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Después de comer, subí a mi habitación para preparar la mochila. Habría deseado que esta salida fuese durante el trans-curso del día con tal de ahorrarme comer allí, pero solo iban a ser unas pocas horas. Aunque sería más que suficiente.
Alguien picó a mi puerta e intuí que sería el guardia de seguridad que me acompañaría hasta la salida. Metí la carpeta dentro, por si a alguien se le ocurría indagar en mis cosas mientras estuviera fuera, y me apresuré en cerrar la cremallera antes de colgármela en el hombro.
Nada más abrir la puerta, mi sonrisa desapareció al ver que ese guardia era ni más ni menos que Marlon. Sus ojos se desviaron hacia los tejanos que tenía puestos.
—Esos pantalones te sientan de maravilla —comentó con esa sonrisa que tanto me repugnaba.
Rodé los ojos y avancé rápidamente, tratando de poner distancia entre él y yo. Sin embargo, se colocó a mi lado, por lo que no me quedó más remedio que andar junto a ese capullo.
—Al fin vas a salir de aquí, ¿eh?
—Eso parece —respondí con sequedad, deseando que se limitara a cumplir con su deber sin hacer más comentarios.
—No te emociones demasiado, querida. A la noche estarás en este infierno de vuelta.
—¿Podemos andar en silencio? —le pedí de manera amistosa, aunque en realidad quería meterle un guantazo y ce-rrarle la boca yo misma.
Sorprendentemente me obedeció, y bajamos las escaleras en silencio hasta llegar al primer piso.
Marlon saludó a la secretaria cuando pasamos junto a ella y me detuve al umbral de la entrada. Mi corazón dio un vuelco cuando vi el coche de patrulla estacionado frente al hospital.