En la línea de fuego 242
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—¿Después de lo que sucedió decidiste deambular sola por el manicomio? —Su tono no sonaba a pregunta, más bien a recriminación.

Exhalé un suspiro de risa, pero era una risa fingida e indignada que apenas logró ocultar mi verdadera frustración.

—Esto es absurdo. Si estás insinuando algo, más vale que no pierdas el tiempo y me lo digas directamente.

Sus ojos se estrecharon.

—Creo que no me estás contando la verdad.

—¿Y por qué no lo haría?

—Porque probablemente no me guste oírla.

Antes de que pudiera preguntar otra cosa, añadió:

—Esa noche viste a Nolan, ¿no es cierto?

Tragué saliva con fuerza, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero la presión en el aire se volvía más densa con cada segundo que pasaba.

—Eso no es. .

—Nadie nos llegó a decir qué paciente se escapó.

—Fue Matthew.

—Eso nos quieren hacer creer —afirmó—. Pero yo no me lo creo.

Aparté la mirada, sabiendo de primera mano que es algo que no debes hacer si pretendes mantener tu credibilidad.

Pero me resultaba muy difícil mentir a los ojos a alguien que me estaba ayudando tanto aquí dentro, y sobre todo en quien estaba empezando a confiar.

El problema era que él no podía confiar en mí.

—He notado cómo reaccionas cuando su nombre sale en alguna parte. No estoy ciego, Clarke. —Hizo una pausa—. Mi-ra, te estoy dando la oportunidad de que me digas la verdad ahora. Si estás mintiendo, te aseguro que lo descubriré. Por-243

que estoy empezando a pensar que lo estás defendiendo por un motivo que no logro entender.

No podía dejar que Adler descubriera el verdadero motivo por el que estaba interesada en ese nombre, pero no tenía sentido mentirle ahora.

Exhalé profundamente.

—Está bien, tienes razón.

Su mandíbula se tensó, maldiciendo por lo bajo, y un destello de nerviosismo cruzó sus ojos.

—¿Cómo fue?

—¿Qué?

—El encuentro —aclaró, seco y directo—. ¿Cómo fue cuando lo viste? ¿Te hizo algo?

—No. Ni siquiera sabía que estaba en esa habitación cuando entré, pero. .

Me corté a mí misma cuando se levantó de golpe y comenzó a pasearse de un lado a otro. Nunca lo había visto tan tenso. No podía ni mirarme a la cara y, de algún modo, sentía como si le hubiese traicionado.

—No te lo conté precisamente porque sabía que reaccio-narías así.

—Joder, ¿y cómo iba a reaccionar, sino?

Se pasó una mano por el pelo, visiblemente alterado.

—No lo sé, pensé que. .

—¿Has estado junto al asesino de mi hermana y no me lo has dicho? —El tono de decepción en su voz fue como una estocada directa a mi corazón.

—¿Qué iba a ganar diciéndotelo?

—¡Mi confianza, maldita sea! —Cada palabra suya luchaba por salir entre sus dientes apretados.