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—¿El hermano de Nathaniel? —repetí en un susurro, como si al hacerlo pudiese procesarlo mejor. Pero no sirvió de na-da, estaba igual o incluso más aturdida que antes.
—Todo está conectado de formas que ni siquiera puedes imaginar.
La sola idea de que el inspector Foster estuviera implicado de alguna manera en todo esto me resultaba totalmente desconcertante, pero que fuera el hermano de ese hombre que había cometido tantas atrocidades. . Eso sí que no me lo hubiese imaginado jamás.
Porque, de ser así, sabría entonces desde el principio que los verdaderos responsables de esos crímenes estaban dentro de las paredes de ese psiquiátrico. Y, por supuesto, no me habría enviado allí para investigar a un inocente.
Durante los dos años que había trabajado con él, siempre lo había visto como un hombre dispuesto a sacrificar su trabajo por la justicia, aunque a veces fuera un poco áspero con los demás. Pero jamás pensé que apoyaría ese tipo de experimentos.
—Nunca habría sospechado de él —admití en voz baja, manteniendo mis ojos hacia un punto fijo del suelo—. Siempre lo vi como alguien dedicado a su trabajo, comprometido con la ley.
—Precisamente por eso te envió allí.
Fruncí el ceño, pero me mantuve en silencio, aguardando a que me diera una explicación más clara.
—Aunque sean hermanos, son personas muy diferentes
—comenzó a explicar—. Foster es un inspector de policía que cree firmemente en la justicia y el orden establecido, mientras que Nathaniel es un científico que desafía constantemente las normas preestablecidas. Por eso Foster te envió al psiquiátrico, porque cree que en una prisión podrán contro-641
lar a personas como yo y que un par de autoridades bastarán para hacerse cargo de mí. Pero Nathaniel piensa que somos demasiado peligrosos, por eso se encargó de falsificar todos los documentos que hiciese falta para encerrarme en el psiquiátrico Henninger.
Así que, estábamos ante una disputa entre dos hermanos con dos visiones opuestas, en el que cada uno perseguía sus propios objetivos.
Foster representaba la facción de la ley y el orden, buscando encerrar a Nolan en prisión para contener lo que consideraba una amenaza. Mientras tanto, Nathaniel optaba por métodos más clandestinos, manipulando documentos para confinar a Nolan en el psiquiátrico, convencido de que era la única forma de mantenerlo bajo control.
—Entonces, Foster sabe lo de las habilidades telequinéticas —concluí, y él asintió—. Lo que significa que también es consciente de que tú no eres el responsable de todas esas muertes. ¿O Nathaniel mintió con eso?
—Tu querido inspector lo sabe, Jules. Lo sabe todo.
Sentí un deje de decepción por haber caído tan fácilmente en sus mentiras.
—¿Por qué insistió, entonces, en que encontrara pruebas que sabía de antemano que no existían?
—Hay una sola prueba que podría ser suficiente para en-viarme a prisión, y la encontraste.
—¿Qué prueba?
—Mi informe —contestó, ladeando la cabeza—. Lo hallaste en los archivos del ordenador, ¿recuerdas? Y te diste cuenta de que estaba falsificado.
Iba a preguntarle cómo sabía eso si no había estado allí, pero entonces añadió:
—Si le hubieses enviado ese archivo a Foster, habría sido 642
mi sentencia. Y ahora mismo estaría en prisión.
Aparté la mirada de él.
—Yo. . —No supe qué decir, sintiéndome repentinamente incómoda ante la situación—. Lo siento, es que en ese momento creí que. .
—No tienes que disculparte, al fin y al cabo, estabas ahí para eso, para encontrar pruebas que me incriminaran —me interrumpió, pero aún así me sentí culpable. Si hubiese ido a prisión siendo inocente, no me lo hubiese perdonado jamás—. Hiciste bien tu trabajo, princesa.
Sentí que el rubor subía por mis mejillas. Aunque hubiese recibido varios elogios por mi trabajo, escucharlo de él, especialmente con ese apodo, hacía que tuviese una reacción muy distinta a la de los demás.
—¿Foster sabía quién era? —pregunté, cambiando de te-ma—. ¿Lo que hicieron conmigo? ¿Por eso me envió allí?
—Nadie esperaba que estuvieras ahí, ni siquiera la directora —reconoció—. Por eso creo que fue una simple coincidencia. Seguramente tuvo otras razones para enviarte al psiquiátrico. Tal vez pensó que al ser joven, podrías pasar desapercibida o ser más manipulable. Las personas con experiencia suelen ser más difíciles de engañar.
Recordaba que Madeline mencionó algo sobre mi llegada, como si hubiese sido un regalo para ellos. Ahora entendía a qué se había referido. Cuando descubrieron mi verdadera identidad, vieron una oportunidad perfecta para retenerme de nuevo.
Me sentía como si fuese un ratón al que había vuelto a la ratonera en la que me atraparon.
Me paré a pensar en ese informe, haciendo memoria de todo lo que había leído en él.
—El médico que firmaba esos documentos, murió días an-643
tes de que él pudiera haberlo firmado —empecé a decir—.
Por eso, cuando vi su firma, supe que algo no estaba bien. Si no recuerdo mal, se llamaba Richard James.
Nolan suspiró, como si no le estuviese diciendo nada que no supiera ya.
—Según lo que me contó Beth, James murió en un accidente automovilístico. Sin embargo, ambos creemos que no fue un simple accidente.
—¿Insinuais que alguien causó su muerte?
—Richard James era la mano derecha de Nathaniel, siempre lo apoyaba en todo. Pero cuando se enteró de los planes que Nathaniel tenía conmigo, de volver a retenerme en el psiquiátrico después de haberme liberado, no estuvo de acuerdo. No creía en retener a personas por tanto tiempo, ni mucho menos a someterlas a sillas eléctricas, especialmente a niños. Por eso se negó a ser partícipe en todo esto, renun-ciando al Proyecto Mindwave. Días después, murió.
La conexión entre los eventos comenzaba a hacerse evidente. Definitivamente Nathaniel había tenido algo que ver con la muerte de ese hombre. No tenía pruebas, pero tampoco me hacían falta.
Otra punzada de dolor atravesó mi mente mientras el recuerdo de los sueños regresaba con fuerza. Había algo que había pasado desapercibido hasta ahora. El hombre que aparecía junto a Nathaniel en mis sueños, el que siempre estaba a su lado mientras me sometían a esos experimentos, era Richard James.
Nolan, al notar mi malestar, rodeó la mesa hasta que lo tuve justo enfrente. Con delicadeza, apartó un mechón de cabello detrás de mi oreja.
—Esto que sientes es normal, sucede cada vez que un recuerdo vuelve a tu mente.