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—¿Lista para pasarlo bien? —me preguntó con esa chispa de entusiasmo en los ojos.
Hice todos mis esfuerzos por poner mi mejor cara y asentir, obligándome a mí misma a responder que sí. Pero, ¿lo estaba?
Al llegar, nos encontramos con una larga cola que serpen-teaba hasta perderse de vista. En ese mismo instante eché de menos mi tranquila comunidad. Solo esa cola de personas ya eran todos los habitantes de Harpers Ferry.
Antes de que pudiera sugerir esperar nuestro turno pacientemente, Beth evaluó la situación con una mirada cons-pirativa y comenzó a avanzar hacia la entrada, esquivando a la multitud como si nada y ganándose miles de miradas de reproche.
No parecía poder importarle menos.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté en un susurro, tratando de seguir su ritmo.
—Sígueme y actúa normal.
Antes de que pudiera procesar su plan, ya estábamos en la puerta. Su actitud despreocupada contrastaba con mi nerviosismo, pues apenas habíamos entrado y ya corríamos el riesgo de que no lo hiciéramos si nos metíamos en líos.
Se colocó disimuladamente al lado de los guardias de seguridad, dos hombres que debían medir dos metros y pesar al menos cien kilos cada uno. Eran auténticos armarios empotrados con brazos.
—¡Oh, no! —exclamó lo suficientemente fuerte para asegurarse de ser escuchada, mientras fingía buscar algo en sus bolsillos—. ¡Debe haberse caído dentro! ¡Esto es un desastre!
¡Yo soy un desastre!
Los guardias, inicialmente impasibles, no pudieron ignorar su teatral preocupación. Ahora teníamos ambos pares de 594
ojos de los matones posados en nosotras.
—¿Qué hago, tía? ¡¿Qué hago?! —La seriedad con la que me llamó "tía" casi me hizo soltar una risa. No era un apelati-vo muy usual en Beth que digamos.
Uno de ellos, quizás movido por una mezcla de curiosidad y un destello de compasión, se acercó hacia nosotras.
—Disculpa, señorita, ¿ha perdido algo?
Ella hizo una pausa dramática, mirándolo directamente a los ojos.
—Sí, mi inhalador.
Me giré en redondo hacia ella.
—He salido hace nada de esta discoteca —continuó—, y me acabo de dar cuenta de que no lo llevo encima. Si no lo encuentro en unos minutos, podría tener un ataque aquí mismo.
Los guardias intercambiaron una mirada rápida.
—¿Es asmática?
Beth asintió con seguridad.
—En ese caso, quizás este no sea el mejor lugar para usted
—replicó el otro guardia que seguía en la puerta, dando paso a las personas. Su postura sugería que estaba lejos de ser convencido para dejarnos pasar.
Entonces vi cómo la máscara que se había colocado mi amiga, desaparecía lentamente para dar paso a la verdadera Beth, esa que no temía de absolutamente nada ni nadie.
Desvió lentamente la mirada hacia el armario empotrado con brazos y, sin titubear ni un poco, se plantó delante de él.
Le sacaba por lo menos una cabeza y media, pero aún así elevó el mentón para poder mirarlo directamente a los ojos.
Su cambio de actitud fue tan repentino que incluso el guardia pareció sorprenderse por un momento.