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Y ahí estaba, en la misma habitación que el asesino más temido del país. El responsable de más de trescientas muertes en estos últimos cinco años. El autor de crímenes inhumanos, cuyas atrocidades llenaban los archivos y quedaban grabados en la memoria de quienes lo investigábamos.
Intenté recordar la gravedad de sus crímenes y la razón por la cual estaba allí, pero sus rasgos perfectamente escul-pidos y su presencia imponente nublaban mi juicio. Esos ojos oscuros y esos labios tan perfectos alejaron por un segundo todo pensamiento coherente.
Su atractivo era innegable, y debía ser sin lugar a dudas un arma valiosa para usarla en contra de sus víctimas, pues la gran mayoría eran chicas jóvenes que debían haberse rendido ante sus pies.
Y no las culpaba. Lo había visto en algunas imágenes que se me proporcionaron de él, pero verlo en persona era muy distinto. Tenía algo en su mirada que era magnético, como si pudiera hipnotizar a cualquiera que se cruzara en su camino.