EN LA COLINA DE TARA Chapter 23
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Chapter 23

- ¿Cómo estás Luisa?

- Que pregunta más extraña mamá.

- ¿Por qué?

- ¡Muy graciosa!

- Estoy cómo tú, cansada del entrenamiento de la Cruz Roja. Está todo patas arriba, nos pasamos esperando, pero al parecer no va a pasar nada.

- Algo pasará ya verás.

- Siempre pasa mamá. La espera es lo que me desespera.

- Realmente espero que las cosas se solucionen.

- Bendita seas mamá, depende a quien beneficie esa solución.

- A nosotros claro, estamos luchando del lado correcto.

- Al menos eso queremos creer. Nos hemos metido en esta guerra por Polonia principalmente, mas no movemos un músculo para ayudarlos. Esperamos pacientes a ser atacados tras la línea Maginot[14], no lo entiendo. Esa mentalidad pasiva, me enloquece.

- Nosotros en la fábrica sacamos a diario balas y fusiles así que se están preparando. Mientras menos cosas pasen mejor para Roger y Alan, y principalmente para ti.

- No quiero que pase nada, pero va a pasar y esta inmovilidad es la que me exaspera. Por cierto, ¿has sabido algo de Pierre?

- No, ni una carta o llamada, me preocupa.

- Mamá debo decirte algo, no sé si sea lo mejor.

- No me asustes, ya bastante tengo con la salud de Cathy, parece una hojita seca.

- El doctor Piolett es un buen médico. Me han ubicado en su planta, además estás tú cada vez que sales de la fábrica. Estás muy desgastada mamá.

- Bueno, dime qué sucede.

- Lleva un mes ingresada tu madre -la cara de mamá palideció de repente-

- Mamá ¿estás bien?

- Ahora eres tú la que hace preguntas extrañas. ¿Por qué no me los has dicho antes?

- No sabía si era lo mejor para ti.

- Eso lo sabré yo. Dime donde está.

- En la cuarta planta, te acompaño.

- No, quédate con Cathy.

- Está dormida.

- Luisa, voy sola.

- Está bien mamá, lo siento.

Se giró sin decir nada y subió a ver a su madre después de veinte años. Bajó un par de horas después, se quedó mirando a Cathy dormir, yo no pude hablar con ella hasta que terminó mi turno.

- No era tu derecho ocultármelo Luisa.

- Lo sé, lo siento. He hecho lo que he considerado mejor, me he equivocado.

- No vas a cambiar el mundo, no puedes decidir arbitrariamente lo que es lo mejor para otros.

- No quiero discutir.

- Nunca quieres discutir, ni hablar. Has tardado cuatro años en llamarme mamá, tengo una madre e hija moribundas. Estoy cansada Luisa, de pensar, de esperar, necesito que me incluyas, no sigas culpándome.

- ¿Culpándote de qué?

- ¡De todo! Sé que fui una madre ausente, una pésima esposa, mala hija. He bajado y me he visto en ella, odiaba ser ella y lo he sido. Mañana odiarás parecerte a mí y no soporto la idea.

- ¿Quiénes que sea sincera?

- Lo soportaré.

- Eres tu madre. Todo lo que odiabas de ella, pero también has sido tú, Marie.

Pudiste ser tremendamente feliz con papá y no te dio la gana, pudiste ser amorosa conmigo y lo fuiste a momentos, a retazos.

Te equivocaste en muchas cosas y hasta el fondo, ¡MARIE!

eres un ser humano, hoy eres más tú que nunca, me has ayudado, has visto por ti, por Cathy, hasta por Alan y Robert.

Pierre besa el suelo por el que caminas.

Marie, he tardado cuatro años en decirte mamá porque has sido, pese a la distancia más mi madre que nunca y eso me aterroriza.

Me abrazó y lloramos por todos los años en los que no lo hicimos.

- Quiero que sepas quien soy, un día te daré esa parte de mí -dijo-

En tanto Lucille se recuperaba, Cathy empeoraba. Tal parecía que la vieja bruja se llevaba la vida de mi abuela, la verdadera, mi querida Cathy. Hasta que un día Cathy despertó lúcida y me habló.

- Recuerdo el día que pintaste tu casa con Killian, estabais con los rostros manchados de pintura y felicidad.

En la mesa vi cómo os mirabais y también cuando evitabais hacerlo, ahí me di cuenta lo que sentían, eran tan pequeños y ya con esos sentimientos, en tu cumpleaños os vi entrar cogidos de las manos y salir distantes, pero más unidos que nunca.

Vi vuestro amor infantil a lo largo de los años y viví un poco ese sentimiento.

Yo me casé porque era lo que debía con un buen hombre, fuimos amigos, amantes, luego compañeros, compartimos la paternidad, la muerte de nuestros hijos, la distancia de nuestras pequeñas.

Pero nunca amé a un hombre. Tal vez quise o me ilusioné, pero lo que veía en ti y en Killian era ese amor que pensé era un cuento.

- ¿Por qué me dices todo esto ahora? Tú has amado y has sido amada por muchos, eres mi abuelita querida -le dije besando su frágil mano-

- Lo sé cariño, claro que he amado y me he sentido amada.

He sido feliz y he sufrido por ese amor.

¿Por qué te lo digo ahora y a ti? Porque necesitaba decírselo a alguien.

Es algo que guardé tan profundo y quiero liberarme.

No quiero hacerte daño con recuerdos. Me voy cariño con la esperanza que tu Killian siga vivo y podáis vivir lo que les fue arrebatado.

Estás rota, quiero que te recompongas, y él también.

- ¿Crees en Killian?

- Siempre hija.

Mamá llegó a las seis y le tuve que dar la terrible noticia. Escribimos a Robert y a sus hijas, la enterramos en el cementerio de Montmartre. De toda la gente que amó estuvimos mamá y yo como únicas representantes.