En la línea de fuego 464
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—¡Poooorfaaaaaa!

Santa paciencia había que tener con los críos.

Cogí el dichoso papel y la niña sonrió entusiasmada mientras veía cómo empezaba a hacerla. A medida que iba do-blándolo, la sonrisa en su rostro se ampliaba, y sus ojos brillaban de emoción al ver cómo la figura iba tomando forma entre mis manos hasta convertirse en una mariposa de papel.

Una vez terminada, se la entregué.

—¡Qué bonita! —exclamó, entusiasmada—. Jules, ¿te gusta?

—Está durmiend. .

Me corté a mí mismo cuando, al girarme para observarla, reparé en que tenía los ojos abiertos. El corazón me dio un vuelco en el pecho.

—¿Renata? —inquirió con voz pastosa, mirando a la niña fijamente.

Un destello de asombro cruzó sus ojos cuando desvió la mirada hacia la figura de papel que la niña sostenía en sus manos.

—¿Te acuerdas de la mariposa? —pregunté con mucha suavidad, pues era consciente del choque de realidad por el que estaría pasando ahora mismo.

Ella asintió lentamente, tragando saliva con fuerza. Era como si un velo se hubiera levantado de sus ojos, revelando recuerdos que habían estado ocultos durante demasiado tiempo.

—Lo recuerdo todo —susurró, con voz quebrada.

De pronto, las lágrimas asomaron en sus ojos al tiempo en que su mano buscaba su corazón. Podía casi sentir desde aquí el galope frenético de sus latidos. Su respiración se volvió entrecortada, como si el aire le faltara de repente.