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—¿Esos hombres te obligaron? —Recordé lo que me había escrito en ese papel.
Asintió.
—¿Por qué?
Antes de que Nolan pudiera responder, un destello de luz apareció en medio de la oscuridad. Un lugar diferente comenzó a tomar forma, contrastando con la negrura que nos envolvía.
—Te estás despertando —afirmó, observando esa luz.
Arrugué la frente.
—¿Y eso qué significa?
—Solo puedo contactar contigo cuando estás dormida, allí es cuando la mente está en reposo.
La figura de Nolan comenzó a desvanecerse lentamente.
—¡Nolan, espera!
El dolor era insoportable.
Cada recuerdo que se desencadenaba en mi mente me debilitaba aún más. Mi cuerpo entero estaba empapado de sudor, luchando contra la creciente incomodidad que se extendía por todo mi ser.
Por alguna extraña razón, dejaron de llevarme a la sala con los demás niños. Ahora ni siquiera había un día que pudiese sentir un poco de libertad, si es que podía llamarse así. Pero por lo menos Nolan seguía contactando conmigo en mi propia mente, y a pesar de no saber cómo lo hacía, no quería que dejara de hacerlo nunca.
Escuché unos pasos cerca de mi puerta. Dos hombres vesti-438
dos de blanco entraron con esas expresiones tan serias que ya estaba acostumbrada a ver.
Sin previo aviso, me agarraron sin suavidad por ambos brazos y salí acompañada de ellos. Cruzamos varios pasillos, todos igual de aburridos. No había cuadros, ni dibujos, ni fotografías. Siempre me imaginaba decorando esas paredes con pinceladas de colores alegres.
Llegamos a una habitación con una única silla en el centro.
Parecía bastante incómoda. La superficie del asiento y el respaldo estaba cubierta por un material rígido y frío, sin ningún tipo de acolchado.
Los hombres me obligaron a sentarme, y uno de ellos me ató ambas manos con correas firmes a los apoyabrazos de la silla.
Mientras lo hacía, vi aparecer a dos hombres más. Iban vestidos distintos. Uno de ellos llevaba una bata blanca, y el del cabello blanco iba vestido normal. Llevaba puesta una camisa igual de blanca que ese lugar y pantalones de traje negros.
—Pasamos directamente a la segunda fase —informó el hombre de cabello blanco.
El de la bata blanca, un hombre que parecía un poco más mayor, se giró hacia él y vi cómo su ceño se fruncía.
—No podemos saltarnos una fase.
—Ya recuerda cosas.
Yo alternaba la mirada entre los dos, sin entender nada.
—Como desee, doctor —asintió finalmente el hombre más mayor.
Mi pequeño corazón aumentó sus latidos cuando colocaron una máquina a mi lado. Era bastante grande, y desprendía un pitido desagradable. Observé con nerviosismo cómo ajustaban los controles del dispositivo por algunas zonas de mi cuerpo.
No pude evitar soltar un grito involuntario cuando una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo. Cerré los ojos con fuerza, 439
intentando bloquear la sensación, pero cada descarga iba a más y desafiaba mi resistencia.
—¡¿Por qué me hacéis esto?! —grité entre las descargas.
La sala se llenó con el sonido desagradable de las descargas y mi propia angustia. Mientras experimentaba ese insoportable dolor físico, la mirada del hombre de cabello blanco permanecía imperturbable. El hombre de la bala blanca observaba con atención, aunque su expresión reflejaba cierta incomodidad.
—Ya es suficiente —dijo este último.
—No. Todavía no.
Incrementó aún más la potencia de la máquina, haciendo que todo mi cuerpo se contrajera y temblara con cada descarga. El dolor se intensificó hasta convertirse en una tortura insoportable. Mi cuerpo se sacudía involuntariamente, y mis gritos se entremezclaban con el estruendoso zumbido de la máquina.
—¡Ya basta! ¡Parad, por favor! —supliqué entre lágrimas.
—Lo está prolongando demasiado.
El hombre de pelo blanco se giró irritado hacia el otro hombre.
—¿Por qué no cierra la boca y me deja hacer mi trabajo, señor James?
—Lo siento, pero no voy a permitir más incidentes.
El hombre de la bata blanca se acercó a la máquina y la apagó.
Sentí un inmenso agradecimiento cuando lo hizo. Mi cuerpo aún temblaba, y mi respiración no lograba regularse. Mis ojos, llenos de lágrimas, miraron con desconfianza al hombre de cabello blanco.
—No nos hubiese servido de nada muerta —justificó el hom-440
bre mayor cuando recibió una mirada fría del otro hombre.
La puerta de la habitación se abrió y un hombre vestido de blanco entró con una bandeja de metal a mano. El de cabello blanco agarró el pequeño objeto que había en ella, una muñeca de porcelana, y la colocó encima de la máquina.
—Ahora, quiero que intentes mover este objeto solo con tu mente. Concéntrate en él y visualiza que se mueve —ordenó, manteniendo su mirada fija en mí.
Aunque no entendía completamente qué pretendían, intenté enfocar mi mente en el objeto, deseando que de alguna manera respondiera a mi voluntad. Porque algo me decía que, si no les daba lo que querían, el sufrimiento iba a prolongarse.
Lo intenté con todas mis fuerzas, pero la muñeca permaneció inmóvil. Ni siquiera sabía cómo iba a ser capaz de hacerlo.
No me dieron ninguna indicación más de cómo se supone que debía moverse un objeto con tan solo la maldita mente. Solo me dijeron que me concentrara en él, pero de nada servía.
—¿Y crees que viva nos va a servir de algo? —escuché que le decía el hombre de cabello blanco al otro, antes de largarse por la puerta molesto.
Unas voces y otros ruidos fuertes me sacaron del recuerdo, aunque ya no sabía si todavía seguía en ellos o eran parte de la realidad.
A pesar de mi intento por comprender la situación, mi mente estaba atrapada en una bruma de aturdimiento. Cerré los ojos con fuerza, porque si los abría la habitación giraba a mi alrededor como una noria interminable.
Escuché que la puerta de la habitación en la que estaba se abría en un estruendo, dejando entrever una luz que me hizo entrecerrar los ojos. Distinguí una figura acercarse hacia mí 441
y, después, dejé de sentir el frío suelo para pasar a unos brazos más cálidos.
La luz se intensificó, obligándome a cerrar los párpados y acurrucarme más contra el pecho de la figura que me sostenía. La sensación de seguridad y calor era un contraste reconfortante con el frío y la oscuridad que había experimentado momentos antes.
—No te fuerces, princesa.
Era imposible no reconocer esa voz.
—¿Nolan? —balbuceé.
—Te estás debilitando, y no podremos salir de aquí sin tu ayuda.