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Lexi pareció percibir mi confusión más absoluta, porque con un gesto suave dirigió mi atención hacia un lado del baño. Allí, por encima del nivel de nuestras miradas, se encontraban dos ventanas estrechas, apenas lo suficientemente grandes para meter nuestros cuerpos.
—No creo que pueda hacerlo —admití, regresando la mirada hacia ella.
La incredulidad se vio marcada en cada rasgo de su rostro.
—¿Por qué no?
—Tengo una herida de bala en la pierna, Lexi —le recordé, por si curiosamente se le había olvidado—. Incluso si logro moverme, no llegaremos muy lejos. Solo te atrasaría.
—No es momento de dudar. Hemos pasado por cosas peores y hemos salido adelante. Esto no será diferente.
Se acercó a las ventanas, evaluando la altura y el espacio con una mirada calculadora
—Podremos abrirlas fácilmente, están aseguradas por un pestillo. Además, he visto un contenedor de basura justo a-546
fuera que puede amortiguar nuestra caída. No debe separarnos más de metro y medio del suelo.
—Lexi. .
Pero ella no estaba dispuesta a ceder, ni siquiera por un momento.
—Tú subirás primero —prosiguió—, y yo te ayudaré a hacerlo. Una vez fuera, te apoyarás hasta el contenedor de basura. Solo necesitas deslizarte hacia abajo. Luego, nos move-remos con discreción por el bosque hasta que encontremos una cabina telefónica y podamos contactar con nuestros compañeros de comisaría.
—Yo no voy a hacerlo.
—Si yo subo primero, ¿quién te ayudará a pasar por la ventana? ¿Quién se asegurará de que no pongas demasiado peso en esa pierna? No, tiene que ser al revés. Confía en mí.
—No, Lexi, no me entiendes. No voy a escapar —reiteré.
La tensión en el aire se volvió casi tangible. Lexi se quedó mirándome, sus ojos expresivos y marrones buscaron algún indicio de cambio en mi decisión, pero todo lo que encontró fue determinación.
—Jules, quedarnos no es una opción.
Mis ojos se desviaron hacia el suelo, fijándome en las baldosas frías y grisáceas del baño. La idea de escapar con mi pierna herida sin saber cuántos metros podría recorrer sin que se me soltaran los puntos otra vez parecía descabellada.
Pero la alternativa, quedarnos con el asesino al que todo un país entero temía, no era menos aterradora.
—Es por él, ¿verdad?
Levanté la mirada bruscamente hacia ella.
—¿Qué? —respondí, aturdida.
—He visto cómo lo mirabas mientras te curaba la herida 547
—explicó, y todo lo que pude hacer fue abrir ligeramente los labios, sin emitir sonido alguno—. Ese hombre llega siquiera a tener las manos puestas en mí y estaría aterrada, pero en cambio tú. .
—Más vale que tengas una buena razón para creer esa estupidez —mascullé, irritada.
—Ni siquiera le tienes miedo. ¿Cómo es posible eso?
—Te estás equivocando.
En realidad, no del todo.
Lexi tenía razón, en parte. Había algo en Nolan que me atraía, lo supe desde la primera vez que lo vi. Y no solo física-mente. Era una conexión que no podía negar, pues ya la había sentido antes. Eso era lo que hacía que no le tuviese miedo, pues había otros sentimientos que prevalecían por encima de ese.
—He observado lo suficiente como para saber que estoy en lo cierto. Y si hay algo en lo que somos buenas es en observar los detalles, ¿no es así? —Alzó una ceja, cruzándose de brazos—. Dime, ¿qué hacías con Nolan en la salida del psiquiátrico? ¿Ibas a escaparte sin decirme nada? ¿Sin siquiera saber si seguía en el hospital?
—Iba a regresar a por ti, Lexi.
—Y una mierda —contestó, furiosa—. ¿Acaso te has preguntado dónde he estado todos estos días? ¿Por qué no regresé el día de la excursión?
—¡Pues claro! —exclamé agobiada, dando un paso al frente—. En cuanto supe que algo iba mal, Nils y yo fuimos a buscaros al bosque, pero solo nos encontramos con Amelia. No sabíamos nada de vosotras.
—¡Por supuesto que no, porque nos secuestraron!
Amelia ya nos había advertido de lo sucedido, pero escucharlo de la boca de Lexi hizo que se volviera una realidad 548
tremendamente dolorosa. Habían secuestrado a Lexi. Y no solo a ella, sino a todas las demás chicas.
Se me comprimió el corazón, al tiempo en que un nudo empezaba a formarse en mi garganta. Sus palabras resonaron en mi cabeza como un eco distante. Todo parecía tan irreal, tan ficticio, que ya no estaba segura de poder distinguir una pesadilla de la realidad.
—¿Cómo lograste llegar al hospital? —pregunté con voz queda.
—Porque es allí donde querían llevarnos.
Fruncí el ceño.
—Espera, ¿qué?
—Me cubrieron la cabeza con una bolsa, así que no vi na-da. Solo escuchaba voces, eran masculinas y graves. —Tragué saliva, luchando contra la sensación de impotencia y confusión que me invadía—. No sé cuánto tiempo estuvimos andando, pero cuando me quitaron la bolsa, ya no estaba en el bosque con las chicas. Me encontré completamente sola, en una habitación vacía, blanca e iluminada, pero no reconocí el lugar. No parecía el psiquiátrico.
Los engranajes de mi cerebro empezaron a ir más rápido.
—El sótano —murmuré.
Ese era el lugar que descubrí con Beth y Adler, allí es donde vi junto a Amelia las habitaciones que Lexi estaba descri-biendo, donde tenían retenidas a todas esas personas. Inclui-do a Nolan.
—Entonces Landon y Amelia aparecieron con los demás oficiales de policía —continuó—. Cuando me dijeron que estaba en el psiquiátrico, no podía creérmelo. No tenía ningún sentido.
No, no lo tenía.