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Ahora comprendía cómo habían logrado pararlo, pero lo que no entendía era cómo los guardias permanecían dentro de sus vehículos. Detrás de ese furgón, se sumaba una larga fila más. Pero nadie salía, aunque no creo que fuera por voluntad propia. Era como si todas las puertas estuviesen blo-quedas.
Nolan siguió mi mirada confundida hacia el resto de furgones.
—He conseguido forzar el seguro de cada una de las puertas, pero no sé cuánto tiempo resistirán —aclaró antes de que pudiera formular cualquier pregunta—. Vamos, no hay tiempo que perder.
Asentí, algo aturdida, y nos dirigimos apresuradamente hacia el coche de Nils para huir.
AMELIA
—¡Ve más rápido!
—¡Voy lo más rápido que puedo! —exclamó Nils.
Me giré para echarle un vistazo a Landon.
Lo habíamos acomodado en uno de los asientos de atrás, junto a la ventana. Tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos, revelando un hilillo de sangre que contrastaba con su pálido rostro, y una enorme mancha de color carmesí en su uniforme policial que se estaba extendiendo a una velocidad alarmante.
—Madre mía. Tiene los ojos cerrados. ¡Tiene los ojos cerrados! —repetí con desesperación, entrando en pánico—.
¡No sé si se ha dormido o ya se ha muerto!
Nils desvió un segundo los ojos de la carretera para anali-702
zarlo él mismo desde el espejo retrovisor.
—Espero que sea la primera opción, porque no quiero tener un cadáver en el coche.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Podrías mostrar un poco más de sensibilidad?
—¿Sabes lo que nos va a pasar como nos vean conducien-do un coche patrulla con un policía muerto dentro?
—No te pongas paranoico —le dije con un susurro agudo, tratando de mantener la calma.
—No es paranoia, es sentido común. ¿Qué piensas que harán si nos atrapan con él? —cuestionó, señalando hacia el asiento trasero donde yacía Landon.
—¡Tú mantén los ojos en la carretera! No querrás que haya tres cadáveres en el coche.
—Sigo. . vivo. —Se oyó una voz débil detrás del coche.
Nils y yo intercambiamos miradas, suspirando aliviados.
—Aguanta, Landon —le pedí en un susurro.
JULES
—¿A dónde vamos ahora? —pregunté, echando constantemente vistazos hacia mi espejo retrovisor para asegurarme de que nadie nos estaba siguiendo, aunque estaba convencida de que no tardarían en hacerlo.
—Primero hay que alejarnos del pueblo —dijo Nolan mientras conducía—. No podemos quedarnos aquí más tiempo.
—Espera, ¿qué quieres decir?
Beth, desde los asientos de atrás, me contestó:
—No vamos a regresar a Harpers Ferry, no es seguro. El 703
inspector Foster está implicado en todo esto, así que no podemos contar con la policía. Ah, y antes de que preguntes, ya nos hemos encargado de hacer tu equipaje. Hemos empaca-do las cosas primordiales mientras estabas con Landon.
—Pero, no puedo dejarlo todo atrás —murmuré, sintiendo la abrumadora ansiedad aferrarse en mi estómago—. Tengo mi casa, mi trabajo, mi gente. . Mi vida entera está en ese pueblo.
Nolan clavó los ojos en mí para dictaminar con firmeza:
—No, ya no.
AMELIA
Volteé los ojos cuando vi que a Nils no se le ocurría otra cosa que poner música en el coche.
—¿Qué? —preguntó al darse cuenta de la cara que había puesto—. La música me relaja en situaciones tensas.
Este tipo era inusual, para decirlo de una forma más. .
educada. Entonces me paré a pensar en una cosa, y es que realmente no conocía a ese chico del todo.
Crucé los brazos, volteando un poco mi cuerpo para enfrentarlo mejor.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro —contestó, tarareando la canción que estaba sonando.
—¿Qué hacías en el psiquiátrico?
Sus oscuras cejas se fruncieron.
—¿A qué viene esa pregunta?
—No lo sé, tal vez esté lidiando con un psicópata y no lo 704
sepa.
—¿De verdad me ves cara de psicópata?
—Bueno, tus actitudes lo son —respondí con franqueza—.
Tengo una larga lista para demostrarlo, empezando por el hecho de que te importe más que te atrapen con un cadáver, en lugar de demostrar un mínimo de empatía por este chico.
—Lo siento si me preocupo más por no pasar el resto de mi vida entre rejas —objetó con sarcasmo.
—¿Quieres responder a mi pregunta? —repliqué.
—No.
Entrecerré los ojos, desconfiada.
—Por algo será.
—Sí, porque no me apetece hablar de ello.
—Eso es un poco sospechoso, ¿no crees?
—¿Y tú por qué ingresaste al hospital? —contraatacó él, con una ceja alzada.
—Yo. . —comencé a decir, pero fui interrumpida por un repentino golpe que sacudió el coche desde atrás.
Ambos gritamos del susto al sentir el impacto. Casi se me salió el corazón por la garganta. Al mirar por el retrovisor, vimos un furgón negro que nos seguía de cerca, el mismo que acababa de embestir contra la parte trasera del coche.
—¡Son ellos! —exclamé, mientras el pánico se apoderaba casi por completo de todo mi ser.
Nils maldijo entre dientes mientras pisaba el acelerador y aumentaba la velocidad.
Miré hacia atrás para asegurarme de que Landon seguía con vida. Su pecho subía y bajaba, pero sus respiraciones ca-da vez eran más lentas y pesadas. Sabía que nos estaban persiguiendo porque podríamos hablar y revelar todo lo que estaba pasando con el inspector y sus hombres.