arma se resbalara de sus manos y cayera a la carretera con un sonido sordo.

—¡Le he dado! —grité, sintiendo una oleada de euforia.

Ahora que había logrado eliminar una amenaza más, mi atención se centró únicamente en las ruedas que debía alcanzar. Un destello de triunfo brilló en mis ojos mientras empezaba a disparar de nuevo, enfocada en detener ese vehículo a toda costa.

Observé con satisfacción cómo una de las balas finalmente perforaba la rueda. El furgón redujo bruscamente la velocidad, tambaleándose ligeramente por el impacto en la llanta hasta detenerse por completo.

Me deslicé de nuevo dentro del coche, con la respiración agitada por la adrenalina de la situación.

—¡Lo hemos conseguido, Nils! —exclamé victoriosamente—. ¿Has visto lo que he hecho? ¿Lo has visto?

Nils, con una sonrisa de satisfacción en el rostro, asintió brevemente antes de que su expresión cambiara repentinamente cuando sus ojos se posaron en el retrovisor.

—Mierda.

Fruncí el ceño ante el cambio repentino en su actitud.

—¿Qué ocurre?

Mi sonrisa se desvaneció al seguir su mirada y ver tres furgones más, acercándose a toda velocidad por la carretera.

—¿Cuántas balas te quedan? —inquirió con cierta urgencia.