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—Jules, tienes que relajarte.
—¿Por qué. .? ¿Por qué no recordaba nada?
Decidí no responder, temiendo que cualquier palabra mía pudiera empeorar las cosas.
—Te lo explicaré, pero todo a su debido tiemp. .
—¡No! —gritó, haciendo que la niña diera un respingo y se refugiara a mi lado—. ¡Estoy harta de tus medias verdades y tus excusas! ¡Quiero la verdad ahora mismo!
—Primero cálmate.
Me arrepentí enseguida de haberle dicho eso. Cuando una mujer está alterada, lo último que tienes que pedirle es que se calme.
—¡¿Qué me calme?! —Abrió los ojos de par en par. Retiró las sábanas y se levantó de la cama.
Hice lo mismo, poniéndome en pie y tensando la mandíbula al ver que se estaba esforzando demasiado con la pierna que había recibido el disparo.
—¡Estoy en este hospital psiquiátrico por ti! ¡Porque necesitaba obtener pruebas que te incriminaran de todos los asesinatos que has cometido! ¡Y ahora me entero de que conozco al asesino desde que tenía diez años y ni siquiera sé por qué no lo recordaba!
—Lo sé.
La ira se reflejaba claramente en su mirada.
—No, no lo sabes. No sabes todo lo que he perdido por es-te caso. —Escupía cada palabra con odio—. Si no hubiese venido aquí, podría seguir con mi trabajo, con mi vida normal.
¡Podría haberme despedido de mi padre! ¿Sabes lo doloroso que fue para mí eso? Estuve semanas encerrada en mi habitación, culpándome una y otra vez por no haber tenido el valor de rechazar este caso. Así que cuéntame la verdad de 466
una maldita vez o cruzo ahora mismo esa puerta y lo descu-bro por mi cuenta.
Era el momento de revelarle toda la verdad, aunque no estaba seguro de si estaría preparada para recibirla. Pero ya no podía soportar verla destrozada por las mentiras.
Me pasé una mano por el pelo.
—Te borraron la memoria.
A pesar de parecer una locura, no le sorprendió. Era una mujer inteligente, por eso supuse que lo intuyó desde el principio.
—Como hicieron con Beth —murmuró, apartando su mirada hacia un punto en concreto.
—Sí, pero a ti te la borraron cuando tenías diez años. Todas las pesadillas que tenías eran manifestaciones de tu mente por recordar cosas que te obligaron a olvidar, fragmentos de tu memoria que luchaban por salir.
—¿Y por qué? —Alzó la mirada para toparse con la mía—.
¿Por qué lo hicieron?
—¿Acaso todo lo que hacían esas personas era ético?
—cuestioné—. Estaban torturando a niños, sentándolos a una silla eléctrica y descargándoles corrientes eléctricas por to-do su cuerpo por intereses personales. No les interesa que haya personas que saben lo que hacen sueltas por ahí. Nos quieren tener controlados bajo su custodia.
—Intereses personales —repitió, más para sí misma. Estaba empezando a encajar las piezas de un puzle que hacía tiempo que esperaba ser completado—. Querían que moviera objetos con la mente. Pero, no lo consiguieron.
—Precisamente por eso te borraron la memoria.
—¿Porque no les resulté útil?
—Porque descubrieron que no podías hacer eso, sino algo 467
mucho peor —corregí—. Y algo en tu expresión me dice que sabes lo que es.
Agitó la cabeza, incrédula.
—No, yo nunca he matado a nadie.
—Mataste a un guardia, Jules.
—Solo le salió sangre de la nariz.
—Porque le provocaste un derrame cerebral.
Frunció el ceño.
—Ni siquiera lo toqué.
—No hizo falta.
Vi el momento exacto en el que su rostro cambiaba. La expresión de desconcierto y convicción que había estado mostrando, se transformó en una mirada penetrante y desconfiada.
Dio un paso atrás, cojeando con el movimiento y mirándome de esa forma que tanto odiaba. No solo no me creía, si-no algo mucho peor. Me tenía miedo.
—No. —Negó con la cabeza—. Este es otro de tus juegeci-tos mentales.
Y cuando pensé que habíamos avanzando un paso, retrocedimos otros cinco.
—No, Jules. Esto no es un juego.
—¡Tú mismo me lo dijiste! ¡Me dijiste que formaba parte de un juego! ¿Eso es lo que les dices a las víctimas antes de matarlas? ¿Las vuelves desquiciadas hasta tomar el control de la situación?
Acorté las distancias, odiando la desconfianza en su mirada.
—¡Debía hacerte creer que todo esto era un juego! ¡No me quedaba otra alternativa!