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Gotas de sudor frío resbalaban por mi frente mientras trataba de concentrarme en otra cosa que no fuese en el dolor palpitante de la cabeza y los oídos.
Mis muñecas ardían, estaba convencida de que esas correas ya me estaban provocando quemaduras a carne viva. Pero no podía verlas. En realidad, no podía ver nada. Un pañuelo cubría mis ojos, sumiéndome en una oscuridad desesperante.
Una voz susurró algo cerca de mí, pero eran como ecos dis-torsionados, apenas incomprensible a mis oídos. Traté de articular palabra, pero mi boca se sentía seca y entumecida.
Solo podía pensar en una sola cosa: que este tormento llegara a su fin.
Me incorporé tan rápido que sentí un ligero mareo. Como e-ra de costumbre cada vez que tenía ese tipo de pesadillas, me costó unos segundos comprender dónde estaba en realidad.